Hay una frase que repetimos casi sin pensar cuando vamos cumpliendo años: «A estas alturas ya me da todo igual».
Y no. No es verdad. Al menos, no en mi caso.
A mí no me da todo igual. De hecho, hay cosas que me importan ahora muchísimo más que hace veinte años. Me importa el tiempo. Me importa estar tranquilo. Me importa una conversación de verdad, de esas que no tienen prisa. Me importa sentarme en una terraza sin sentir que debería estar haciendo otra cosa.
Lo que ha cambiado es otra cosa. Cada vez me importa menos quedar bien. Cumplir expectativas que no son mías. Convencer a todo el mundo. Tener razón siempre.
Y eso, aunque cueste reconocerlo, es un alivio.
Durante muchos años viví pendiente de una voz que no era la mía. Volvía a casa repasando conversaciones. ¿Habré hablado demasiado? ¿Habré quedado mal? Y lo peor es que, casi siempre, los demás ya lo habían olvidado todo a los cinco minutos.
Nos pasa a todos: creemos que el mundo está pendiente de nuestros errores con la misma lupa con la que los miramos nosotros. Y no. Cada uno va a lo suyo. Cada uno libra su propia batalla.
Lo cuenta muy bien Juan Carlos Rodríguez Soriano en su ensayo La edad de decir que sí. Hay un poema que se llama «Antes me importaba» y que resume esa pérdida de tiempo con una claridad que duele.
Y sin embargo, seguimos construyendo límites invisibles alrededor de nuestra vida:— Esto mejor no.— Aquello qué van a pensar.— Ya habrá otro momento.
Hasta que un día, sin fecha ni cumpleaños redondo, algo se cansa dentro de ti. Y empiezas a decir que sí.
Hay una idea del ensayo que me ha acompañado durante días: «Me habría gustado hacer más veces el ridículo».
Dicho así suena absurdo. Pero es verdad. Me habría gustado bailar más. Decir algunas cosas sin ensayarlas antes mentalmente. Preguntar cuando no sabía. Probar cosas aun sabiendo que podía hacerlas fatal.
Porque ahora recuerdo muy pocas ocasiones en las que alguien hiciera el ridículo delante de mí. En cambio, recuerdo unas cuantas en las que yo me quedé sentado queriendo levantarme. Eso sí lo recuerdo.
Y pienso que quizá nos hemos tomado demasiado en serio.
Luego pasan los años y descubres algo que debería ser decepcionante, pero que a mí me resulta bastante tranquilizador: la gente no estaba tan pendiente de nosotros.
Cada uno estaba demasiado ocupado intentando parecer seguro. Disimulando bastante. Como yo. Como tú. Como todos.
Hay una paradoja curiosa en todo esto. Ahora digo más veces que sí, pero también digo más veces que no. Y no me parece una contradicción.
Durante muchos años acepté cosas porque sentía que debía hacerlo. Decía sí para no molestar y después me molestaba conmigo mismo por haber dicho que sí. Menudo negocio.
Con el tiempo he empezado a entender que un «no» también puede ser honesto. No me apetece. No puedo. Hoy prefiero quedarme en casa. Sin una explicación de quince minutos detrás.
Me sigue costando. Pero cada vez menos. Y quizá por eso los «sí» que digo ahora son más míos.
Porque decir que sí a la vida también debería incluir el derecho a no hacer absolutamente nada de vez en cuando. A desperdiciar una tarde. A dormir una siesta. A mirar por la ventana. A cancelar un plan sin culpa.
Lo único que intento distinguir mejor es cuándo estoy diciendo que no porque realmente no quiero y cuándo lo digo por miedo.
Ahí está la diferencia.
Con los años he aprendido a darle valor a cosas pequeñas. Un café sin mirar la hora. Alguien que llama sin necesitar nada. Una conversación que empieza hablando de cualquier tontería y acaba entrando en lugares donde ninguno esperaba entrar.
Antes necesitaba cosas más grandes para pensar que estaba viviendo. Ahora algunas veces me basta con que alguien pregunte: «¿Nos tomamos algo?». Y poder decir: «Venga».
Quizá la vida tenga esa costumbre de esconder lo importante dentro de días normales.
La edad de decir que sí no es un manual de autoayuda. Es una antología de poemas y reflexiones sobre ese momento en el que el tiempo empieza a mirarse de otra manera.
Habla de la vergüenza que nos dejó sentados cuando queríamos bailar. De los planes que aplazamos con un «ya iré». De las palabras que pensamos demasiado. De la dificultad de decir que no. Del placer inesperado de sentarse solo a tomar un café. De las oportunidades que todavía permanecen delante de nosotros.
Pero, sobre todo, habla de dejar de pedir permiso.
Porque tal vez madurar no sea dejar de tener miedo. Tal vez sea dejar de permitir que el miedo decida siempre por nosotros.
Hay una pregunta que sobrevuela todo el ensayo y que, desde que lo escribí, me acompaña en muchas decisiones: «¿Qué pensarán?».
Es una pregunta vieja, conocida, casi automática. Aparece cuando dudas, cuando te frenas, cuando estás a punto de hacer algo que te apetece pero te da vergüenza.
Y últimamente, cuando surge, intento hacerme otra: «¿Y qué voy a pensar yo si vuelvo a dejarlo pasar?».
Esa empieza a pesar más.
No siempre lo consigo. Mañana mismo probablemente volveré a preocuparme por cualquier tontería. Pero quizá ahora tarde menos en darme cuenta.
Y cuando la vida vuelva a llamar con alguna de esas propuestas que llegan sin avisar, espero no entretenerme demasiado buscando excusas.
Abrir la puerta. Mirar qué hay fuera. Y si me apetece… salir.
Luego ya veremos.
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Gracias por leer. Gracias por estar aquí.
Gracias por darle una oportunidad a esta historia que, en el fondo, es también la tuya.
Las palabras terminan donde acaba el texto.
Las reflexiones, en cambio, suelen continuar mucho después, en silencio, acompañándonos en lugares que ni siquiera sabíamos que existían.
Juan Carlos Rodríguez Soriano
Escritor, poeta y autor de Bitácora del Alma.
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