Es tanta impresión vivir en la oscuridad, aun cuando la luz deslumbra por doquier, que es como si se sintiera un frío punzante, en pleno calor de verano. Los pensamientos desvarían, no concuerdan, no coordinan, y la cotidianidad junto al automatismo del cuerpo, llevan a que seamos un zombie mas en nuestra propia vida.
Logramos ahogarnos bajo esa lluvia incesante que drenan nuestros ojos, buscando respuestas en el lugar equivocado dentro del laberinto que se ha formado en nuestro pensar, sin salida, sin ayuda, sin nada… aun teniéndolo todo, porque la vida sigue tomando rumbo, aunque no todo fuese como quisiéramos o esperábamos.
Esa mascara que mostramos a la luz pública, de a poco se ha vuelto frágil, y se empieza a notar lo fracturado, porque a gritos nuestro silencio perturba nuestra paz, y es lo que nos vuelve más vulnerables y sensibles…  y que maldito odio ante esa sensación, que rencor tan grande por el solo hecho de sentirse así, por lo que nos flagelamos para hacernos la idea de que no volverá a suceder, pero no será así, dado a que tendemos a caer en un universo de caídas, desesperaciones, tristezas, nostalgias, recuerdos, indignaciones, es decir, volvemos al punto inicial entre la luz y la oscuridad de nuestra mente, nuestra alma, nuestro cuerpo, nuestra vida.
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