Y de pronto se fue.
Desapareció de mi vida en un instante,
idéntico al mismo momento en el que entró en ella. 
 
Lo veía venir.
Me fue descuidando poco a poco, nos fuimos viendo menos, sus palabras ya no eran tan convincentes y sus besos disminuyeron. 
 
La flama fue apagandose lento, para torturarme aún más. 
Indecisa de sus decisiones y
consciente de las acciones que realizaba, 
todo fue perdiendo el sentido hasta evaporarse y volverse uno con el aire.  
 
Se le fue olvidando todo el cariño y amor que sentía por mí,
mientras que yo buscaba razones llenas fe para no rendirme y hacerla regresar en sí. 
 
Ni todas mis palabras podían hacerla reaccionar. El poder y la fuerza de cada una de ellas quedaron a merced suya, ninguna pudo traerla a la vida.  
 
Mucho menos causarle una impresión... 
 
Las fechas terminaron por convertirse en una serie de números carentes de significado.
Sin valor, normales y rutinarios.  
 
Ya no había nada especial en ellos... 
 
Su mirada cambió con ella. Se volvió fría, madura e inexpresiva. Al intentar verme en sus ojos ya no estaba yo. Me había reemplazado por el vacío que encontraba en su vista, aquel lugar era mi trono. 
 
Adiós al tener dignos, bellos y dominantes herederos.
Adiós a tu sonrisa, caricias y pelo.
Adiós a nuestra improbable eternidad juntos.
Adiós a nuestra última despedida. 
 
¡Adiós a tus mentiras! 
¡Adiós a tus engaños!
¡Adiós a mi sufrimiento!
¡Adiós a mi fracaso!  
 
Ya no puedo seguir con esto. Fallé. 
Y no, en un instante no todo se fue, ¡en un instante se volvió notorio!
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