La Fagocitosis de lo Real: La realidad como un sistema inmunológico.
La gravedad de lo simple
Lo que define a los estados de realidad, les da enfoque y determina su configuración estructural es la Simplicidad.
La simpleza es la fuerza que sostiene la percepción general en el punto exacto de la normalidad estándar. Si la Simplicidad es lo determinante en la arquitectura de lo real, la Complicación representa todo lo contrario: la expresión dificultosa de lo que es inexorablemente indeterminado.
Lo Complicado es la manifestación enredada e inexplicable que no puede expresarse de un modo normal, a razón de una carencia fundamental: la falta de un símbolo que pueda asignársele para traer su significado al alcance de la comprensión humana.
La domesticación del caos
La complicación siempre aparece como una disrupción del flujo continuo de la realidad, convirtiéndose en un peligro para cualquier estado fijo del mundo.
La mente, mediante la actividad de la consciencia y el raciocinio lógico aplicado, puede intentar simplificar lo complicado. Sin embargo, este proceso de traducción se remite netamente a un fin productivo o utilitario. En el momento en que lo Complicado se remite a las esferas del utilitarismo, pierde todo su valor como concepto puro. Deja de ser un misterio absoluto para transformarse, únicamente, en un utensilio más de la lógica y sus procesos normales.
Para protegerse de esta disrupción, la estructura precisa de la realidad activa un mecanismo de defensa: encuentra el modo de fagocitar la complicación y metabolizarla. Al controlarla y normalizarla, la realidad evita romperse o desmeritarse. Es así como el sistema se mantiene coherente, seguro, estable y comprensible, a costa de domesticar la anomalía.
La ilusión del orden
El libre albedrío es una ilusión que solo puede funcionar dentro de los límites seguros de una realidad estandarizada.
¿Qué clase de voluntad podría operar en medio de la incertidumbre que generaría un estado de realidad sumido en la Complicación incomprensible? Aquello no sería otra cosa que caos, desorden, descentramiento, alienación y transitoriedad inmediata. Un abismo donde no habría ningún centro fijo y el equilibrio estaría sujeto a la relatividad de lo pasajero.
Si la realidad no fagocitara lo complicado, habitaríamos un entorno donde nada sería reconocible; un vacío donde cada concepto fundamental —como la temperatura, la altura o la distancia— no sería más que un capricho percepcional ultra-subjetivizado.




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