Recuerdo haber llegado hasta allí, como cada mañana, sin otro motivo que perseguir el sol, que se siente tan distinto en abril.
No pasaban más de las once de la mañana cuando, llegando al final de Maciá, muy inadvertidamente percibí que de la misma se desprendía un callecita en la que nunca antes me había detenido...
Ahí estábamos, frente a frente, el mundo parecía haberse dormido en el tiempo, el silencio  fue dueño del instante.
Era de esperarse que momento como ese fueran a permanecer vigentes en el alma de uno, recurrentes y nostálgicos... ¡y como no iba a serlo! Si desde la primera apreciación supe que debía permanecer allí, para siempre.
Un recóndito lugar, intrigantemente mágico. Era un pasaje de dos cuadras, venido a menos, pero que esa mañana había decidido asir toda su belleza para entregármela en las manos. Por un momento creí estar flotando, como si fuera aire que danzaba alguna quinta sinfonía, o cuarta. Fue entonces que me invadió una fría desesperación al percibir que otra gente transitaba Mi camino, que los árboles abrían paso a otros cuerpos...  inmersos en una historia, cada una distinta de la otra.
Aquel pasaje era un poema, de los más tristes, parecía un cuadro de Constable, al que le faltaban las últimas pinceladas. Casi perfecto, de no ser que no era mío.
Una calle de ilusiones, atrapada en los bloques que conformaban el camino. Calle de humos perturbados por mentes que no callan, y señales sin destino.
 Y así se sucedían unos a otros, bellos árboles color ocre, veredas angostas, con verdes a montones y amarillos desteñidos.
A pasado mucho tiempo, no he sido dueña de su mundo, ni del mío.
Se que cada atardecer, cuando los locos dan a la razón la chance de ser libre, habrá mil sueños vagos, que desvanecerán sin ser jamás elegidos. Y abra una canción que se cante, y un recuerdo, y un olvido.
Y será esta calle quizá no más que un cuento, o quizá será un desvío, o el refugio para un sueño.
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