Enfermedad sin antídoto , locura sin manicomio
Una semana difícil. Una semana más. El laburo se torna pesado, que la vida te golpea, te juega sucio. Ya son las tres de la tarde del bendito viernes. Sí, por fin viernes. Llegás a tu casa, saludás... a nadie porque sos soltero, no tenés mascota, no hay nadie.
Tirás las cosas en el sofá y en la cabeza tenés todavía a tu jefe con el típico "lo quiero para ayer". No das más.
Entonces prendés la tele, no le das descanso a tu dedo pulgar, que recorre con el control remoto la programación.
Robos, muertes, crisis, inflación...y seguís cambiando. Abatido, cansado, dejás el canal local y emprendés el eterno camino que hay entre el living y la cocina. Abrís la heladera, sacás lo primero que ves y te disponés a comer unos fideos de hace dos días.
En eso, el tele, que quedo prendido: "muchas expectativas para el domingo, el clásico local, General Belgrano vs. Juventud Unida"
Dejás lo que estás haciendo, volvés al sofá, y prestás atención: "Ya comenzó la venta de entradas, la gente espera ansiosa el partido"
Sos hincha de Belgrano, te cosquillea la panza porque sabés que el domingo es crucial, el domingo es el clásico.
El clásico es el partido a ganar, no importa cómo, ni cuánto, sólo hay que ganarlo.
Volvés al papel de cocinero, calentás por tercera vez los fideos, pero los nervios no te dejan masticar. Comés muy poco y cuando te querés acordar, ya estás en la cama, con la frazada hasta los ojos, pensando sólo en el domingo.
Luego de la efímera, pero tan necesaria siesta, volvés al laburo.
Son las cinco, otra vez a trabajar hasta las nueve.
Se termina el viernes, y toda la tarde del sábado pasa desapercibida. Acabás de cenar, otra vez a la cama.
Ahora no es el despertador quién te levanta, sino un sueño, acompañado por ese cosquilleo que te persigue desde el viernes.
Las horas pasan, se hacen las dos de la tarde, hora de ir a la cancha.
Llegaste, están jugando los chicos, todavía es temprano, el partido preeliminar recién comenzó.
Los chicos ganan, estás feliz, pero el nerviosismo sólo se combate si la primera de Belgrano consigue la victoria frente a su eterno rival.
Empieza a llegar la gente, de a poco el estadio entra en clima futbolero. A lo lejos se escuchan redoblantes, seguidos por bombos y con ellos, los infaltables cantitos.
Llegan las hinchadas. Ahora sí, esto es una fiesta. Las dos tribunas rebalsan de gente.
En eso, salen los verdes, entra a la cancha Juventud Unida. Se inunda de chiflidos el estadio, insultos y abucheos son los que reciben a la visita.
A un costado del tejido estás vos, aguardando por tu equipo que se hace esperar aún, un poco más.
Y cuando la tarde empieza a caer de a poco, es el público el que se levanta, porque sale Belgrano, sale tu equipo.
El cielo se tiñe de azul y rojo, el césped de la cancha ahora es blanco porque las serpentinas se hicieron dueñas del campo de juego; la hinchada con sus cantitos, son los verdaderos artífices del espectacular folklore de esa locura que alguien llamo
fútbol alguna vez y que genera una pasión imposible de explicar para todo aquel que no forma parte de este deporte.
Te tiemblan las manos, euforia y nervios son los únicos dos componentes de tu cuerpo en este momento. El árbitro da la orden, y arranca el partido.
Ellos tienen la pelota pero no son punzantes, no concretan; Belgrano, en cambio, juega a defenderse. El juego no tiene un rumbo definido pero ninguno da el brazo a torcer.
En eso, un mediocampista de ellos simula una infracción que no existió, actuación que no logra engañar a ninguno de los presentes, que sólo fue comprada por el juez del encuentro, y premiada por él concediéndole al equipo rival un peligroso tiro libre.
Insultos, escupitajos y demás, ofrecen los hinchas locales hacia el medidor del partido.
Fastidiado, pero sin perder la calma, observás la situación. "Manga de cavernícolas" pensás, "hasta donde llega la
locura por el fútbol"; en medio de tanta filosofía deportiva, tu equipo se queda con diez hombres, porque Muñoz, jugador de Belgrano, hizo notar su disconformidad con el fallo del réferi, y éste le contesta enseñándole la segunda cartulina amarilla.
Luego de ver esto, aquel señor pensante que llamó "cavernícolas" a los hinchas desaparece, dejás el papel de filósofo para colgarte del alambrado acordándote de toda la familia de la terna arbitral.
Una vez en el segundo tiempo, ya van setenta minutos del partido, el empate en cero parece llevarse el cierre del encuentro.
Ahora faltan diez minutos, el encuentro entra en la recta final, comienza a apagarse el encuentro. Lo único que continúa encendida es la hinchada, los cavernícolas seguimos cantando.
Se adicionan cuatro minutos más, cuando el punta derecho nuestro entra en el área con la pelota, inventa un amage de carácter maradoneano, frente a una defensa desconcertada. El central intenta dar fin a semejante maniobra, pero la torpeza le gana la pulseada a la habilidad y derriba al delantero, a nuestro delantero.
¡¡PENAL!!
El grito sonó en todo el pueblo, en toda la zona y se hizo dueño de cada uno de los corazones de los seguidores del azulgrana.
El pitazo del juez marcó la pena máxima. Se terminaba el partido. Era la última jugada del encuentro.
Los penales eran ejecutados por el número 10 del equipo, Deganis.
Acomodó el balón, caminó cuatro o cinco pasos hacia atrás y esperó la orden.
El silbato dio la señal y el capitán emprendió la corta carrera hacia la pelota.
El mundo se detuvo, todo quedó en silencio, se oía el respirar de las tres mil personas presentes.
Tu cuerpo no responde, el corazón quiere salir de tu pecho. Todos los problemas de la semana, todas las dificultades que te acechan hace tiempo pueden remediarse sólo con que la pelota atraviese la línea de gol. Una solución tan simple como efectiva.
El arquero escoge el palo derecho, pero Deganis no está conforma con dicha elección y prefiere acomodar la bola en el otro palo.
Gol.
Comienza la locura, arranca el delirio. Abrazás al que tenés al lado, no lo conocés, pero fue gol, así que no importa quién sea.
Sabés que por algunas horas la felicidad será dueña de tu cuerpo. Todos los problemas del mundo pasan a un segundo plano.
Terminó el partido.
Transpiraste más que los jugadores, pero valió la pena. El triunfo es motivo de festejo por bastante tiempo. La vida te sonrió, la moneda cayó del lado de la suerte, y hoy te invade la alegría.
Volvés a tu casa, contento, y la bocina de tu coche da noticia de ello.
Terminó el día, otra vez a la cama, otra vez a descansar, con el pecho inflado y la sonrisa en el rostro, cerrás los ojos e inmediatamente aparece la imagen del gol, todavía en tu cabeza.
Otra vez lunes, otra vez
semana dura, y pensás: ojalá el domingo que viene también alivie mis problemas. Entonces, de vez en cuando haces una pausa para reflexionar y decís: Benditos lo
goles, benditos los
caños, los
cantitos, los "
óle". Bendito el
fútbol: esa inexpiable
locura que genera tanta
pasión. Bendito el
fútbol, esa inexplicable
pasión que se vuelve
enfermedad. Bendito el
fútbol, es inexplicable y única
enfermedad capaz de curar otras
enfermedades.
"Dedicado a todos los amantes de este sensacional deporte, pero dedicado más aún a aquellos que no logran entender ese amor"
Juan F. Campos
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