La ilusión del corral: Anatomía de la libertad condicionada.
La Ficción del Menú Cerrado:
La libertad actual es un ejercicio de sumisión estética. No nos engañemos: hoy en día, ser libre no es una condición ontológica ni un despliegue del espíritu humano; es, esencialmente, el acto de adherirse con docilidad a los modelos externos que la burocracia y el mercado han diseñado para permitirnos existir. Eres libre bajo la condición de que tu libertad sea predecible y consumible. Eres libre de comprar una casa a cuarenta años, de elegir el color del carro que te encadenará a un empleo, de irte de fiesta a anestesiar la conciencia el fin de semana, de casarte o permanecer soltero, de parir nuevos contribuyentes o no tener hijos, de estudiar para el sistema o ser un ignorante funcional. Ser libre se ha reducido a optar, o no, por cualquiera de las posibilidades precocinadas y ofrecidas por el mostrador de la realidad. Fuera de ese catálogo, no hay nada.
El perímetro de nuestra existencia está rígidamente blindado. Más allá de la libertad permitida por el código penal, las convencionalidades sociales, la cultura bienpensante, el límite físico y la lógica de un contexto existencial creado por el accidente de la cuna, no existe la libertad. El dinero es el verdadero oxígeno de esta farsa: si no hay fondos, la libertad no es más que una abstracción ridícula, una crueldad semántica. El dinero funciona como el permiso de acceso a la realidad; sin él, la autonomía se transforma en una cadena perpetua de supervivencia invisible.
La Matrix social tolera la disidencia solo si es rentable o puramente decorativa. No eres libre, por ejemplo, de incendiar un lote lleno de carros para salvar el medio ambiente de forma efectiva, porque la propiedad privada de las corporaciones vale más que la atmósfera que respiras. Tampoco puedes apuñalar jefes despóticos solo por enseñarles a respetar y bajarlos de la nube de soberbia en la que flotan; la ley castiga con ferocidad tu violencia física correctiva, pero protege y normaliza la violencia psicológica y económica que ese jefe ejerce sobre ti diariamente. Ni siquiera eres libre de expresarte ofensivamente en contra de la estupidez o lo grotesco de la naturaleza humana sin herir unas muchas susceptibilidades hipócritas. Al señalar las miserias del rebaño, de inmediato enciendes la voluntad agresiva de oyentes insensatos y burdos, los peores seres a los cuales puedas llegar a tener la ocasión de contrariar, refutar o discrepar. El imbécil contemporáneo no argumenta: se ofende, se agrupa y destruye bajo el estandarte de su propia vulnerabilidad simulada.
Vivimos en la era de la "Libertad de Supermercado". Creemos que somos dueños de nuestro destino porque hay cincuenta marcas de desodorantes en el estante y mil perfiles para deslizar en una pantalla, pero todas las opciones conducen al mismo callejón sin salida: la perpetuación de la maquinaria. El poder moderno ya no necesita látigos ni prisiones de piedra; es mucho más sofisticado. Ha aprendido a colonizar el deseo. Nos convence de que deseemos los carros, los títulos y los estilos de vida que nos mantendrán dóciles y endeudados. Nos encadenamos voluntariamente al cubículo creyendo que estamos alcanzando el éxito.
La censura se ha democratizado. Ya no proviene únicamente de un dictador en un balcón, sino del vecino de al lado, del colega de trabajo o de una masa anónima en una red social que ejerce un panóptico digital implacable. El miedo al ostracismo, al linchamiento público y a la muerte civil nos obliga a todos a usar una máscara de normalidad esterilizada. El disidente real, el que se niega a jugar bajo estas reglas estúpidas, no es encerrado en una mazmorra; simplemente es catalogado como "loco", "violento" o "inadaptado", borrándolo del tejido social.
Al final, la libertad se resume en hacer, o no, lo que se te permita dentro de la mediocridad de la normatividad —que casi nunca se refiere a lo legal o a lo auténticamente moral, sino al decoro social y al dogma del momento— y dentro de las estrictas fronteras que otorgue el dinero, o la falta del mismo. El ser humano moderno ha aceptado un pacto cobarde: prefiere una libertad mutilada, predecible y vigilada dentro de una jaula de oro, antes que enfrentarse al abismo salvaje, peligroso y violento de una libertad real. Cualquier otra definición de libertad que te hayan vendido en la escuela, la iglesia o la televisión, no es más que literatura barata para mantener el orden. Otra cosa no será libertad.
Conclusión
La libertad, por lo tanto, no es el estado natural del hombre moderno; es su sedante mejor diseñado. Nos conformamos con una autonomía de corral, cacareando sobre nuestros derechos mientras el dueño de la granja decide cuándo abrimos las alas y cuánto nos cuesta el grano. Pretender que somos libres porque podemos elegir el veneno con el que nos entretenemos los fines de semana es el autoengaño definitivo, la victoria magistral de un sistema que logró sustituir los grilletes de hierro por líneas de crédito.Aceptémoslo sin romanticismos: la libertad real, desprovista de las muletas del dinero, de la aprobación de los necios y del permiso de los tribunales, es un mito para consolar a los esclavos. No somos más que prisioneros orgullosos de la longitud de nuestra cadena. Quien no tenga el dinero para comprar su excepción a la regla, o el estómago para soportar el destierro absoluto de la civilización, está condenado a obedecer. Todo lo demás —los discursos políticos, las consignas de superación personal y la moral de escaparate— es el ruido de fondo que necesita el rebaño para marchar en silencio hacia el matadero de la rutina. Naciste dentro de un molde, vives pagando el alquiler de tu existencia y morirás cumpliendo el protocolo. Fuera de ese circuito cerrado de sumisión consentida y coreografiada, la libertad no existe; es solo la palabra que usamos para no admitir nuestra derrota.




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