Iba a matarlo. El honor, desde la teoría, puede verse como una seudo-virtud demodé, como uno de los síntomas más arcaicos y más claros del machismo. Pero en la práctica de la condición masculina; y cuando somos nosotros mismos el “varón herido”; el honor pasa a ser un concepto que lleva intrínseco al orgullo, a la identidad, a la historia familiar y, por supuesto, al machismo. 

Iba a matarlo. Es que el honor y la muerte son amantes desde hace milenios. La muerte es su hembra incondicional, esa que se ofrece sin preguntas ni reproches de conciencia a salvarlo de sus desventuras. Porque todos somos machistas. Porque, por ser machistas, somos un poco infantiles y épicos. Y porque el honor, para aparecer en escena, necesita de la escenografía épica; y también de su utilería. No se salva el honor si no nos sentimos “caballeros” de “nombre respetable”. No se salva el honor matando a traición: atropellando con el auto; envenenando; disparando desde un techo; ni electrocutando. El honor requiere del rito del enfrentamiento –más específicamente del duelo- y de la consagración de la victoria en ese enfrentamiento. Ahí radica su salvaguarda, en el hecho de vencer en la batalla al que nos humilló. Y hay que matarlo con una estocada o con un disparo, pero siempre de frente y en igualdad de condiciones. 

Iba a matarlo. Porque matar a la mujer no es honorable, aunque la hembra haya provocado la situación. Porque en última instancia, la hembra es de uno; y el que debe respetar los códigos del honor es el varón. Porque el honor es tan machista en estos casos, que obviamente la cuestión es entre hombres. Todo lo que llevó a la mujer a esa situación no importa, nunca importó. 

Iba a matarlo. Lo miró temblar al alzar el cuchillo del suelo y sostenerlo torpemente en la mano. Lo supo aún más torpe al observarlo envolverse el poncho en el antebrazo. Lo oyó gemir al cortarle de un zarpazo el pómulo. Lo vio llorar al ver su sangre; al quedar tieso frente su embestida, bajar resignadamente los brazos y dejarse caer de rodillas. Sintió el desesperado latido y el sudor del pánico al afirmársele para la puñalada justiciera. 

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Iba a matarlo. Pero el honor y el egocentrismo son hermanos; y el otro ya estaba humillado. Un hombre honorable no mata a otro más débil. No hay honor en descuartizar a un infeliz. Por eso le extendió la mano para que el otro se reincorpore. Y se afirmó en sus piernas cuando el otro comenzó a levantarse. Y sintió el ardor del puñal en el costado izquierdo. Y vio su sangre negra anunciarle el fin. Y supo que el honor nunca prende en un corazón cobarde. 
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