-Hola, ¿Martín?
    -Sí, ¿quién habla?
    -Yo, Soledad.
   Me quedé inmóvil, Soledad era mi amiga. Sólo que había muerto hace un mes. Qué sensación extraña, creo que sentí miedo. Es que volví a escuchar su voz; como cuando solía llamarme en sus momentos de depresión. Parecía cierto lo que estaba pasando... me necesitaba... pero cuando le pregunté qué sucedía, no respondió más.
   No alcancé a abrir bien los ojos y levanté el tubo diciendo hola, hola Soledad. El aparato estaba mudo, muerto. Lloré un rato. Enseguida me fui a desayunar a la cocina.
   Cada vez que pasaba por el aparato lo miraba. Hasta llegué a creer en algún milagro... o en una broma de algún imbécil... qué se yo...
   Me senté frente a la taza, paraba las tostadas una y otra vez; aquella pesadilla no se iba de mi mente. No tenía hambre; miraba el teléfono, esperaba un fenómeno que ni siquiera podía descifrar cuál era; hasta que sucedió verdaderamente algo extraño: el teléfono sonó de nuevo, sonó muy fuerte; di un salto y corrí a atender.
    -¿¡Hola, Soledad!?
    -¿Quién? -me respondieron.
    -Perdón, hola, ¿quién habla?
    -Soy yo Martín, la mamá de Soledad, ¿por qué la nombraste?
    -No, por nada, es que anoche soñé con ella...
    -¿Si? Bueno, sólo te llamo para decirte que mi hija quiere verte, está muy mal; otra vez con la maldita depresión.
    -Bueno señora, dígale que en media hora voy.
Me cambié lo más rápido que pude. Dejé la taza medio vacía, o medio llena, qué se yo, y las tostadas paradas. Con la campera en la mano, salí hacia lo de Sole.
Ya pisaba la vereda de su casa; esta vez estaba seguro que no era un sueño, porque cuando salí de mi departamento saludé a unos vecinos que andaban por ahí. También sentí en la mano los golpes que le di a la puerta del caserón de ella; hasta que me abrió la madre.
   Frunció el ceño e hizo la cabeza para atrás; y me preguntó qué andaba haciendo. En ese momento volví a no entender nada...
    -Hola señora, le dije que en media hora estaría acá, pues, acá estoy.
    -¿Qué? ¡aaah! Ya entiendo, adelante, pasá y sentate que ya vengo.
Entré mirando para todos lados, algo confuso, comprendí que la mujer estaría también algo mareada por la situación de Soledad.
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   Volvió con una bandeja con dos vasos llenos; se sentó frente a mí, me tomó la mano, y me dijo que ella también estaba mal por la situación, que agradecía mi preocupación por su hija, pero que ya no había nada por hacer...
    -¿¡Qué!? ¿¡Dónde está Soledad!? -Le dije al mismo tiempo que le aclaré que venía a verla.
    -Tranquilo... yo también deseo verla, hoy hace un mes que dejó de estar con nosotros; sé que fue tu mejor amiga, pero yo, yo soy la madre, que es peor...
    -Mire señora, no entiendo nada, recién me llama para decirme que ella está mal...
    -Esperá Martín, terminemos con esta histeria; no sé si has venido a consolarme de algo que no tiene consuelo, o a no sé qué, es más, creo que vos fuiste parte de su suicidio, queriéndote hacer el psicólogo. Mejor andate me dijo. -Cerró el puño, lo levantó, y se le llenaron los ojos de lágrimas.
    Yo la miraba completamente desconcertado, estático, no emitía ni un sonido.
    -¡Andate ya! -gritó al mismo tiempo que me tiró el jugo en la cara.
Pegué un salto en la cama. Automáticamente busqué el teléfono; estaba todo mojado; y frente a mí, con un vaso en la mano, diciéndome ¿tuviste una pesadilla?, estaba Soledad.
     Intentaba explicarme cómo entró  al departamento, pero no la oí. La abrasé y la besé con tanta alegría... lloré... no quise contarle sobre aquel sueño horrible. Hasta que en un momento, maldito sea, sonó el teléfono. Obviamente no atendí.
    -Atendé Martín -me dijo.
    -No, dejálo que suene.
    -¿Qué te pasa?
    -Nada, no quiero atender...
    -¿Por qué? ¿Querés que hable yo?
    -¡Menos!
    -¿Por?
    -Es que si atendes vos, esta vez el que llama, puedo ser yo...  
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