Estamos invadidos, hermano,
Estamos obnubilados todavía,
Con la palidez de sus manos
Con el metal de su palabrería.
 
Seguimos mirándonos las caras
En  espejos malditos y asesinos,
Nos siguen vendiendo baratas
Sus balas sus armas y sus libros.
 
Todavía  llevan los piratas,
En negros cruceros nuestra sangre,
Todavía su apetito nos desgarra
La lengua y la tierra con su sable.
 
Se multiplican sus artilugios,
A cuanto necesiten echan mano
Y entre nosotros hacen su refugio,
Nuestros traidores y sus esclavos.
 
 Nos  miramos como enemigos,
Los nacidos de una misma madre,
Cuando entregamos a nuestros hijos
A sus escuelas e iglesias colosales.
 
Le servimos en bajilla de oro,
El banquete a nuestro enemigo,
Mientras el nos deslumbra los ojos,
Nos azotamos de hambre y de frío.
 
 En las calles asola la ignorancia,
 Un panfleto burgués entre sus manos,
Una lanza y una cruz envenenada;
Ofreciendo el cielo a los olvidados.
 
Quienes comandan la comitiva,
Los señores ilustres del mercado,
Organizan la fiesta donde brillan
Nuestros tesoros, credos  y pasado.
 
Déjenme señores abominables,
Déjenme enterrar mis propios muertos,
Déjennos  consolar  nuestros pesares,
Déjennos elegirnos un infierno.
 
 No nos persigan a nuestra tumba,
No nos roben el último abrazo,
Desde la entraña que nos fecunda;
Aun nos arrancan insolentes manos.
 
También estábamos equivocados,
¡Acaso mis finados son su trofeo!;
¿Para que ustedes; ojos asombrados,
Los Aprecien en vitrinas de  museos?.
 
Quiero convocar a mis hermanos;
A partir de hoy, no ceder un metro,
A partir de ahora; Sudamericanos,
A partir de ahora defendernos.
 
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