Encerrada en nuestro castillo, temblando como versos balbucientes,
veo en el espejo mis ojos que abren fosas para liquidar a la conciencia.
Y mientras te aguardo (a ti y a tu regalo)
transito el oscuro pasillo sin poder escuchar a mis pasos
(Muerto está alguien, dicen, cuando ya no escucha sus pasos), 
mi corazón late a ciento cincuenta golpes por minuto,
y lloro por los días felices en que me bajé del tren.
 
Siempre llegas cuando estoy abandonada, y preparas
el ritual que me conecta una jornada más: Cuando estoy al filo
de estrellarme en las rocas, me llevas de nuevo a alta mar
para que me siga ahogando. Buscas un lugar de mi brazo donde pinchar
y la saliva regresa a mi lengua.  
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