Esa tarde hablé por teléfono con mi amiga, y me dio una noticia muy poderosa: la chica habia terminado con el estúpido novio, y ahora era libre para correr a mis brazos.
 Días más tarde y después de haberlo planeado muy bien, decidí que era momento de otro encuentro ‘‘casual’’ para nosotros. Aprovechando la tristeza de una relación rota, yo podría ser un hombro donde llorar, o un buen consuelo con una platica amena en un café cercano.
Caminé por la acera frente a su casa, mientras ella salía y cerraba la puerta, yo acortaba el paso para que al girar lo primero que viera fuera mi cara sonriente, y sucedió justo como lo esperaba.
 
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