Nación partida por dos estados crueles,
viejos decrépìtos que nos echan sus miasmas
en forma de polis que hacen pum, pum
con sus armas. Sangre de vascos
rociada en montes y plazas, en carreteras,
o en la pared de una comisaría estrellada.
Vieja nación que aún no podido ser dueña
de su destino, trazar su senda,
andar el que debe ser su camino,
cesan las armas y se queda en todo el paisaje
un silencio que anuncia el vacío.
Aún somos presos, aún somos gente
que vive una vida marcada por putos despachos
en Madrid y París instalados.
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