La esfinge
Decidí doblar por adentro y así evitar la gran cantidad de gente de la Av. Pueyrredón. No pensé que caminar por una secundaria supondría un gran peligro, ya que eran pocas cuadras hasta la estación de Once, pero en aquel momento no estaba de acuerdo conmigo mismo. No había nadie, y la calle se encontraba lo suficientemente oscura como para no poder distinguir lo que se encontraba más allá de cinco pasos.
Tras caminar algunas cuadras comencé a sentirme nervioso, y esto se debía a que sentía que alguien me estaba siguiendo. No, no lo sentía, lo sabía. Simplemente lo sabía. Intenté escudriñar por entre la oscuridad, pero lo único que logré ver fueron sombras.
Cuando estaba doblando para volver a Pueyrredón, ahí donde se encuentra aquel Hotel para parejas" escuché un ruido, similar al grito de un animal cazando. Me di vuelta tan rápido como pude, pero lo único que llegué a ver fue una sombra escabulléndose por entre los edificios, y alejándose cada vez más y más en el cielo.
Intenté convencerme de que me había vuelto loco y de que aquello que creía haber visto no se encontraba sino dentro de mi mente. Pero mientras más lo pensaba más me convencía de que realmente había sucedido
Pensé en contarle a mis amigos, pero sabía que no me creerían. Intenté olvidarme del asunto, pero no pude. Aquella misma noche, cuando llegué a mi casa me encontré con que la puerta frontal estaba entreabierta. La cuadra entera se encontraba a oscuras, lo cual no era usual. Abrí la puerta despacio, en silencio, escuchando mi propia respiración agitada. No sabía a que le temía. Lo mas probable era que hayan cerrado mal la puerta, y aunque no era lo común ya había habido ocasiones en las cuales las luces de la calle se encontrasen apagadas. Aún así deseaba salir corriendo de allí, como si un instinto que salía de lo más profundo de mi ser me estuviese diciendo que corra. Pero un impulso dentro mío me obligaba a entrar, o tal vez una fuerza ajena a mi mismo. Sabía de los horrores con los que me encontraría dentro, y aún así ahí estaba, en el umbral de la puerta, a punto de verlo.
Al ver aquella imagen, dentro de mi casa, no podía creerlo. Aquella figura sombreada con garras manchadas de sangre. Quería correr, pero mis piernas no me respondían.
Me despertó una señora, con las manos sobre la panza, pidiéndome el asiento. Me encontraba ya en Ituzaingó y el tren aún estaba lleno. Cinco minutos después, me encontraba caminando por la calle Ayacucho, tan concurrida como siempre, a unas pocas cuadras de mi casa. Comencé a sentirme mal. Nauseabundo. La transpiración corría por mis poros como nunca antes lo había hecho.
Al doblar por Sáenz Peña, ahí donde esta la virgencita, noté que la calle estaba más oscura de lo normal, pero no completamente en penumbras. Con cada paso que daba, sentía que aminoraba la velocidad, como si quisiese demorar lo inminente. Parecía que no hubiese nadie. No había ninguna luz prendida. La mayoría de las ventanas se encontraban cerradas. Los autos estaban guardados, como si durmiesen. Era como si nadie hubiera salido de su casa. La basura del día anterior aún seguía en los canastos, y si alguien se hubiese tomado la molestia de sacar la de aquel día, estarían acumuladas.
Al llegar a mi casa, dudé, y luego corrí el portón, lo volví a cerrar y me dirigí a la puerta. Se encontraba cerrada. Por supuesto que estaba cerrada. Saqué mis llaves del bolsillo de la mochila y la abrí. El interior hedía como si las ventanas hubiesen estado cerradas por meses.
Tras intentar encender la luz, me dirigí a la térmica de la casa, ubicada en la cocina, y usando mi celular para alumbrar, confirmé que el problema no correspondía a la instalación eléctrica del interior de la casa.
Grité algunos nombres y esperando repuesta alguna sin obtener éxito, fui a mi pieza y me acosté.
Poco antes de lograr conciliar el sueño, sentí como los pelos de la nuca se erizaban, como se me ponía la piel de gallina y el pecho se me oprimía, dificultándome la respiración. Allí estaba, en la esquina de la habitación. Apoyada sobre el armario, con las alas plegadas al cuerpo, mirándome fijamente. Casi sin parpadear. Pronunció palabras que mis oídos no lograron comprender. No podía moverme, el miedo nubló mi mente, impidiéndome hacer algo. Volvió a repetir la pregunta, pero no supe responder.
La luz volvió, no solo en mi casa, sino en toda la cuadra. El camión de la basura pasó, recogiendo todas las bolsas. Mi celular sonó, sin que nadie respondiese.
Tras caminar algunas cuadras comencé a sentirme nervioso, y esto se debía a que sentía que alguien me estaba siguiendo. No, no lo sentía, lo sabía. Simplemente lo sabía. Intenté escudriñar por entre la oscuridad, pero lo único que logré ver fueron sombras.
Cuando estaba doblando para volver a Pueyrredón, ahí donde se encuentra aquel Hotel para parejas" escuché un ruido, similar al grito de un animal cazando. Me di vuelta tan rápido como pude, pero lo único que llegué a ver fue una sombra escabulléndose por entre los edificios, y alejándose cada vez más y más en el cielo.
Intenté convencerme de que me había vuelto loco y de que aquello que creía haber visto no se encontraba sino dentro de mi mente. Pero mientras más lo pensaba más me convencía de que realmente había sucedido
Pensé en contarle a mis amigos, pero sabía que no me creerían. Intenté olvidarme del asunto, pero no pude. Aquella misma noche, cuando llegué a mi casa me encontré con que la puerta frontal estaba entreabierta. La cuadra entera se encontraba a oscuras, lo cual no era usual. Abrí la puerta despacio, en silencio, escuchando mi propia respiración agitada. No sabía a que le temía. Lo mas probable era que hayan cerrado mal la puerta, y aunque no era lo común ya había habido ocasiones en las cuales las luces de la calle se encontrasen apagadas. Aún así deseaba salir corriendo de allí, como si un instinto que salía de lo más profundo de mi ser me estuviese diciendo que corra. Pero un impulso dentro mío me obligaba a entrar, o tal vez una fuerza ajena a mi mismo. Sabía de los horrores con los que me encontraría dentro, y aún así ahí estaba, en el umbral de la puerta, a punto de verlo.
Al ver aquella imagen, dentro de mi casa, no podía creerlo. Aquella figura sombreada con garras manchadas de sangre. Quería correr, pero mis piernas no me respondían.
Me despertó una señora, con las manos sobre la panza, pidiéndome el asiento. Me encontraba ya en Ituzaingó y el tren aún estaba lleno. Cinco minutos después, me encontraba caminando por la calle Ayacucho, tan concurrida como siempre, a unas pocas cuadras de mi casa. Comencé a sentirme mal. Nauseabundo. La transpiración corría por mis poros como nunca antes lo había hecho.
Al doblar por Sáenz Peña, ahí donde esta la virgencita, noté que la calle estaba más oscura de lo normal, pero no completamente en penumbras. Con cada paso que daba, sentía que aminoraba la velocidad, como si quisiese demorar lo inminente. Parecía que no hubiese nadie. No había ninguna luz prendida. La mayoría de las ventanas se encontraban cerradas. Los autos estaban guardados, como si durmiesen. Era como si nadie hubiera salido de su casa. La basura del día anterior aún seguía en los canastos, y si alguien se hubiese tomado la molestia de sacar la de aquel día, estarían acumuladas.
Al llegar a mi casa, dudé, y luego corrí el portón, lo volví a cerrar y me dirigí a la puerta. Se encontraba cerrada. Por supuesto que estaba cerrada. Saqué mis llaves del bolsillo de la mochila y la abrí. El interior hedía como si las ventanas hubiesen estado cerradas por meses.
Tras intentar encender la luz, me dirigí a la térmica de la casa, ubicada en la cocina, y usando mi celular para alumbrar, confirmé que el problema no correspondía a la instalación eléctrica del interior de la casa.
Grité algunos nombres y esperando repuesta alguna sin obtener éxito, fui a mi pieza y me acosté.
Poco antes de lograr conciliar el sueño, sentí como los pelos de la nuca se erizaban, como se me ponía la piel de gallina y el pecho se me oprimía, dificultándome la respiración. Allí estaba, en la esquina de la habitación. Apoyada sobre el armario, con las alas plegadas al cuerpo, mirándome fijamente. Casi sin parpadear. Pronunció palabras que mis oídos no lograron comprender. No podía moverme, el miedo nubló mi mente, impidiéndome hacer algo. Volvió a repetir la pregunta, pero no supe responder.
La luz volvió, no solo en mi casa, sino en toda la cuadra. El camión de la basura pasó, recogiendo todas las bolsas. Mi celular sonó, sin que nadie respondiese.
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