La Ria, como todos los inviernos, subía revuelta y salvaje.
Llevaba diez días lloviendo sin parar, como si no hubiese llovido nunca, y los rostros de los caminantes reflejaban el hartazgo.
Paraguas abandonados, jardines callados y bares a rebosar intentando vender caldo.
Los edificios, altos y majestuosos, plantaban cara a la lluvia a sabiendas de que su lucha acabaría en derrota con el paso de los años.
Había quedado con Gorka en el Xukela para dejarle El Claro de los trece perros de Jorge Márquez, un amigo de mi tierra, y decidí hacerlo andando.
La quimio me tenía jodido y mi cuerpo, otrora ágil y fuerte, necesitaba ejercicio.
Los brillos de la Gran Vía, iluminada de noche, vacía, desfiguraban el aire.
Sombras irreconocibles que vagaban errantes huyendo del agua, intentando refugiarse bajo los voladizos enormes de los comercios cerrados.
La llama de algún mechero encendiendo una colilla.
El llanto de un gato perdido.
Un coche de policía.
Una disputa.
Al llegar al Arriaga, algo llamó mi atención. A mi espalda, junto a la Ría, algo grande, vivo y en movimiento, gruñía cabreado.
Me asusté, pero, una vez superado el miedo inicial, me armé de valor y decidí echar un vistazo. Estaba oscuro y opaco, denso, cuajado. Bilbaino.
Al asomar la cabeza inclinándome sobre la barandilla, lo vi, y no pude creerlo.
Al llegar al Xuquela, Gorka ya estaba esperándome.
Debió de notarme algo raro pues, después de darme un abrazo, me preguntó que pasaba.
No supe que responderle. Es más, ni siquiera supe si debía hacerlo o zanjar el asunto con una escusa tonta con la que salir del paso, pero era mi amigo y, a la postre, una de las pocas personas que calla cuando yo hablo, que me escucha.
Decidí contárselo.
Cuando lo hubo oído, se descojonaba, como el resto.
Les conté que abajo, junto al Teatro, había visto un oso intentando subir al paseo y, al hacerlo, les di la escusa perfecta para correrse una fiesta a costa de mi persona. Un martes de Enero, sin otra cosa que hacer que dejar pasar el tiempo, era una oportunidad  única de pasar un buen rato a costa de cualquier pardillo y yo se lo puse en bandeja.
Se pegaron un buen rato haciendo chanzas y chistes.
Hasta Coli se inventó un pintxo de setas y carne de oso.
Antes, eso si, bizkaino y vehemente, me había propuesto cazarlo, agitando ante mi cara un cuchillo cebollero más grande que el brazo de un gorila.
Lógico y normal, aunque algo hiriente.
 
 
Página 2
Al cerrar, algo perjudicados por cierto, nos separamos.
Gorka y yo plegamos velas y decidimos recogernos.
Aun puedo escuchar, como si fuera ahora mismo, las risas de Txompa y Coli al torcer la esquina de abajo, partiéndose el pecho al recordar lo del oso.
Gorka no dijo nada, pero me miró de soslayo.
Lo acompañé hasta su casa donde, en la puerta, decidimos sentarnos en el bordillo de la Fuente del Perro a echar un último cigarro antes de irnos a dormir.
Ya no llovía y el silencio era agradable.
Gorka hablaba sin parar mientras se liaba un peta, quejándose amargamente de los rumanos que vivían en los bajos de su casa.
Dos o tres años atrás, Anatoli, un rumano ya mayor que se ganaba la vida tocando el acordeón por las terrazas del Casco Viejo, conocido de todos, buena persona, le preguntó si a él le importaba que trajese a su familia a vivir allí y Gorka, que no se las piensa, le dijo que si, que sin problemas.
Pero vaya si los hubo.
De un día para otro, él y su acordeón, se transformaron de pronto en una tribu de niños, mujeres y acordeonistas de más de veinte personas que comían, dormían y discutían en cincuenta metros cuadrados.
Las voces, los gritos y las peleas, se convirtieron de pronto en algo cotidiano y la paz se marchó de repente.
En eso estábamos cuando Anatoli apareció en la esquina de arriba cargando su acordeón sobre su espalda encorvada. Parecía cansado.
No nos veía.
Al torcer la esquina se quedó parado.
Los dos pensamos que estaba esperando a Lota, su mujer, que  lo acompañaba a todos lados mientras trabajaban, pidiendo con su pandereta a los clientes de las terrazas. Siempre nos llamó la atención que, una vez finalizado el trabajo, de vuelta a casa, ella caminaba detrás de él, a dos pasos, manteniendo la costumbre ancestral, cruel y machista, de no caminar a la altura del hombre con el que vives.
De pronto, tras un gruñido que nos sobresaltó a ambos, un oso marrón y sucio, torció la esquina cansino, renegado y baboso, resistiéndose a plegar.
Anatoli le habló en rumano y el oso, tras gruñir y echar una última meada, lo siguió como un cordero hasta desaparecer en el portal de la casa de Gorka.
Este y yo nos miramos sin decir nada, alucinados.
Gorka me echó el brazo por encima y de manera condescendiente me dijo:
- Andoni, este año dejo la hierba amigo-.
 
 
 
Página 3
De regreso a casa, la Gran Vía estaba llena de gente y yo, cansado y aun sorprendido, me metí en el Metro.
-¡A ver que pasa mañana!-.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
          
     
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
      
 
 
 
 
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