Humanidad
Caen las ennegrecidas ramas
Rompiéndose por violentos vientos
Que mueven las secas nubes
Que cubren al ennegrecido cielo.
Vuelan las hojas muertas
Más muertas que en otoños viejos
Vuelan bailando entre ellas
Se elevan al cielo muerto.
Hace tiempo que no se ve un alma
Caminando por las calles largas
Hace tiempo que no se ve alguien
En la llamada tierra de nadie.
Creyeron que con rinocerontes de acero
Y que con aves de hierro
El silencio llegaría a cada rincón
De un mundo que no conoce extremos.
Que derrumbando universos
E ideas distintas
Podría ser el rojo igual que el negro.
Cuando el último hombre se rindió
Y de su rinoceronte de acero bajó
Contempló una montaña de fuego y de rencor
Fundiéndose enfrente suyo
No alcanzó a dar más que cinco pasos
Y se derrumbó
Cayendo por la falda de esa montaña de fuego y rencor
A un mar rojo y manso
Y hasta el final pensó: sí, algo logré.
Cuando el sol se escondió ese día
Tras un horizonte más grande y un negro velo
Ya no había nadie mirando aquel atardecer
Ni nadie oyendo el susurro del océano
Que se encargaba de apagar
Los más fogosos sueños
Que surgían de los universos
Que allí se ahogaban.
Cuando ya nadie escuche ni nadie vea
Cuando ya nadie sienta ni respire
Se piensa que nada existirá.
Más el sol volvió a salir por la mañana
En un horizonte totalmente distinto
Iluminando un celeste planeta
Acariciando sus inmensos mares.
Caen las ennegrecidas ramas
Rompiéndose por violentos vientos
Que mueven las secas nubes
Que cubren al ennegrecido cielo.
Vuelan las hojas muertas
Más muertas que en otoños viejos
Vuelan bailando entre ellas
Se elevan al cielo muerto.
El Viajero
Rompiéndose por violentos vientos
Que mueven las secas nubes
Que cubren al ennegrecido cielo.
Vuelan las hojas muertas
Más muertas que en otoños viejos
Vuelan bailando entre ellas
Se elevan al cielo muerto.
Hace tiempo que no se ve un alma
Caminando por las calles largas
Hace tiempo que no se ve alguien
En la llamada tierra de nadie.
Creyeron que con rinocerontes de acero
Y que con aves de hierro
El silencio llegaría a cada rincón
De un mundo que no conoce extremos.
Que derrumbando universos
E ideas distintas
Podría ser el rojo igual que el negro.
Cuando el último hombre se rindió
Y de su rinoceronte de acero bajó
Contempló una montaña de fuego y de rencor
Fundiéndose enfrente suyo
No alcanzó a dar más que cinco pasos
Y se derrumbó
Cayendo por la falda de esa montaña de fuego y rencor
A un mar rojo y manso
Y hasta el final pensó: sí, algo logré.
Cuando el sol se escondió ese día
Tras un horizonte más grande y un negro velo
Ya no había nadie mirando aquel atardecer
Ni nadie oyendo el susurro del océano
Que se encargaba de apagar
Los más fogosos sueños
Que surgían de los universos
Que allí se ahogaban.
Cuando ya nadie escuche ni nadie vea
Cuando ya nadie sienta ni respire
Se piensa que nada existirá.
Más el sol volvió a salir por la mañana
En un horizonte totalmente distinto
Iluminando un celeste planeta
Acariciando sus inmensos mares.
Caen las ennegrecidas ramas
Rompiéndose por violentos vientos
Que mueven las secas nubes
Que cubren al ennegrecido cielo.
Vuelan las hojas muertas
Más muertas que en otoños viejos
Vuelan bailando entre ellas
Se elevan al cielo muerto.
El Viajero
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