Son las 6:00 a.m., vemos un joven sin imaginación que, mientras se sienta, acaricia su gato. Minutos después se vuelve hacia la ventana y queda absorto mirando la alteración momentánea del pasar de las nubes. Más tarde lee, en un libro que halla en lo profundo de su maleta: «El sol que, despidiéndose de la gran ciudad, se fue ruborizado, porque faltaba poco para que gozara del misterioso resplandor de la luna sobre la fría cobija de la noche...», y no deja correr más sus ojos; respira y reposa buen tiempo sobre el sillón de madera.

Al instante despierta, o así lo cree, y piensa mientras transfigura su sorna por una solemne sonrisa. «-Seguramente descansé sobre el sillón y en estos momentos estoy soñando-». Se levanta acucioso y no encuentra a Magnus, el gato que lo acompañó durante el letargo, y se desplaza descalzo y aprisa hacía la cocina, donde piensa encontrar sus sandalias. Busca debajo del mesón, debajo del comedor, detrás de la nevera y no las encuentra. Acto seguido, el hambre viene, según él, a las 8:30 a.m., pero en vez de abrir la nevera, lo desorienta la alarma del teléfono. «Nadie habla, pero busca en su imaginación el origen de esa llamada, que desatiende mientras sigue indagando en la nevera». Sólo encuentra los huevos del desayuno tal como los había dejado el día anterior. Más tarde localiza las sandalias en la boca de Magnus, y se resigna.

Más adelante y al golpe de un frívolo desespero, busca el libro que dejó en la maleta. Por más que relee, sólo encuentra el párrafo particular que había dejado empezado. Se resigna de nuevo y se apura a salir. Mira el reloj, son las 11:30, sabe que es hora de ir al colegio y se abotona el grasiento uniforme.

Está seguro que en el trayecto encontrará algo irreal, impredecible. En la calle, mira el sol candente y espera que deje de centellar; también observa los carros que van y vienen y espera que se transformen cohetes; repara las nubes blancas como el helado y aguarda que sean tornados en el cielo marino. Finalmente llega, entra a clase y saluda a todos con bastante confianza, no sin antes comprobar que podrá haber una alteración que será clave para acceder a la ficción.

Cuando comienza la clase, la profesora entra arcana, como escondiendo algo; examina su escritorio, trata de hallar el misterio, y lo encuentra en la manzana que él le entrega sin darse cuenta.

-Al fin, la irregularidad, que será mi recetario para todas estas dudas-, se dice; y al observar la manzana, despierta.
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