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Escaleras — Cuento de Andrés | Textale

Escaleras

Andrés@Lirico
21 may 2009·4 min de lectura

           
            El hombre cruzaba la escalera. Digo cruzaba porque no lograba entender donde empezaba y donde terminaba. Y con este sufrimiento, iba descendiendo escalones, subiendo otros, dirigiéndose a la derecha y nunca llegaba a donde quería. Y cuánto más se atrevía a seguir el camino, se deparaba con mas escaleras unas con formas raras, elípticas, otras cóncavas, algunas se dirigían hacia arriba, otras hacia abajo, otra no se llegaba a ver el final ya que una inmensa neblina cubría el supuesto fin de ella. Y así se decidió por la que mas interés le causó y bajo justamente por la que estaba cubierta por una especia de nebulosa con partículas extrañas rondando en ese aire que por momentos lo asfixiaba.
            Cruza el portal que no constaba de puerta pero que tenía un inmenso letrero en el techo que decía: "Feliz aquél que se atreva a rondar por este sombrío e invisible camino". Leyendo esto el muchacho se amedrentó pero al mismo tiempo algo en lo profundo de su ser lo instaba a seguir ese camino que el letrero había caracterizado. Vale decir, que ya en esta instancia la neblina se hacía cada vez más densa y el aire que el hombre respiraba parecía poseer otra formación, era un aire puro que se extendía formando figuras y situaciones y motivos que  un artista podría haber aprovechado perfectamente para describir lo indescriptible.
            Después de días y noches de bajar escalones suntuosos el hombre se encontraba fatigado y hambriento y a punto de perder el conocimiento y comenzar a alucinar. Sin embargo antes que esto ocurra, no hubo más escaleras, ni caminos, ni portales, ni aire, ni materia ni polvo, ni átomos, en fin, no hubo nada. Se encontró como lo indicaba el letrero en el camino invisible que lo llevaría al pleno conocimiento de las verdades.             Caminó largo trecho más, con miedo a caer, ya que no sentía sus pasos, ni su respiración, ni sus sentidos, sólo sabia que existía y con eso le bastaba. Perdió el apetito, no tuvo sed y se olvidó de todo aquello que lo encadenaba en su vida, se olvidó incluso de su familia. No sabía donde se encontraba, no sabía donde se encontraban las escaleras, no sabía que peldaño ocupaba, pero sabía que caminando aún más lo depararía algo insólito.
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            Sin embargo perdió el sentido de espacio y tiempo y no se dio cuenta de ello. Pero a medida que caminaba pensamientos y figuras lo atravesaban y el por momentos se dejaba tocar por ellas, más ellas volvían a las escaleras y él impaciente por conocer verdades trataba de alcanzarlas  aunque era imposible, y además ¿De qué le servirían las escaleras, acaso el no venía de allí?
            Caminando y caminando en un momento avista gran cantidad de vegetación que daba por sentado el fin del camino. Era una vegetación tan abundante que horrorizó al hombre. De repente lo que era invisible se transformó en una selva y si quisiera volver a lo invisible tendría que conformarse con los pequeños haces de sol que reflejaban las gotas caídas en las hojas en el suelo. Divisó un arco iris reflejado en una planta, que es el efecto que el sol produce en el agua y vio hermosísimos colores más lindos y nítidos
de los que nunca antes había visto. Y entonces de tanto explorar en esa selva
que luego se volvió oscura, se dio cuenta de muchas verdades pero no de todas.
            De una lágrima pudo crear colores, y de una invisibilidad vida, y de una vida vacía una selva abundante, la última verdad que debería encontrar, era que espacio
ocupaba el en esa selva.
 
Andrés Rovatti
1800
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