Habitante del rincón invisible
Saltar por la ventana!
¿Es la solución?
No, es otro gasto; sería el último, pero también el más incómodo.
El exilio voluntario exige que ya no quepas más en ninguna parte,
más que en lo aislado de lo invisible.
Encerrado en un cuarto reducido que todo lo contiene,
mas al abrirse la puerta no se ve a nadie, se ve una nada.
Yo, ahí sentado, dándole permiso al tiempo y a la vida para que puedan pasar,
soñando con el tiempo perdido por mí en el fondo de la pútrida piscina,
sin ocupar ningún espacio en la vida,
por incapacidad y vergüenza.
Aves hay muchas en los árboles y quieren que te convenzas de que tu dolor pasará;
luego emprenden el vuelo, se llevan su canto y se van fuera de mi vida y de mi vista para siempre,y nunca las volveré a oír trinar...
El eco del último trino se extingue en la corteza de los árboles,
y el silencio que dejan no es vacío, es un bloque de cemento sobre el pecho.
La piscina pútrida ya no refleja el cielo,
sino el contorno exacto de mi sombra, flotando en lo denso.
Miro mis manos: no pesan, no ocupan lugar, son de humo.
La penumbra del cuarto se vuelve sólida, un lodo negro que sube por los tobillos.
Ya no espero que la puerta muestre algo; prefiero que la pared la devore.
En el fondo del agua estancada la putrefacción es ahora un hogar,
huele a pérdida, huele a mi propia piel...
Las aves que se fueron no solo se llevaron su canto,
se llevaron los ojos con los que solía mirar el cielo.
Ahora solo queda la ceguera del rincón, el roce áspero del muro frío contra la espalda.
El tiempo ya no pasa, se pudre conmigo,
un cadáver cronológico que comparte mi silla y mi silencio.
No hay dolor que pase, hay un dolor que echa raíces en el hueso,
hasta convertirse en la única verdad, en la única materia de este cuarto reducido.
Aquí abajo, la nada es absoluta,
y la vergüenza se ha transformado en un frío bloque de mármol que me sepulta vivo.


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