A las siete de la noche entraba Monsieur Dior a la habitación 42, piso 12 del recién inaugurado Hotel Humboldt. Allí lo esperaba doña Flor, Primera dama de la República y esposa del General Marcos Pérez Jiménez. Acostumbraba asistir a las celebraciones donde el protocolo así lo obligaba, acompañando a su marido con su discreta personalidad en su papel de esposa. 
Christian Dior regresaba esa tarde de Maracaibo donde había presentado el desfile de su “Línea H”.  Se encontraba en Venezuela en el marco de la inauguración de su boutique en Caracas en asociación con la firma Cartier. A los 52 años su fama y renombre estaban consolidados y ahora pretendía conquistar América Latina. Venezuela destacaba entre sus vecinos como vitrina de prosperidad, progreso y desarrollo. Había venido a vestir a las mujeres de la dictadura; esposas e hijas de ministros, magistrados y altos oficiales. Su estilo: hombros salientes, faldas voluminosas y cinturas marcadas. El resultado: los más sublimes vestidos de noche.
El diseñador traía el traje que usaría doña Flor. La ayudaría a vestir y ajustar lo que hiciera falta, y cortésmente había aceptado compartir un rato en la fiesta. Abajo en el salón la burguesía caraqueña comenzaba a llenar el gran baile que se daría esa noche, militares y civiles juntos, “lo más granado” de la sociedad venezolana.
Terminaba ya de ajustar el vestido en el rechoncho cuerpo de la mujer del presidente cuando el escándalo de unos tacones que entraban en el silencio del lugar hizo girar las cabezas de Christian y Flor.
Cabello ensortijado, rojizo, lindas piernas en un ceñido vestido y el maquillaje corrido de haber llorado.  Llevó sus manos directamente al cuello de doña Flor ante el desconcierto del francés quien se apartó por el ímpetu de la joven.
Tenía 22 años, era Maritza Velasco, una muchacha que había participado un año atrás en el Miss Venezuela y que Pérez Jiménez comenzó a pretender enviando regalos a su casa como hacía con otras chicas.  A ella al principio le había horrorizado el galanteo del presidente. Le daba asco. Después cedió y ya de amantes se obsesionó con él.
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Estaba borracha y en plena histeria ahorcaba a la mujer del presidente que con el rostro casi morado empezaba a perder la conciencia. Dior salió de su parsimonia en auxilio de la pobre doña Flor. Y sin perder un ápice del chic, del glam, tomó a la amante presidencial por la espalda y la apartó a un lado.  Entonces ella se le subió encima y lo arañaba y lo mordía. Ahora doña Flor acudía al rescate de su salvador. Estaban muy cerca al balcón, doña Flor golpea a la mujer, Dior resbala y va a dar contra la baranda, la chica pierde el equilibrio.  Abajo sus sueños de ser legítima esposa de Marcos. El cuerpo ensangrentado de la pelirroja  yace en el suelo.
 El presidente atiende a la burguesía caraqueña en su fiesta,  quienes por fortuna al encontrarse dentro del hotel no observaron el incidente. Pedro Estrada sin quitarse sus Ray Bam oscuros ordenó a la seguridad nacional deshacerse del cuerpo. La enrollaron en una sábana y la arrojaron Ávila abajo.
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