Cuando Tania y Jorge Durán llegaron al pueblo, nadie salió a saludarlos. Las cortinas se cerraban, las puertas se aseguraban con doble llave.
La casa que alquilaron estaba al final de una calle sin nombre. Vieja. Agrietada. Como si algo la hubiera intentado destruir… y no lo hubiera logrado.
La primera noche, Tania notó el olor.
—¿Hueles eso?
—Debe ser humedad —respondió Jorge.
Pero no era humedad. Era hierro.
A las tres de la madrugada, un goteo la despertó.
Ploc.
Ploc.
Siguió el sonido hasta el pasillo. Desde el techo caían gotas oscuras que manchaban el piso de madera. Cuando encendió la luz, el goteo se detuvo. El techo estaba limpio.
Al día siguiente, encontró marcas rojizas bajo la alfombra. Viejas. Secas. Como si alguien hubiera intentado limpiarlas muchas veces… sin éxito.
—¿Quién vivía aquí antes? —preguntó Tania a una vecina.
La mujer palideció.
—Aquí no vivía nadie… sobrevivía gente.
Esa noche, Jorge comenzó a cambiar. Se despertaba con las manos manchadas de rojo, diciendo que había soñado con pasillos largos y gritos ahogados dentro de las paredes.
—La casa me habla —susurró—. Dice que ya recuerda mi nombre.
Tania escuchó un golpe seco proveniente del sótano. Al bajar, vio las paredes cubiertas de huellas de manos… algunas pequeñas, otras grandes. Todas marcadas con sangre oscura.
En el centro del cuarto había un espejo viejo. En él no se reflejaba su rostro… sino otros. Personas que gritaban sin sonido, golpeando el cristal desde adentro.
Detrás de ella, Jorge sonrió.
Una sonrisa que no era suya.
—Ellos nunca se fueron —dijo—. Solo estaban esperando cuerpos nuevos.
Las luces se apagaron. La casa respiró profundo.
Cuando el amanecer llegó, el pueblo seguía en silencio.
La casa tenía nuevos habitantes.
Y la sangre… otra vez… había encontrado dónde quedarse.
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