A veces, sin darme cuenta, casi sin saber que lo  hago,
evoco viejos recuerdos  que ya creía olvidados.
Y sin siquiera quererlo, y sin poder evitarlo,
imágenes se interponen, que regresan del pasado.
Algunas llegan sonriendo, con gesto desenfadado,
y ocupan los mismos sitios que habían abandonado.
Unas, frías, como ausentes,  otras encolerizadas,
se agazapan en rincones y  escrutan con la mirada.
Procuro ser tolerante  y aunque nunca digan nada,
se que saben muchas cosas, que no serán reveladas.
Ayer quemé, algunos trastos, papeles, cientos de cartas
amarillentas de tiempo, por lágrimas, borroneadas
y oí profundos suspiros  que llegaban de la nada.
 Un dulce aroma a violetas, de las cenizas, se alzaba
 que relajaba mi cuerpo y suave, me acariciaba.
Y cuando ardieron las otras, aquellas malditas cartas
de ponzoñosas pasiones, se alzaron rojizas llamas.
 El papel se retorcía, como un cuerpo que temblara
 en convulsiones violentas de una lujuriosa danza.
 El acre olor del azufre,  inundó toda la estancia.
Después, cayeron cenizas, como láminas de plata.
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