El hombrecillo me miró saltando desde el papel. Vivía a la orilla de un colosal bosque en una encantadora casita de un inmenso reino y trabajaba de sol a sol para sostener a su único hijo; sin embargo, el dinero apenas le alcanzaba para pagar la renta. Se había casado hacía diez años con la mujer más bella y noble del mundo y cinco años después de su muerte, no había conocido aún esposa más trabajadora y honesta.
En cambio el Rey era un hombre arrogante y presuntuoso que desconocía los problemas de su pueblo, tenía como esposa a una mujer ignorante e infiel -casada por interés- quien no había cumplido con la función real e imprescindible de dar prole al monarca.
Fue así cómo un día del glacial Diciembre, con el fin de acallar la voz del pueblo y de refutar a los intelectuales del reino, que proclamaban dentro y fuera de él, las ineficiencias y el desdén de los gobernantes, decidió el Rey abrir las puertas del palacio y permitirle a las multitudes acercarse y manifestarle sus quejas y necesidades.
-Lo requerido, será hecho- solía responder parcamente el hombre.
La noticia corrió con rapidez y pronto el protagonista de esta historia se plantó religiosamente todos los días, desde la salida del sol hasta su ocaso, a la entrada del palacio, rodeado por miles de hombrecitos más que al igual que él esperaban ser escuchados por su Rey. Y así permanecieron semana tras  semana, sin q6ue las puertas de tan suntuosa residencia fueran abiertas.
Presenció el hombrecillo cómo cada vez creía más la multitud incontrolable y cómo los ánimos se exaltaban ante las  peticiones de algunos espontáneos que, aprovechando ventanas y balcones reales, exigían remedio a sus necesidades.
Cansados, uno a uno, esperaron con paciencia que la masa se deshiciera para retornar a sus hogares, con las manos vacías, esperanzados en que sus problemas, tarde o temprano, les serían solucionados.
Después de casi dos semanas sin probar bocado ni pegar el ojo, ingresó el individuo a su humilde hogar. Su amado hijo alucinaba de hambre, y aterrado observó que el pobrecito hasta había mordido pisos y paredes para entretener su estómago y  fue cuando comprendió que sólo le restaba una opción.
Página 2
Me miró una vez más, con sus ojos húmedos, saltando desde el papel. Decidió entonces que debía matar al ser al que había dado vida hacía años y para evitar que el alarido, producto de tan insufrible dolor fuera escuchado, tomó aguja e hilo y le cosió los labios… Una vez más  sollozó desesperado, agitando sus manos hacia mí, saltando desde el papel. Silenciadas las protestas de su hijo, se asomó a la ventana y contempló a cientos de hombrecillos como él sufriendo, bramando desencajados, pidiendo ayuda, saltando desde el papel…
Dejo de escribir. Insatisfecho, arrugo y arrojo el texto a la papelera y junto a él al diminuto hombre, quien yacerá minutos más tarde sobre los cuerpos de cientos de personajes más, también desechados.
Me levanto del sillón y agito las manos al cielo, rogando a Dios por una historia decente y, entonces, lo entiendo todo. Toda mi vida no he sido más que un hombrecillo, saltando en obra divina.
                                                                                                                                 2011
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