Cuando Don Moyano corría la tranca de la puerta, Barrabás abría el ojo derecho mirando siempre el corto resplandor penetrando en línea recta hacía su lomo robusto y deforme. Sólo al sentir el ligero palmoteo en la frente notaba que ya era de mañana y que prontamente sería el momento de recibir la primera ración del día. Luego Don Moyano lo ataría por una hora más o menos a un establo donde solía encontrarse con el mismo French Poodle que al verlo siempre lo apresaba en uno de sus muslos gruesos, mascullándole hasta que se cansaba y luego latía sin recibir ninguna respuesta. Entonces era el momento de acostarse apoyando el mentón sobre el suelo de paja mientras la hora transcurría y lo llevaban a un lugar amplio donde pasaba toda la tarde junto con su mamá y otros toros de su misma especie. Bebía leche de las ubres hasta que sentía el hastío en la garganta para después comer pasto alejado de la muchedumbre, en un rincón, donde siempre encontraba más césped. Casi siempre dormía junto con su madre o se unía a la multitud dándose topes hasta quedar mareado y luego beber agua de un enorme estanque en el que había suficiente para saciar su sed y la de los demás. Cuando empezaba a oscurecer (lo notaba cuando arriba, en lo alto de una montaña la luz que antes resplandecía se extinguía poco a poco), sabía de la llegada de Don Moyano, oyendo sus ruidosos pasos con esas botas de goma, seguido del aullido de los perros que se acercaban en manada pidiéndole más comida, descorría el hierro que sostenía la puerta del establo, lo amarraba de nuevo con el cordón hasta conducirlo hasta la salida. Don Moyano le daba tiempo para todo, para beber el último sorbo de agua, dar los últimos topes de cariño a su madre y luego masticar los últimos rastros de pasto que encontraba cerca. Al salir y ser llevado de nuevo al cuarto donde seguramente caería rendido, todo se veía muy oscuro, las franjas de una tela sujeta a un gancho en un tendedero era lo único de luz en el camino, algo que lo tranquilizaba sin razón alguna. Finalmente llegaba con pasos lentos, Don Moyano primero encendía la luz de un bombillo que sólo iluminaba una parte del recinto, tal vez para asegurarse de no encontrar algún indicio de peligro, acariciaba su cabeza, luego le decía algunas palabras a su oído derecho y se alejaba como de costumbre. Era siempre el sonido de sus pasos distantes lo que le hacía dormir hasta el otro día.      
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El día que fue llevado a otro establo, era una tarde gris, los ventarrones levantaban una ola de polvo esparciéndose en todo el lugar. Se podía ver como los tejados de las otras casas eran llevados fácilmente hasta quedar trancadas en un muro o amarradas a una cerca de alambres o alejadas para siempre. Sentía su cara y su lomo congelado, a duras penas alcanzaba a cerrar los ojos y esconderse en un cuarto diminuto donde había escobas, palas, baldes ya deteriorados. Luego la borrasca descendía en todo el campo como pedazos de agujas que se extinguían en el césped, en el suelo empolvado hasta formar capas de lodo que lograban encharcar sus patas. Afuera, los mugidos de la multitud eran insoportables, los topes entre ellos intensificaban el miedo que había provocado a todos hasta el final de la escasa lluvia. Su madre era la única que parecía serena, recostado su vasto cuerpo afuera del cuarto, siempre atenta, la mirada hacia arriba y luego hacia adentro pendiente de cualquier peligro. Luego del escándalo, se escucharon los pasos calmados de Don Moyano, esta vez no había ladridos ni murmullos de gallinas ni más mugidos. Barrabás aun estaba a salvo adentro, masticando un pedazo de lazo que encontró luego de la borrasca, cuando vio la figura alta e imponente de su amo, con una cuerda en forma de círculo sujeta con las dos manos. Don Moyano puso la cuerda en su cuello sin ninguna complicación aunque a Barrabás le sorprendía por qué lo hacía, seguramente lo encerraría de nuevo en el cuarto para no agarrar más frío, cierto era que el lugar de las palas daba un refugio pero no del todo, sus patas las tenía encharcadas y el cuerpo entero congelado, en su refugio encontraría comida y se recostaría en la paja hasta dormir mientras afuera los ventarrones se hubieran extinguido por completo. Al salir, sólo unos leves vientos alcanzaban a irritarle la vista, aun la tarde era gris, el frío insoportable. Caminaron a pasos sigilosos como de costumbre, procurando siempre ir detrás del hombre, pisando el césped húmedo, masticando por tramos pastos amarillentos cuando sentía el impulso mientras se alejaba de su madre y de los demás. Sólo cuando llegó al final del establo, oyó el mugido desgarrador de su madre seguido de la multitud, el cosquilleo en la oreja provocó el movimiento brusco en la cabeza que hizo perder el equilibrio en las manos de Don Moyano. Este lo haló con violencia, dándole con el mismo lazo un latigazo en el lomo que lo hizo gemir. Se detuvo por un momento la marcha, mientras Don Moyano había anudado nuevamente el lazo en el cuello, al acercar el pecho en su nariz, un aroma a tabaco y cenizas le provocó nauseas, gimió con intención sin recibir respuesta, luego movió bruscamente la cabeza tratando de escapar, sólo al recibir el otro latigazo con una patada en la costilla, se calmó de nuevo y emprendieron la marcha. Esta vez, no iban por el mismo sendero de campos llenos de matorrales y hojas de plátano donde daba también unas cuantas masticadas sin ser descubierto por Don Moyano, por que cuando lo hacía le palmoteaba la cabeza lanzando carcajadas. El lugar era desconocido, sólo había unos rastros de arbustos, árboles marchitos, habitado por unos cuantos zuros y perros enfermos de sarna. La estrecha puerta carcomida daba una impresión de verse perdidos, unos cuantos paujiles y pavos merodeaban por los alrededores revoloteando con sus alas hasta formar capas de polvo, provocando un estornudo escandaloso. Don Moyano lo amarró esta vez a un palo enorme con unas cuantas hojas secas, se dirigió hacia la puerta luego de susurrarle de nuevo al oído, con pasos mesurados, alejándose poco a poco siempre con una cuerda en forma de círculo en su cintura. Barrabás creyó estar abandonado nuevamente, tal vez aquel sería el nuevo sitio donde pasar la tarde, sin hallar ni el alma de un toro cerca, con una escasa parcela de pasto donde no podría comer lo suficiente de lo contario al otro día ya no encontraría nada, le hubiera gustado recostarse para recuperarse de la fatiga que le había producido tanto trajín, pero el aguijoneo de unos filosas piedras lo mantuvieron en pie hasta el regreso de Don Moyano. Luego de percatarse que la cuerda estuviera bien sujeta sobre su cuello, Don Moyano le palmoteó el lomo para continuar con el camino. El trayecto fue corto,  Barrabás notó que se dirigían hacia la puerta ya abierta, donde afuera se veía más soledad que adentro, ni un matorral, sólo senderos estrechos, cerros cubiertos de niebla o polvo, sin animales, poca gente transitando con costales al hombro y la mirada perdida, era desconocido el lugar, entonces comenzó con el desespero de quedarse, gemía a pesar de los latigazos y las patadas pero Don Moyano parecía más fuerte, casi en rastras lo condujo hasta la puerta donde habían dos hombres altos, obesos, de rostros rojizos quienes traían consigo una malla y unos látigos, la resistencia de Barrabás se fue disminuyendo, sólo unos quejidos ahogados daban muestra de inconformidad. Al subirlo a una caja enorme, oscura, un bozal de hierro lastimando su boca, sus pies apresados, sin nada para ver más que un simple rastro de luz proveniente del techo, produjo en Barrabás una sensación de abandono, de olvido y una despedida inesperada al cuarto que le daba calor, a su madre, al French Poodle, a la manada de toros que siempre lo recibían y lo despachaban con estruendosos topes, a don Moyano quien antes de ser amarrado por aquellos hombres, le había susurrado de nuevo, mientras le acariciaba su frente y su lomo. Escuchó la puerta de atrás cerrarse, el traqueteo de una máquina vieja como la de don Moyano cuando solía salir los domingos, luego todo se movía a su alrededor provocando el choque constante con unos bordes fríos y duros, inmóvil, desde su nueva prisión a duras penas Barrabás logró dar el último gemido de adiós que no se supo si todos los del establo lo habrían escuchado con tristeza hasta compadecerse de su partida.
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Barrabás finalmente se había adaptado a los maltratos recibidos por varios hombres, al comienzo los latigazos dejaban en su lomo, corrientes de sangre que le magullaban la piel, muchas veces perdía el equilibrio y caía, pero nuevamente un golpe en las costillas lo hacía retomar la fuerza. Mostraba resistencia, dando topes, mugiendo, pero siempre la sombra obesa, la mirada penetrante, la cara rojiza, con un látigo y una cuerda y el golpe en cualquier parte de su cuerpo daba a entender que era imposible luchar contra la fuerza. A diferencia de Don Moyano, Barrabás, sabía de la crueldad de sus nuevos amos, era muy poca la comida que desde un comienzo se le daba, siempre recibía latigazos, patadas, puños, no convivía con nadie, de día era sometido a trabajos fuertes como correr mientras unos cuantos caballos lo arrastraban con la cuerda que tenía sujeta en el cuello, hasta que finalmente las patas no le daban más respuesta y caía del cansancio en la noche, luego lo metían a un cuarto muy pequeño, frío, de escasa luz donde dormía muy poco. En unos cuantos meses su cuerpo mostraba un cambio notable, la forma de sus costillas, el lomo, los muslos, su cara, eran gruesos, rígidos. Sus cuernos habían tomado una forma curva, algo que lo emocionaba y siempre en las corridas daba muestras de superioridad dando topes a los caballos hasta tumbarlos y dejarlos heridos. Era difícil (y lo notaba) que entre varios hombres, con una cantidad de lazos, debían amarrarlo cuando trataba de escaparse de ellos corriendo imponente y buscando al hombre obeso o a uno de los suyos. Lo agarraban del lomo, pero la fuerza animal los elevaba, de las patas pero siempre dos patadas los recibían en la cara o en el pecho o en el vientre, hasta que llegaba la misma figura rechoncha, esta vez sin una cuerda, trayendo en su mano un objeto negro que al pasarlo por sus costillas le provocaba una corriente acabando con su euforia. Creyó que en ese lugar había durado poco tiempo cuando nuevamente fue subido con más cuerdas y más cadenas sujetas en todo su cuerpo a la misma oscuridad, era tan familiar, el frío de las varillas que ya no le tallaban en su cuerpo, el carcajeo de la máquina y luego la despedida casual esta vez sin lanzar un lamento, ni mostrar signos de adiós, sólo le interesaba tener al frente al gordo que lo atormentaba y siempre lo hacía caer en un profundo sueño y en una profunda ira. Para Barrabás todo era oscuridad, el hecho de separarse de la antigua finca, causaba paranoias frecuentes que siempre terminaban enloqueciendo a los que estaban en su cuidado, de noches, golpeando su cabeza contra las paredes, cornadas a los que trataban de tranquilizarlos, alzaba su lomo para hacerlos golpear contra la pared. De sus ojos brotaba un líquido empapando sus mejillas, ya la sangre de su lomo se secaba y no importaba el dolor en los muslos, la intención de huir lo alimentaba día y noche antes de ser llevado nuevamente, tenían que tranquilizarlo con corrientes en su espalda hasta quedar dormido y al otro día pelear. La máquina avanzaba por caminos tortuosos, polvorientos, quizás eran los mismos donde solía ser llevado por Don Moyano cuando lo inyectaban o era subido a una enorme balanza. Quizás la expectativa era regresar a la vieja finca, al cuarto caluroso, con la manada, donde bebería leche de su madre, comería a escondidas hojas de plátano hasta ser sorprendido por Don Moyano. La máquina había detenido su marcha, sólo daba unos lentos movimientos en reversa, Barrabás, en medio de su inmovilidad, lograba oír los pasos de los tres hombres aproximándose hacia él, el ruido de la tranca moverse, la enorme puerta abrirse sintiendo el fuerte resplandor en al muro de enfrente. Al ser bajado con cautela, pudo notar la presencia del hombre tomándolo del cuello y llevándolo casi en rastras, era imposible acabar con él, las cuerdas y las cadenas que lo ataban provocaban dolor por cada movimiento. Al principio no se opuso, la entrada al lugar le parecía tan familiar, seguramente la voz de un hombre era la de Don Moyano, lejana, llegaba a él casi en respiros, sólo al continuar con el trayecto, al ser metido a un cuarto mucho más grande y sin luz, movió bruscamente la cabeza tratando de salir, pero esta vez no era el mismo hombre quien lo golpeaba, eran varios, lanzando látigos, patadas, manotadas, puños, corrientes que se ensañaban sobre él. Los golpes lo llevaron lentamente hasta el lugar, lo amarraron de nuevo, casi privado por un golpe que había recibido en un testículo impidiendo durante largos minutos la respiración hasta que de nuevo una descarga eléctrica lo adormeció por completo.
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Un bullicio lo había despertado, todo estaba oscuro, con el olor a orín proveniente de atrás, una escasa luz de una ventanilla iluminaba su ojo izquierdo y le daba aire. El ligero cosquilleo en el lomo hizo notar de nuevo las cadenas y los lazos sujetando su cuerpo magullado, nueva sangre se derramaba hasta caer al suelo, el tirón en el muslo lo hizo orinar hasta empapar parte de su abdomen. El lugar era diminuto, al parecer de paredes tan endebles que se lograba oír un griterío desesperante, que acortaba con la poca paciencia que tenía, chiflidos, burlas, voces al unísono coreando nombres, ruidos de palmas, trató de dar una patada trasera con la única alternativa de libertad, pero sólo palpaba un balde que al instante se cayó sin fuerza. Inmóvil, cerró los ojos. El sonido de la puerta de nuevo interrumpió el letargo, una luz rojiza irritó los ojos, las heridas, unos cuantos hombres robustos sujetaron algunas cuerdas, al sentir el frío en una pezuña, lanzó una patada que golpeó la mejilla de alguien el cual le siguieron una cantidad de patadas en el ano y en el vientre contuvieron la furia, debilitándolo al límite. Fueron llevándolo contra su voluntad, quería dormir, pero al cerrar los ojos, el látigo en la espalda lo acobardaba como las voces que cada vez se oían cercanas. Trataba de no escuchar, meneando la cabeza, lanzando patadas débiles, tenía la expectativa aun firme de salir pronto, sería una pesadilla a la que Don Moyano lo despertaría corriendo la tranca de la puerta, y al hacerlo y ser llevado al establo, correría toda la tarde sin oír el sonido chirriante de las cadenas, todo sería sereno, sin bullicio, sólo el sonido familiar de la manada, unos cuantos perros, los silbidos de los niños cuando regresaban a las casas vecinas. La última patada fue en un testículo, tanto fue el dolor que lo privó por completo, seguido de una descarga durante varios minutos. Lo tiraron a un lugar donde se podía respirar sólo polvo, en medio de la debilidad y el dolor, notó que ya no estaba amarrado, movió la cabeza para comprobarlo, sus cuernos habían crecido más, el aumento de su peso, de su fuerza, lo notó cuando trataba de abrir la puerta por cornadas. Los gritos los podía escuchar cerca, niños, mujeres, hombres, aullidos de perros, patadas ¿Caerían sobre él en manada? Había que escapar, daba golpes con la cabeza, mugía, finalmente en las cuatro paredes de madera descubrió la salida. Al romperse salió despavorido con un rayo de luz que lo encegueció durante un largo rato, corría a tientas, comiendo el polvo y escuchando el griterío. Por un momento detuvo su marcha, habían sido varios días de oscuridad, para no darse cuenta de la luz penetrante quemando los ojos e irritando las heridas. Barrabás parpadeaba, desesperado, hasta recobrar la vista y notar la multitud de rostros desconocidos observándolo, miró con recelo a su alrededor, algunos estaban cubiertas de polvo, pero el grito de alguno se oyó mucho más cercano, lo sintió respirar en el cuello, volteó la mirada, la figura alta, delgada, con algo rojo sostenida por su mano, lo había espantado ¡A dónde escapar! Corrió por una esquina pero al no hallar ni una escapatoria decidió quedarse en la mitad, acostumbrarse a los coreos, a los gritos, a las burlas, al polvo asfixiante. Sintió un ligero desmayo, pero firme se levantó y corrió furioso hacia el hombre quien aun meneaba el objeto rojo. El objeto rozó su cabeza seguido de los gritos más intensos. Al seguir derecho vio otros rostros, más polvo alborotándose provocando un escandaloso estornudo. Estaba extraviado, el lugar parecía tan amplio que no sabía el paradero del hombre, sólo miraba alrededor buscando el rojo que se mecía, que lo hacía recordar toda la sangre derramada en su cuerpo, quizás todo lo que encontrara de ese color lanzaría un ataque, los chiflidos retumbaban en sus oídos, no se podía tener calma y hallar la víctima, era imposible encontrar la brújula del hombre o la salida. El polvo nuevamente mermó, ya podía descubrir los muros, diferenciar las caras, al hombre que lo sentía cerca y lo provocaba con sonidos en los labios, gorjeos, gritos, insultos. De nuevo fue a la marcha, el objeto rojo se alzaba de nuevo sobre su cabeza, lanzó otro intento desesperado por atrapar al hombre con el rojo, pero se encontraba con la sorpresa alzarse sobre su cabeza, a duras penas tocando el cuerno derecho. Simultáneamente, Barrabás intentó lanzar cornadas, en una ocasión estuvo cerca de lograrlo, fue en un momento de debilidad del hombre cuando trató de sacar algo detrás del objeto pero este muy ágil esquivó un ataque al abdomen. Corrió hacia una esquina moviendo débilmente las patas. La sed empezaba a resecar su garganta, el calor era insoportable, lo exasperaba hasta ya quedar inmóvil por un instante y mirar con impotencia al contrincante quien se mostraba sereno e impasible. Fueron largos instantes de respiración forzosa, mientras se recuperaba, al parecer el hombre lo notaba por eso no lo retaba. Luego las burlas provocaron en Barrabás de nuevo la ira acumulada. Tenía que atacar o morir en el intento, aunque ya creía estarlo pues parte de su cuerpo no lo sentía, sólo gotas cayendo sobre sus ojos lo hacían parecer vivo a medias. El fallido ataque provocó una herida mucho más profunda, solamente lo notó minutos después cuando volvía a retomar la marcha en medio de los nuevos gritos y sintió desvanecerse ¡Más sangre! Se derramaba como la quebrada donde solían bañarlo cuando estaba cubierto de barro, la sangre brotaba más, quemando las demás heridas, corrió débilmente pero el otro filo penetró en la costilla que lo hizo caer. El ruido se oía lejano, olía la tierra salada, hirviente levantando diminutas olas de polvo cuando respiraba. Sólo una leve patada en el muslo lo hizo levantar de nuevo. La mirada del hombre era de burla, alcanzó a observar el rostro largo, bien afeitado, con una leve cicatriz en las cejas. Sabía muy bien de su intención por acabarlo por completo, así que Barrabás decidió no atacarlo, se acostó como solía hacerlo en el establo, las patas cruzadas, siempre apoyándose sobre su pecho, la cabeza inclinada, mostrándose indefenso ante la manada. Los gritos y las burlas eran constantes, tanto que notaba como caía sobre su cuerpo magullado latas de cerveza, piedras, bolsas, escupitajos. Notó la calma del hombre, ya no se movía el objeto, lanzaba sonidos de provocación. A pesar del bullicio, el único sonido cercano era el de los pasos del hombre aproximarse, se había acostumbrado a oírlos desde la llegada de don Moyano para darle de comer y llevarlo con los suyos hasta cuando llegaba el hombre obeso para sacarlo de su oscuridad en rastras. Era tan familiar ese leve ruido, el juego de los pies aplastando levemente los granos de arena, de césped, de tierra firme, sigilosamente acercándose, ese ritmo constante que se escuchaba lejano, se aproximaba con cautela, los gritos ya no era razón para desesperarse, sólo importaba esperar la llegada de los pasos, sabía que detrás del objeto rojo estaba el último filo para herirlo profundamente en el cuello o en la espalda o en pecho. Al ver que los pies delgados del hombre habían tocado parte de su pezuña Barrabás (como lo hacía con la manada) lanzó una cornada sorpresiva que alzó al hombre, fue tan profunda que de inmediato brotó sangre del vientre, el hombre cayó soltando el objeto en alguna parte, no esperó a que el hombre se levantara, sabía que si daba un breve instante de libertad acabaría con él, de nuevo retomó la escasa fuerza y lanzó otra cornada en las piernas hasta dejarlo inconsciente, empolvando el traje de polvo y sangre. El ruido se había extinguido, más bien eran murmullos de asombro o miedo. Eran pocas las fuerzas, las últimas para lanzar la última cornada que dejó al hombre inmóvil, bañado en sangre, mientras un último filo había penetrado en su cuello tumbándolo también, mientras se aproximaban caballos junto con hombres con cuerdas para atarlo a su cuello seguramente, mientras le daba un tope al cuerpo que yacía en el polvo, mientras cerraba los ojos lentamente, esperando la llegada de Don Moyano corriendo la tranca de la puerta y despertarlo de ese profundo sueño.                           
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