LA CÁRCEL
I
María Elena estaba llegando a la Terminal abordo de un Chevallier. Todavía no se convencía de lo que tenía que hacer. Le parecía una tarea imposible. No le gustaba en absoluto. Cómo se hubiera imaginado, cuando entró a trabajar en la editorial de la revista, que a su jefe se le iba a ocurrir semejante idea. Ella ingresó para cubrir la columna de modas o espectáculos. Pero no. Había que ser multiuso. De nada sirvió la recomendación de su tío. Bueno, gracias a eso entró a trabajar, pero no alcanzó para elegir la sección que quería. Su jefe era amante del rock. Fanático de Metanorock, el portal del rock argentino. Quería que entrevistara al líder del grupo Superocho. Que estaba en la cárcel. El micro estacionó, dando lugar a que los pasajeros bajaran y se desparramaran por el andén. Hacía frío eran las tres de la madrugada de un jueves de invierno. Al minuto se encontró sola. La única zona iluminada la ofrecía la confitería de la Terminal. Se dirigió hacia allá con paso cansado. Tenía frío, hambre y estaba sumamente cansada. No había podido dormir durante el viaje. Estaba demasiado nerviosa. Mientras tomaba un café miró su alrededor, nadie. El mozo bostezaba aburrido detrás de la barra secando unos vasos. Pagó la consumición mientras le preguntaba cómo hacía para llegar al penal. El joven la miró con súbito interés. -Tenés el 715 enfrente de la Terminal o el rápido en la plataforma 9. Te conviene tomar el 715 porque entra al pueblo. El otro te para en la ruta y tenés que caminar bastante. Si te apurás lo alcanzás. Pasa uno cada media hora. María Elena se levantó rápido y corrió hasta llegar a la parada. El colectivo estaba estacionando. Le daba vergüenza decir su destino. No quería que el chofer sospechara que iba a visitar a un recluso. Se sentó en el primer asiento pese al frío. La puerta estaba abierta. Entraba un viento gélido. Se sentía muy inquieta. ¿Cómo sería el servicio penitenciario? ¿vería sogas hechas con tela trenzada? ¿barretas? ¿facas? ¿Presos con trajes rayados?. Su imaginación volaba febril. Se había olvidado de preguntar cuánto tiempo duraba el viaje. No debía ser demasiado lejos. Nada era demasiado lejos de la ciudad, aunque esto ya no era la ciudad ¿o sí? No se había preocupado en averiguar demasiado antes de su partida. De pronto, una frenada. El chofer la miró por el espejo y con una sonrisa burlona le dijo: Llegamos.- Lástima que no te avisaron que hasta las 8hs. No vas a poder ingresar a la cárcel. ¿Querés quedarte conmigo? María Elena lo miró asustada, y recordando por lo bajo al mozo de la Terminal de micros bajó apurada. Caminaba pateando el canto rodado del camino de tierra. Lejos se veía el penal, imponente, iluminando lúgubremente los alrededores. Llegó hasta la entrada sin saber que hacer. Las luces desde lo alto la enceguecían y perturbaban. Se sentía observada. Y de hecho lo estaba. De la casamata, que estaba ubicada a su derecha, salió un agente penitenciario que se dirigió a ella sin demasiadas ganas. La vio tal cuál era. Una muchacha, ni fea ni bonita. Ni alta ni baja. Ni gorda ni flaca. En fin, una mujer del montón, sin nada que la distinguiera de tantas otras que visitan la cárcel regularmente.- Todavía no sabés los horarios, le espetó altanero. ¿O algún camionero generoso te tiró en la ruta? Mientras se reía con una enorme boca carnosa, desdentada y de sonrisa obscena. -Vení, vení. Pasá a mi cabina y nos divertimos un poco hasta que sea la hora de entrar. Un repentino sentimiento de impotencia la atravesó.
II
Se repuso de inmediato. Sacó valor de algún lugar oculto y lo enfrentó altanera. -¿Supongo que todo tiene su precio no? La voz sonó tan segura y firme que el guardiacárcel dudó de sus intenciones. Sin embargo la minita no le iba le iba a ganar así nomás. -Y bueno, así son las cosas por aquí, todo cuesta. -Mi cuerpo es muy caro, no lo podrías pagar, no te conviene. Si determinadas personas se enteraran de tu pretensión, pasarías de inmediato de afuera hacia adentro. Tengo entendido el jefe de este presidio no es precisamente blando. Se rió con una fuerte carcajada. El desdentado la miro con una mezcla de extrañeza y vaciló unos instantes. Secándose con la mano derecha la saliva que caía de su boca libidinosa, dijo titubeando - ¿Cuánto traés? -¿te alcanzan dos gambas? Mientras lo decía pensó, esto le va a salir caro a mi jefe. -¿A qué hora querés entrar? - Ahora, por supuesto. Vine a esta hora para que no me vea nadie. Tengo mis motivos, que lógicamente no te voy a decir. ¡Está! - Ah bueno, si es así, son tres gambas. María Elena lo miró fijo a los ojos y le dijo zalamera. - ok, pero nada de una entrevista rápida y de parados. Quiero un lugar cómodo y dos cafés para la charla. - Está bien, está bien. Escribime en un papelito a quién querés ver y esperame acá. Calladita la boca, enseguida vuelvo. María Elena así lo hizo, tendiéndole el papel en silencio. El hombre dio tres golpecitos discretos a la puerta y los goznes giraron para hacerlo entrar. No creía lo que le estaba pasando, tuvo que esperar unos minutos que le parecieron eternos. El frío se estaba haciendo más intenso. El viento soplaba helado y la noche daba un espectáculo solitario y fantasmagórico. Más allá del las luces del edificio gris no se veía nada. Todo era un telón negro, impenetrable. Finalmente volvió a escuchar el sonido conocido. El agente penitenciario se asomó. Con la mano le hizo una señal para que se acercara y no hiciera ruido. Resuelta, moviendo su melena rojiza ingresó con pretendida seguridad al penal. El ambiente era francamente atroz. Todo estaba en penumbras. Olor a humedad, mezclado con orín, transpiración y un aroma a rancio desconocido para ella flotaba en el ambiente. Los pasillos interminables se quebraban a derecha o izquierda cada cincuenta metros más o menos. Las diferentes puertas de barrotes gruesos y oxidados los dejaban pasar. María Elena comenzó a ponerse nerviosa. -Llegamos, dame la mosca y pasá. No estaba demasiado segura de lo que estaba haciendo, pero era tarde para arrepentirse. Le dio lo convenido y avanzó.
III
Le costó acostumbrarse a la magra luz del pequeño ambiente. Una bombita de luz sucia colgaba del techo. En la mitad del recinto una mesa cuadrada con dos sillas. Una enfrente de la otra. Un cenicero y dos cafés humeantes era todo lo que había.- No puede ser, qué mierda hago acá. Giró sobre sus talones, pero la puerta se había cerrado. Se sentó tomando un sorbo del café. -Qué asco, lavado y sin azúcar. No tuvo que esperar demasiado. Se abrió la puerta dejando pasar a un espectro humano. Delgado, casi traslúcido, producto del consumo indiscriminado de drogas. Todo ojeras en un rostro tan pálido que parecía maquillado como un clown trágico y penoso. Sin mirarla se sentó y tomó el café.- ¿Qué querés?. María Elena sacó el grabador de su cartera. El viendo el gesto, negó con la cabeza.- Nada de grabadores, si querés anotá. No quiero que nadie escuche mi voz, nunca más. Se quebró y enmudeció. Ella perpleja no reaccionó. Quedó callada mirándole las manos que temblaban rodeando la taza cachada y sin manija que contenía el líquido marrón que amenazaba con caer sobre la mesa. -Bueno, como quieras. Se sintió ridícula. ¿Qué le iba a preguntar? ¿Cómo se sentía? ¿Cuáles eran sus proyectos?.Después de un denso silencio solo interrumpido por el golpeteo de la taza contra la mesa, tomó coraje y le preguntó.-¿Querés que vuelva la semana próxima a visitarte?. El la miró asombrado.-¿qué dijiste?. Perdoname estoy muy nerviosa, no sé que dije. - Me preguntaste si quería que vinieras la semana próxima.- ¿Eso dije?. - Sí. Antes de que María Elena contestara. El dijo: sí. Sí por favor vení. Nadie me visita, me estoy volviendo loco. -Está bien, vengo. No tengo otra cosa que hacer. ¿qué dije? Pensó asustada, no puedo ser más boluda. En qué situación me metí. El espectro la observó largamente sin decir palabra. La midió de pies a cabeza.- me gusta lo que veo, una mujer simple sin pretensiones. Lo miró con bronca, se sintió herida. No creo ser una diva, pero tampoco eso.-No te ofendas. Quise decir que parecés real, auténtica, transparente.- ¿Bueno, podemos empezar? -Sí, ¿ por dónde?. -¿Qué querés que traiga la próxima vez?.
IV
María Elena sintió que entre ella y el espectro estaba pasando algo. Cuando lo escuchaba hablar se estremecía. El hombre hablaba y hablaba con voz monocorde, lentamente. Mirando al piso. Como si no tuviera sentimientos, como si no estuviera vivo. El pecho apenas se movía, parecía que no respiraba. Sentía toda la soledad y la tristeza mezclada con culpa que habitaban en él. Era delgado, delgado casi hasta lo imposible. Tenía miedo. Se enteró que una noche estando totalmente drogado y sin saber lo que hacía empujó a su mujer por la escalera. Porque ya no lo quería escuchar cantar. Habían estado peleando por horas. Recriminándose mutuamente por un amor que ya no existía. Había muerto mucho antes que ella, solo que no lo habían notado. Cayó rodando y rodando hasta detenerse inerte en el descanso de la escalera entre el segundo y tercer piso. El la miraba sin verla. Tirada en el suelo parecía una muñeca rota. Con los ojos vidriosos mirando al techo. A maría Elena le pareció que el cuerpo estaba allí. Junto a ellos. Hasta sintió como la vida se le escapaba por la boca entreabierta, frente a la mirada ausente de él. Tomó su mano. La apretó hasta el dolor. El no reaccionó en principio. Luego se largó a llorar. Lo abrazó con ternura, él se aferró con desesperación. No pudo hacer la entrevista. Lo contado era una confesión. Una intimidad que no podía echarse a los vientos de una publicación semanal. Pese al juicio, todo había transcurrido con la total ausencia de los medios. Así debía seguir. Se miraban a los ojos cerca muy cerca. Buceaban uno dentro del otro sin mediar palabra. Estrechamente unidos. La siguiente hora y media pasó como un soplo. La puerta se abrió y desde afuera una voz desagradable dio por terminada la visita. Todavía era de noche faltaban un par de horas para el amanecer. María Elena caminaba por el camino de tierra en sentido contrario. Su ánimo había cambiado por completo. Estaba entre asombrada y emocionada.
V
¿Soy la misma que entró a esa cárcel? Basta de preguntas. Estoy harta. No, no soy la misma obviamente. Ese hombre me trastornó, me quemó el cerebro. Faltan cinco años para que salga. Va a ser duro ese tiempo, el viaje es agotador. Estaba llegando a la parada. Otra vez el mismo colectivo. Ya había dado la vuelta para regresar a la ciudad. Ella subió y sacó el boleto sin mirar. El chofér la reconoció, no dijo nada. La noche seguía oscura, fría y húmeda aunque el viento se había retirado. Pensaba a mil por hora, en sus sensaciones, en cómo justificar lo no hecho. Ese hombre, esas manos, esa mirada. No podía quitar las imágenes de su mente. Le hubiera gustado estrecharlo contra su cuerpo, de otra manera. No como lo había hecho. Acariciarle el rostro torturado. Que la acariciara, le susurrara cosas al oído. Revolcarse salvajemente por el suelo. Hacer el amor hasta que los huesos duelan. ¿Qué me pasa? Estoy totalmente loca. No puedo seguir pensando eso, pero el sentimiento es más fuerte. No lo puedo olvidar, me quema el cuerpo, me arden las mejillas, mi sexo impaciente lo reclama. Lo deseo. Más de lo que desee ningún hombre en mi vida. El colectivo llegó a la Terminal. María Elena bajó, estaba como anestesiada. Miró hacia la plataforma dónde estacionan los micros que van hacia la capital. Allí estaba el Chevallier. Subió, se acomodó, pero no pudo dormir. El micro devoraba quilómetros, la alejaba del espectro. Sacó su MP3 del bolso y se puso a escuchar música. El polaco, Goyeneche con su voz aguardentosa cantaba: sólo, sólo. Sólo como un cero...... Se levantó de un salto, corrió hasta la puerta. Y antes de haberse arrepentido estaba en la ruta. Caminando hacia su destino, desconocido e incierto. Por primera vez en mucho tiempo se sentía viva. A lo lejos, el horizonte comenzaba a teñirse de rojo. Amanecía.
Irene Susana Márquez
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