El gourmet perfecto
- Ayúdanos -susurró una voz femenina-. Por favor, Mapi, ayúdanos.
Mapi miró a su alrededor. Estaba oscuro, tenía frío y no sabía cómo había llegado hasta allí. Extendió los brazos, rozó con la punta de los dedos la pared izquierda y se pegó a ella.
- Ayúdanos -la voz ahora sollozaba-. Sácanos de aquí, por favor, por favor
La voz provenía del fondo y decidió avanzar usando como guía la pared. Iba arrastrando lentamente los pies por si encontraba algún escalón. No encontró ninguno y finalmente chocó contra algo que le pareció una puerta y buscó al tentón el pomo.
De improviso la puerta se abrió de golpe y salió una peluda mano que intentó arrastrarla dentro de esa sala. Gritó, aterrorizada y, tras un breve forcejeo, logró liberarse y se echó a correr.
- ¡Huye, huye antes de que te mate, Mapi! -exclamó la misma voz de antes. Sonaba al límite de sus fuerzas y eso azuzó aun más su huída. Si esa mano la alcanzaba, ya no saldría con vida de allí, estaba segura de ello.
En su alocada carrera, oía los tenues ecos de sus pasos rebotando contra las paredes. Finalmente resbaló en un charco y cayó cuan larga era. Palpó con cuidado el suelo. El líquido sobre el que había caído era viscoso y denso. Se levantó, asqueada. Comenzaba a ver algo mejor aunque seguía estando muy oscuro. Echó un breve vistazo a sus espaldas. El dueño de la mano no parecía haberla seguido y suspiró aliviada.
Volvió a buscar al tentón la pared y decidió retroceder. Debía salir de allí y avisar a las autoridades. La chica de esa sala estaba secuestrada y corría peligro. Puede que ya estuviera malherida. Debía buscar ayuda. Urgentemente.
Comenzó a notar más claridad. Poco a poco empezó a discernir mejor su entorno y, siguiendo un impulso tonto, se miró las manos. Horrorizada, ahogó un grito. Estaban cubiertas de sangre a medio coagular. Su ropa también estaba repleta de sangre seca. Tuvo varias arcadas y las controló como pudo. Miró nerviosa a sus espaldas.
Seguía estando sola y eso la tranquilizó un poco. Puede que, a pesar de todo, lograra salir de allí. Se apresuró, caminando con pasos cortos y rápidos, hacia la claridad del final del pasillo. Y cuando ya casi podía rozar la puerta de salida con la punta de los dedos, algo le tocó el hombro.
Mapi gritó, aterrorizada. Pegó un pequeño saltito, perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer. Notó como otra cosa le caía en la cabeza, y otra le daba con fuerza en el pie. Estaban cayendo cosas del techo y, aunque no podía, no quería saber qué era lo que le caía encima, no pudo evitar bajar la mirada al suelo. El color abandono su rostro y notó un ligero mareo: estaba cubierto te extremidades amputadas. Manos, pies, brazos, piernas, incluso cabezas caían por doquier. Levantó la cabeza y vio un montón de torsos colgados de ganchos, cual reses. Mapi ya no pudo contenerse más y un alarido de auténtico pavor escapó de sus cuerdas vocales. Justo entonces, en ese mismo instante en el que creyó que iba a perder la cordura, la misma mano peluda de antes le sujetó con firmeza el brazo y la obligó a volverse.
No quiero verlo, no quiero verlo, no quiero verlo pensó, desesperada.
Intentando eludir el inevitable choque, fijó la mirada en el tórax del hombre que estaba frente a ella. Llevaba un delantal cubierto de sangre y clavó sus ojos, desmesuradamente abiertos, en él. No podía, no quería verle la cara. Sin embargo, impasible, el hombre extendió la otra mano, colocó un calloso dedo en su barbilla y le levantó el rostro poco a poco.
Ahora veía la parte media del tórax. Ahora el pecho, completamente plano. Ahora la nuez de Adán. Y ahora una barbilla perfectamente afeitada con un sensual hoyuelo en su centro.
Mapi despertó de golpe, empapada en sudor. Se frotó los ojos, todavía medio dormida y los notó humedecidos. Había estado llorando mientras dormía. Se preguntó de dónde saldría un sueño tan perverso y decidió que prefería no saberlo. A saber qué cosas inconscientes guardaba para crear semejante esperpento.
Cuando notó que las piernas le habían dejado de temblar, se levantó y se puso una taza de cola-cao bien caliente. Eso la reconfortó. Trago a trago fue soltando los últimos flecos del sueño y comenzó a sentirse un poco mejor.
Llevaba varios meses sufriendo ese tipo de pesadillas y ya no sabía qué hacer para evitarlas. Ni siquiera los médicos, psicólogos y psiquiatras le habían podido dar un motivo o una posible solución. Recordó a esa tarotista que le había dicho que se avecinaba un gran peligro y suspiró. Pensaba que era una timadora del tres al cuarto, de esas colocan sus consultorías y teléfonos casi en cada esquina, pero empezaba a plantearse seriamente el hacerle una visita.
Siguiendo un impulso fue hacía el pasillo, metió la mano en el jarrón donde guardaba las tarjetas de contacto que le daban y sacó la de la adivina. Le dio varias vueltas entre los dedos, la mirada perdida, preguntándose por qué la guardaría.
Tras unos segundos de indecisión, se encogió de hombros. La voy a llamar, se dijo, no creo que pierda nada por intentarlo. Al decidirlo sintió que se quitaba un gran peso de encima. Guardó la tarjeta en el bolsillo y aparcó el tema.
Recordó a la tarotista por pura casualidad, casi una semana después. Iba a echar a lavar la ropa cuando esa tarjeta que tan descuidadamente se había echado al bolsillo cayó al suelo. Se la quedó mirando fijamente. Mapi seguía teniendo pesadillas del mismo estilo varias veces por semana y aun no había encontrado una solución. El médico le había recetado unos somníferos, pero estos solo solucionaban temporalmente el problema. Tras cuatro o cinco horas de plácido sueño la misma pesadilla volvía a repetirse. Y se despertaba exactamente igual, asustada, sudorosa y perdida, con las mejillas humedecidas a causa del llanto.
Siempre eran mujeres, mujeres jóvenes pidiendo ayuda. El psicólogo que la llevaba actualmente le había insinuado si era posible que hubiera sufrido abusos sexuales durante la infancia. Ante su negativa, le propuso hipnotizarla para ver qué salía. Una lluviosa tarde llevó a cabo el experimento y se quedó tal cual. No surgió ninguna revelación ni ningún trauma encerrado en lo más profundo de su subconsciente: para su completa frustración, Mapi seguía siendo un caso sin resolver, un conejillo de indias extremadamente raro. Con una expresión distante en la mirada, tomó la tarjeta y marcó el número.
- Tarotista Esperanza, ¿digame? -le respondió una voz al tercer toque.
- Hola, buenos días. Verá, me llamo Mapi, estuve hace unos meses en su consulta, no sé si se acordará de mí -dijo, con voz entrecortada.
- ¿Mapi? ¿Podría darme su nombre y apellidos por favor? -Oyó de fondo una especie de teclado y se imaginó a una diligente recepcionista buscando sus datos como si no hubiera un mañana. La imagen mental de la recepcionista en una lucha desesperada contra el teclado y las bases de datos, tipo heroína de Hollywood, la hizo sonreír.
- Maria Pilar Beltrán Montañés.
- Ah, sí, ya recuerdo quién es usted. Alta, morena, ¿verdad? -La voz de la recepcionista denotó una seguridad asombrosa. Al parecer la recordaba con una claridad meridiana.
- Sí, la misma -respondió, un tanto sorprendida- ¿Podría darme una cita con la señora Esperanza, por favor? -Se preguntó cómo recordaban tan bien su físico y dedujo que debían tener pocos clientes. O tal vez les había causado un gran impacto. Fuera lo que fuese, se sintió incómoda, espiada. En ese momento la invadió la extraña sensación de tener unos ojos pegados en la nuca y se volvió de repente, asustada. Tras ella solo encontró el pasillo de su casa donde, como era de esperar, no había nada. Invadida por la desesperación, se paso las manos por el cabello. Todo ese asunto la estaba volviendo loca.
- Tengo un hueco mañana a las tres de la tarde, ¿le parece bien? -contestó la recepcionista, casi de inmediato. Mapi hizo un cálculo rápido. Salía sobre las dos de la tarde e iba a ir muy justa de tiempo. No obstante, quería dejar ese tema zanjado cuanto antes.
- Igual llego sobre las tres y diez o y cuarto, ¿habría algún problema? -preguntó, esperanzada. Una parte de sí misma esperaba que le dijeran que sí, que había problema, que esos diez minutos eran vitales para la consulta y no se lo podían permitir.
- No, ninguno -le respondió la recepcionista-. Hasta mañana y que tenga un buen día, señorita Mapi.
- Lo mismo -Colgó. Las manos le sudaban y temblaban. Toda ella sudaba y temblaba. Se dejó caer sobre el sofá. Tenía la impresión de llevar semanas sin dormir. Puso un poco la tele tratando de despejarse y, aunque se tranquilizó un poco, no logró quitarse del todo ese nerviosismo que la invadía.
La primera alucinación sucedió al día siguiente, poco después de levantarse. Tenía una humeante taza de café en un lado de la encimera y un generoso montón de albóndigas friéndose en la sartén. Oyó que sonaba el teléfono, apartó la sartén del fuego y fue a cogerlo.
Levantó el auricular, preguntó varias veces quién llamaba con la estática como única respuesta y estaba a punto de colgar cuando vio algo por el rabillo del ojo que hizo que la hizo volverse de un salto.
Ahí, encima de la mesa, había una enorme tarántula. Mapi, que siempre había tenido pánico atroz a las arañas, se quedó paralizada. Ésta comenzó a avanzar poco a poco por la superficie de la mesa, sus peludas patas haciendo un sonido apagado sobre el hule. Tap tap, tap tap. Un silencio sobrenatural se cernía en el ambiente y Mapi pensó que ese sonido sustituiría a las peticiones de ayuda en sus pesadillas. Lentamente, como si estuviera disfrutando, la araña se acercó hasta el borde de la mesa, levantó sus dos patas delanteras, como si la amenazara, e intentó saltar. Sobresaltada, Mapi soltó un grito, cogió una enorme agenda de piel que tenía desde que era niña y se la lanzó. A pesar de lo que le temblaban las manos, dio en el blanco y el asqueroso insecto quedó aplastado, las patas asomando inertes bajo la gruesa tapa.
Sin soltar el teléfono, avanzó dos pasos. La araña estaba indudablemente muerta, apisonada contra el hule. Pensó que tendría que recogerla y un escalofrío recorrió su cuerpo.
- Recuerda que una tarántula puede parecer inofensiva; sin embargo, es una asesina mortal -la voz que escuchó al otro lado del teléfono sonó fría, distante. Era la voz de la mujer de sus pesadillas. La de la mujer joven que siempre le pedía ayuda. Y súbitamente Mapi, sin saber por qué, tuvo la certeza de que esa mujer estaba muerta.
Gritó. Fue un chillido histérico que rebotó por las esquinas desiertas de su casa hasta perderse en las paredes. Eso que pasaba no podía ser verdad. La gente no oía a los muertos. Eso solo ocurría en las películas.
- Esto es real, Mapi. Ten cuidado de a quién te acercas.
El sonido de la línea interrumpida pareció despertar al mundo. Mapi percibió el sonido lejano del tráfico, imperceptible hasta ese instante y se quedó mirando el teléfono, atraída por un morbo extraño. Asqueada volvió la cabeza hacia mesa. Le iba a tocar recoger la araña muerta aunque no tenía ni idea de cómo lo iba a hacer. Pero la tarántula ya no estaba ahí. Se había esfumado. Sin más. Exhausta se dejó caer en el sillón, metió la cabeza entre las piernas y lanzó un agudo sollozo de impotencia.
Diez minutos después una gran y vieja agenda marrón apareció entre la basura, de donde un mendigo se la llevó creyendo poder sacar unos euros por ella.
La consulta olía fuertemente a incienso y se sentía mareada. Una menuda mujer de unos cincuenta años la observaba, escudada tras la baraja.
-Hola Mapi, te estaba esperando -le dijo la tarotista, apenas se hubo sentado-. Has tardado mucho en volver. ¿Cómo van las pesadillas?
-Peor -Sopesó por un segundo contarle lo de las alucinaciones, pero el asunto ya le parecía lo suficientemente extraño, increíble y absurdo de por sí como para encima añadirle más leña-. Ahora ni siquiera los somníferos me garantizan una noche entera. Llevo semanas sin saber lo que es dormir ocho horas seguidas.
Esperanza se la quedó mirando, la baraja pasando ociosamente de su zurda a su diestra. De improvisto, dejó la baraja un lado y le cogió la mano.
-Creo que contigo será mejor el contacto -dijo -, y apoyando la diestra en el dorso, comenzó a acariciar con el índice de la zurda su palma-. Preveo un gran peligro. Esa chica de tus sueños... No es nada malo, pero es mejor que no le hagas caso. Hay un hombre. Un hombre fornido, de bellos rasgos, seductor nato. No te acerques a él. Ese hombre es la muerte.
Asustada, Mapi trató de retirar la mano, pero la tarotista se la sujetó con una fuerza sobrehumana. -Hazme caso, Mapi. Huye mientras puedas. Abandona esta ciudad y las pesadillas dejaran de perseguirte. Y ten mucho cuidado: si dejas que las alucinaciones te visiten durante demasiado tiempo, acabarán contigo. Vete. Esta consulta no te la voy a cobrar.
Aturdida, Mapi dejó veinte euros en el bote que había a la entrada, en el que rezaba la voluntad, y salió escopetada de allí. Sin embargo, aunque a una parte de sí misma le gustaba creer, cara a la galería, que la mujer de la consulta estaba loca, su instinto más profundo le indicaba que debía hacerle caso. Más confundida aun que antes, no cayó en la cuenta de que no le había dicho lo de las alucinaciones hasta por la noche, mientras esperaba que el agua rompiera a hervir para prepararse una tila bien cargada.
Esa noche ni siquiera los somníferos le funcionaron. Morfeo, mostrándole su cara más cruel, ni tan siquiera le legó una hora de sueño reparador.
Conforme los días pasaron, todo fue a peor. A los dos días tuvo la segunda alucinación: creyó que un hombre con un delantal ensangrentado la estaba persiguiendo por la estación. Le entró tal psicosis que se lanzó llorando a los brazos del primer policía que encontró. Llamaron a una ambulancia y la trasladaron al hospital con un ataque de ansiedad de órdago. Seis horas después, con un buen colocón de lozarepam, la dejaron salir no sin antes recomendarle encarecidamente que visitara a su psicólogo antes de tres días. Y aunque Mapi estaba convencida de que iba a ser una solemne pérdida de tiempo, se sujetó prudentemente la lengua. Lo último que necesitaba era a un psicólogo del hospital mosqueado porque una paciente con supuestos brotes psicóticos se negaba a visitar a su psicoterapeuta.
Haciendo caso del consejo del médico de urgencias, visitó al psicólogo. Éste sopesó que podría ser estrés y le recomendó unas técnicas de relajación. Tres días después, practicando una de esas técnicas volvió a tener otra de esas alucinaciones.
La chica de sus pesadillas le hacía señas desde la puerta de su dormitorio. Aunque no quería, Mapi la siguió. La llevó por le pasillo hasta la cocina, que de repente se transformó en el oscuro sótano de sus pesadillas. De tres enormes ganchos de carnicero colgaban tres cuerpos inertes. Se giraron lentamente. El primero era la chica que la había llevado hasta allí. El tercero era una chica de unos veinte años, rubia, cuya cara mostraba un helado rictus de terror. El del centro era ella.
-Ten cuidado con ese hombre, Mapi. Ten mucho cuidado -La chica desapareció y un delantal ensangrentado ocupó su lugar. Diez segundos después el delantal también desapareció. Y Mapi, que ya comenzaba a no extrañarse por nada, fue directa a por la caja de los somníferos y se tragó tres de un golpe. Ni siquiera llegó a la cama: cayó inconsciente en la puerta del dormitorio, dónde despertó seis horas después con un fuerte dolor de cabeza y un gran chichón en la frente.
El tiempo seguía pasando. Las pesadillas cada vez mostraban más y las alucinaciones ya no eran tan espaciadas como antes. Estaba empezando a tener varias por día. Mapi se sentía destrozada física y mentalmente. Ya no tomaba somníferos porque no le hacían nada. No visitaba al psicólogo porque no le aportaba soluciones. No salía, no se divertía. Su vida consistía en ir del trabajo a casa y de casa al mercado a por comida. Últimamente estaba comiendo un montón de carne que el carnicero vendía ya rebozada: un día pechugas empanadas, otro albóndigas, otro hamburguesas... Era lo que le resultaba más rápido y fácil de cocinar.
Tres meses después, un miércoles por la tarde, volvió a ver a la chica. Se le apareció en la televisión. Ahora está un periodista poniendo verde a fulanito y ahora una chica ensangrentada que te enseña los muñones de sus brazos y cae súbitamente fulminada por un hacha que le ha cortado las piernas al ras.
Mapi ni siquiera se impresionó. Apagó la televisión y decidió salir a la calle. Había descubierto por pura casualidad que en la calle le sucedían menos episodios de este tipo y, como ya sabía que no eran reales, los controlaba mejor. Cuando notaba que le iba a dar, se sentaba en un banco, o se quedaba mirando con fingido interés un escaparate hasta que se le pasaba. Y así iba sobreviviendo, día tras día, mes tras mes.
Ya en la escalera recordó que necesitaba reponer comida y decidió darse una vuelta por el mercado. Pasó por la verdulería y saludó a la verdulera, una chica majísima de unos treinta años que ya llevaba diez trabajando en ese puesto y se conocía a medio barrio. También se quedó mirando un rato la pollería, donde el nuevo aprendiz estaba recibiendo una bronca de la dueña por cortar mal un pollo y dejarlo destrozado. Y por la charcutería, donde las charcuteras, ociosas, charlaban de lo mal que iba el negocio.
Llegó a la carnicería esperando ver al chico que normalmente le servía, un chaval que no llevaba mucho tiempo pero se había hecho con una buena clientela a base de buen género a precio de saldo. Se encontró el puesto vacío y estaba a punto de volver a la pollería a por unas salchichas cuando la chica de sus pesadillas apareció súbitamente frente a ella.
Logró contener el grito sin saber cómo. Le agarraba fuertemente el brazo y tiraba de ella hacia una puerta abierta, situada a la izquierda del puesto y medio disimulada por una fuente. Mapi intentó resistirse. Finalmente, pensando que era una batalla perdida, cedió y se dirigió con paso lento hacia la puerta.
Allí dentro hacía frío y estaba oscuro. Una solitaria bombilla repleta de polvo iluminaba el largo pasillo. La chica caminó hasta el final de éste y se perdió en una de las puertas de la izquierda. Mapi la siguió, posó la mano en el pomo de la puerta y repentinamente un fuerte brazo le aprisionó el cuello. Notó como le colocaban un pañuelo tapándole la nariz y la boca. Trató de liberarse en vano y finalmente cayó inconsciente, cuan muñeca de trapo, frente a esa chica fallecida que le gritaba desesperada que huyera mientras pudiera.
Despertó y notó un ligero dolor en la espalda. Soltó un sordo quejido y abrió poco a poco los ojos. El mundo estaba del revés. Se agitó y el ligero dolor se transformó en una sinfonía de sufrimiento. Intentó quedarse quieta y vio, atónita, como el hombre que protagonizaba todas sus pesadillas estaba ahí, parado frente a ella. El mismo delantal ensangrentado, el pecho firme y plano, la barbilla con el hoyuelo y unos fríos ojos que la escrutaban desde la oscuridad reinante. Dio una luz y Mapi lo reconoció al instante: era el carnicero. Ese simpático chico que regentaba el puesto desde hacía un año y le vendía esas deliciosas carnes empanadas. Y las albóndigas. Y las hamburguesas. Sintió que se iba a desmayar y luchó contra ello. Si tenía alguna oportunidad de salir viva de allí, iba a necesitar estar cien por cien consciente de todo lo que ocurriera a partir de ahora, por duro que fuera.
Sabía perfectamente qué estaba pasando: estaba colgada de uno de esos ganchos de carnicero. Esos que veía en sus continuas pesadillas. El de la alucinación de su cocina. No quiso girar la cabeza pero estaba segura que los cuerpos que tenía a los lados eran exactamente los mismos. Ahora la comprensión iluminaba su mente. No eran alucinaciones: eran premoniciones. Y las pesadillas no eran manifestaciones inconscientes ni peticiones de ayuda, sino advertencias. Lamentó no haber hecho caso a la tarotista. Si hubiera huído, habría evitado esto. Lo que no entendía era por qué ella era la elegida. Ella y solo ella.
-Bienvenida a mi refugio -Le saludó. Su voz era grave y viril -. Te preguntarás que estás haciendo aquí. Vas a ser la protagonista de mi siguiente obra -Sonrió y la ausencia de sentimientos que se traslució la dejó helada. Ya no albergaba dudas. Si no lograba escapar, no saldría viva de allí-. Pero primero será mejor que te explique todo. Verás -Se acercó a ella y le tapó la boca con cinta aislante-, desde que trabajo en este negocio, mi obsesión siempre ha sido conseguir el producto perfecto. La ambrosía. Una carne tan barata y sabrosa que nadie se resista a comérsela. Experimenté durante años con todo tipo de animales. Incluso los crié y maté yo mismo. Sin embargo, no conseguí un sabor significativo -Se paró y sacudió meditabundo la cabeza, como tratando de olvidar un litro de tragos amargos tomados a pequeños y torturantes sorbos-. Y entonces llegó ella. Tan menuda. Tan bella. Tan brutal. Olía tan bien... -El rostro se le iluminó con el recuerdo. Parecía un niño abriendo los regalos de navidad y Mapi no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la columna vertebral - Fue en diciembre. La asesiné. La despiecé y la hice asada. Su sabor era exquisito -chasqueó con deleite la lengua-. Probé a dárselo a algunos clientes a modo de test y regresaron en seguida pidiendo más. La calidad vende -Volvió a mostrar esa sonrisa carente de vida-. Pero yo sabía que faltaba algo. Un no sé qué. Conseguí una chica y un chico. Pronto descubrí que los chicos no sirven -Negó con la cabeza, tal que si lo lamentara de verdad -; y es una pena. Son un mercado potencial. Podría haber contratado un montón de aprendices que dejaran súbitamente el negocio al terminar los estudios -se encogió de hombros-. Mala suerte. Pero las chicas... las chicas sois una explosión de sabor. Vuestra carne es tierna, dulce, cálida. Entre los veinte y los treinta años tenéis la edad propicia para el consumo humano. Solo tuve que afinar el proceso -Soltó una carcajada-. Me volví loco tratando de encontrar el mejor método, ¿sábes? -dijo, riéndose-. Hasta que lo descubrí. Solo tengo que degollaros, dejar que vuestra última gota de sangre se derrame. Es una lástima que vuestra sangre no sirva para morcillas -se quejó-, pero no se puede tener todo en esta vida, ¿verdad? -Volvió a sonreírle mostrando esa mirada vacua y Mapi volvió a estremecerse -¿A que te gustaron las albóndigas y las hamburguesas que te vendí? -Esta vez comenzó a reírse a mandíbula batiente -Y ahora, te saborearán a ti.
Apenas sintió el cuchillo cuando le sajó al yugular. La agonía no duró mucho. Tres días después, el carnicero tenía una oferta especial: si comprabas tres kilos de carne te regalaban uno.
Tuvo que cerrar antes de tiempo. Se quedó sin existencias. Sin embargo, ya había echado el ojo a una nueva clienta. Se llamaba Sophie y estaba en la edad justa. Ah, iba a estar tan sabrosa...
Mapi miró a su alrededor. Estaba oscuro, tenía frío y no sabía cómo había llegado hasta allí. Extendió los brazos, rozó con la punta de los dedos la pared izquierda y se pegó a ella.
- Ayúdanos -la voz ahora sollozaba-. Sácanos de aquí, por favor, por favor
La voz provenía del fondo y decidió avanzar usando como guía la pared. Iba arrastrando lentamente los pies por si encontraba algún escalón. No encontró ninguno y finalmente chocó contra algo que le pareció una puerta y buscó al tentón el pomo.
De improviso la puerta se abrió de golpe y salió una peluda mano que intentó arrastrarla dentro de esa sala. Gritó, aterrorizada y, tras un breve forcejeo, logró liberarse y se echó a correr.
- ¡Huye, huye antes de que te mate, Mapi! -exclamó la misma voz de antes. Sonaba al límite de sus fuerzas y eso azuzó aun más su huída. Si esa mano la alcanzaba, ya no saldría con vida de allí, estaba segura de ello.
En su alocada carrera, oía los tenues ecos de sus pasos rebotando contra las paredes. Finalmente resbaló en un charco y cayó cuan larga era. Palpó con cuidado el suelo. El líquido sobre el que había caído era viscoso y denso. Se levantó, asqueada. Comenzaba a ver algo mejor aunque seguía estando muy oscuro. Echó un breve vistazo a sus espaldas. El dueño de la mano no parecía haberla seguido y suspiró aliviada.
Volvió a buscar al tentón la pared y decidió retroceder. Debía salir de allí y avisar a las autoridades. La chica de esa sala estaba secuestrada y corría peligro. Puede que ya estuviera malherida. Debía buscar ayuda. Urgentemente.
Comenzó a notar más claridad. Poco a poco empezó a discernir mejor su entorno y, siguiendo un impulso tonto, se miró las manos. Horrorizada, ahogó un grito. Estaban cubiertas de sangre a medio coagular. Su ropa también estaba repleta de sangre seca. Tuvo varias arcadas y las controló como pudo. Miró nerviosa a sus espaldas.
Seguía estando sola y eso la tranquilizó un poco. Puede que, a pesar de todo, lograra salir de allí. Se apresuró, caminando con pasos cortos y rápidos, hacia la claridad del final del pasillo. Y cuando ya casi podía rozar la puerta de salida con la punta de los dedos, algo le tocó el hombro.
Mapi gritó, aterrorizada. Pegó un pequeño saltito, perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer. Notó como otra cosa le caía en la cabeza, y otra le daba con fuerza en el pie. Estaban cayendo cosas del techo y, aunque no podía, no quería saber qué era lo que le caía encima, no pudo evitar bajar la mirada al suelo. El color abandono su rostro y notó un ligero mareo: estaba cubierto te extremidades amputadas. Manos, pies, brazos, piernas, incluso cabezas caían por doquier. Levantó la cabeza y vio un montón de torsos colgados de ganchos, cual reses. Mapi ya no pudo contenerse más y un alarido de auténtico pavor escapó de sus cuerdas vocales. Justo entonces, en ese mismo instante en el que creyó que iba a perder la cordura, la misma mano peluda de antes le sujetó con firmeza el brazo y la obligó a volverse.
No quiero verlo, no quiero verlo, no quiero verlo pensó, desesperada.
Intentando eludir el inevitable choque, fijó la mirada en el tórax del hombre que estaba frente a ella. Llevaba un delantal cubierto de sangre y clavó sus ojos, desmesuradamente abiertos, en él. No podía, no quería verle la cara. Sin embargo, impasible, el hombre extendió la otra mano, colocó un calloso dedo en su barbilla y le levantó el rostro poco a poco.
Ahora veía la parte media del tórax. Ahora el pecho, completamente plano. Ahora la nuez de Adán. Y ahora una barbilla perfectamente afeitada con un sensual hoyuelo en su centro.
Mapi despertó de golpe, empapada en sudor. Se frotó los ojos, todavía medio dormida y los notó humedecidos. Había estado llorando mientras dormía. Se preguntó de dónde saldría un sueño tan perverso y decidió que prefería no saberlo. A saber qué cosas inconscientes guardaba para crear semejante esperpento.
Cuando notó que las piernas le habían dejado de temblar, se levantó y se puso una taza de cola-cao bien caliente. Eso la reconfortó. Trago a trago fue soltando los últimos flecos del sueño y comenzó a sentirse un poco mejor.
Llevaba varios meses sufriendo ese tipo de pesadillas y ya no sabía qué hacer para evitarlas. Ni siquiera los médicos, psicólogos y psiquiatras le habían podido dar un motivo o una posible solución. Recordó a esa tarotista que le había dicho que se avecinaba un gran peligro y suspiró. Pensaba que era una timadora del tres al cuarto, de esas colocan sus consultorías y teléfonos casi en cada esquina, pero empezaba a plantearse seriamente el hacerle una visita.
Siguiendo un impulso fue hacía el pasillo, metió la mano en el jarrón donde guardaba las tarjetas de contacto que le daban y sacó la de la adivina. Le dio varias vueltas entre los dedos, la mirada perdida, preguntándose por qué la guardaría.
Tras unos segundos de indecisión, se encogió de hombros. La voy a llamar, se dijo, no creo que pierda nada por intentarlo. Al decidirlo sintió que se quitaba un gran peso de encima. Guardó la tarjeta en el bolsillo y aparcó el tema.
Recordó a la tarotista por pura casualidad, casi una semana después. Iba a echar a lavar la ropa cuando esa tarjeta que tan descuidadamente se había echado al bolsillo cayó al suelo. Se la quedó mirando fijamente. Mapi seguía teniendo pesadillas del mismo estilo varias veces por semana y aun no había encontrado una solución. El médico le había recetado unos somníferos, pero estos solo solucionaban temporalmente el problema. Tras cuatro o cinco horas de plácido sueño la misma pesadilla volvía a repetirse. Y se despertaba exactamente igual, asustada, sudorosa y perdida, con las mejillas humedecidas a causa del llanto.
Siempre eran mujeres, mujeres jóvenes pidiendo ayuda. El psicólogo que la llevaba actualmente le había insinuado si era posible que hubiera sufrido abusos sexuales durante la infancia. Ante su negativa, le propuso hipnotizarla para ver qué salía. Una lluviosa tarde llevó a cabo el experimento y se quedó tal cual. No surgió ninguna revelación ni ningún trauma encerrado en lo más profundo de su subconsciente: para su completa frustración, Mapi seguía siendo un caso sin resolver, un conejillo de indias extremadamente raro. Con una expresión distante en la mirada, tomó la tarjeta y marcó el número.
- Tarotista Esperanza, ¿digame? -le respondió una voz al tercer toque.
- Hola, buenos días. Verá, me llamo Mapi, estuve hace unos meses en su consulta, no sé si se acordará de mí -dijo, con voz entrecortada.
- ¿Mapi? ¿Podría darme su nombre y apellidos por favor? -Oyó de fondo una especie de teclado y se imaginó a una diligente recepcionista buscando sus datos como si no hubiera un mañana. La imagen mental de la recepcionista en una lucha desesperada contra el teclado y las bases de datos, tipo heroína de Hollywood, la hizo sonreír.
- Maria Pilar Beltrán Montañés.
- Ah, sí, ya recuerdo quién es usted. Alta, morena, ¿verdad? -La voz de la recepcionista denotó una seguridad asombrosa. Al parecer la recordaba con una claridad meridiana.
- Sí, la misma -respondió, un tanto sorprendida- ¿Podría darme una cita con la señora Esperanza, por favor? -Se preguntó cómo recordaban tan bien su físico y dedujo que debían tener pocos clientes. O tal vez les había causado un gran impacto. Fuera lo que fuese, se sintió incómoda, espiada. En ese momento la invadió la extraña sensación de tener unos ojos pegados en la nuca y se volvió de repente, asustada. Tras ella solo encontró el pasillo de su casa donde, como era de esperar, no había nada. Invadida por la desesperación, se paso las manos por el cabello. Todo ese asunto la estaba volviendo loca.
- Tengo un hueco mañana a las tres de la tarde, ¿le parece bien? -contestó la recepcionista, casi de inmediato. Mapi hizo un cálculo rápido. Salía sobre las dos de la tarde e iba a ir muy justa de tiempo. No obstante, quería dejar ese tema zanjado cuanto antes.
- Igual llego sobre las tres y diez o y cuarto, ¿habría algún problema? -preguntó, esperanzada. Una parte de sí misma esperaba que le dijeran que sí, que había problema, que esos diez minutos eran vitales para la consulta y no se lo podían permitir.
- No, ninguno -le respondió la recepcionista-. Hasta mañana y que tenga un buen día, señorita Mapi.
- Lo mismo -Colgó. Las manos le sudaban y temblaban. Toda ella sudaba y temblaba. Se dejó caer sobre el sofá. Tenía la impresión de llevar semanas sin dormir. Puso un poco la tele tratando de despejarse y, aunque se tranquilizó un poco, no logró quitarse del todo ese nerviosismo que la invadía.
La primera alucinación sucedió al día siguiente, poco después de levantarse. Tenía una humeante taza de café en un lado de la encimera y un generoso montón de albóndigas friéndose en la sartén. Oyó que sonaba el teléfono, apartó la sartén del fuego y fue a cogerlo.
Levantó el auricular, preguntó varias veces quién llamaba con la estática como única respuesta y estaba a punto de colgar cuando vio algo por el rabillo del ojo que hizo que la hizo volverse de un salto.
Ahí, encima de la mesa, había una enorme tarántula. Mapi, que siempre había tenido pánico atroz a las arañas, se quedó paralizada. Ésta comenzó a avanzar poco a poco por la superficie de la mesa, sus peludas patas haciendo un sonido apagado sobre el hule. Tap tap, tap tap. Un silencio sobrenatural se cernía en el ambiente y Mapi pensó que ese sonido sustituiría a las peticiones de ayuda en sus pesadillas. Lentamente, como si estuviera disfrutando, la araña se acercó hasta el borde de la mesa, levantó sus dos patas delanteras, como si la amenazara, e intentó saltar. Sobresaltada, Mapi soltó un grito, cogió una enorme agenda de piel que tenía desde que era niña y se la lanzó. A pesar de lo que le temblaban las manos, dio en el blanco y el asqueroso insecto quedó aplastado, las patas asomando inertes bajo la gruesa tapa.
Sin soltar el teléfono, avanzó dos pasos. La araña estaba indudablemente muerta, apisonada contra el hule. Pensó que tendría que recogerla y un escalofrío recorrió su cuerpo.
- Recuerda que una tarántula puede parecer inofensiva; sin embargo, es una asesina mortal -la voz que escuchó al otro lado del teléfono sonó fría, distante. Era la voz de la mujer de sus pesadillas. La de la mujer joven que siempre le pedía ayuda. Y súbitamente Mapi, sin saber por qué, tuvo la certeza de que esa mujer estaba muerta.
Gritó. Fue un chillido histérico que rebotó por las esquinas desiertas de su casa hasta perderse en las paredes. Eso que pasaba no podía ser verdad. La gente no oía a los muertos. Eso solo ocurría en las películas.
- Esto es real, Mapi. Ten cuidado de a quién te acercas.
El sonido de la línea interrumpida pareció despertar al mundo. Mapi percibió el sonido lejano del tráfico, imperceptible hasta ese instante y se quedó mirando el teléfono, atraída por un morbo extraño. Asqueada volvió la cabeza hacia mesa. Le iba a tocar recoger la araña muerta aunque no tenía ni idea de cómo lo iba a hacer. Pero la tarántula ya no estaba ahí. Se había esfumado. Sin más. Exhausta se dejó caer en el sillón, metió la cabeza entre las piernas y lanzó un agudo sollozo de impotencia.
Diez minutos después una gran y vieja agenda marrón apareció entre la basura, de donde un mendigo se la llevó creyendo poder sacar unos euros por ella.
La consulta olía fuertemente a incienso y se sentía mareada. Una menuda mujer de unos cincuenta años la observaba, escudada tras la baraja.
-Hola Mapi, te estaba esperando -le dijo la tarotista, apenas se hubo sentado-. Has tardado mucho en volver. ¿Cómo van las pesadillas?
-Peor -Sopesó por un segundo contarle lo de las alucinaciones, pero el asunto ya le parecía lo suficientemente extraño, increíble y absurdo de por sí como para encima añadirle más leña-. Ahora ni siquiera los somníferos me garantizan una noche entera. Llevo semanas sin saber lo que es dormir ocho horas seguidas.
Esperanza se la quedó mirando, la baraja pasando ociosamente de su zurda a su diestra. De improvisto, dejó la baraja un lado y le cogió la mano.
-Creo que contigo será mejor el contacto -dijo -, y apoyando la diestra en el dorso, comenzó a acariciar con el índice de la zurda su palma-. Preveo un gran peligro. Esa chica de tus sueños... No es nada malo, pero es mejor que no le hagas caso. Hay un hombre. Un hombre fornido, de bellos rasgos, seductor nato. No te acerques a él. Ese hombre es la muerte.
Asustada, Mapi trató de retirar la mano, pero la tarotista se la sujetó con una fuerza sobrehumana. -Hazme caso, Mapi. Huye mientras puedas. Abandona esta ciudad y las pesadillas dejaran de perseguirte. Y ten mucho cuidado: si dejas que las alucinaciones te visiten durante demasiado tiempo, acabarán contigo. Vete. Esta consulta no te la voy a cobrar.
Aturdida, Mapi dejó veinte euros en el bote que había a la entrada, en el que rezaba la voluntad, y salió escopetada de allí. Sin embargo, aunque a una parte de sí misma le gustaba creer, cara a la galería, que la mujer de la consulta estaba loca, su instinto más profundo le indicaba que debía hacerle caso. Más confundida aun que antes, no cayó en la cuenta de que no le había dicho lo de las alucinaciones hasta por la noche, mientras esperaba que el agua rompiera a hervir para prepararse una tila bien cargada.
Esa noche ni siquiera los somníferos le funcionaron. Morfeo, mostrándole su cara más cruel, ni tan siquiera le legó una hora de sueño reparador.
Conforme los días pasaron, todo fue a peor. A los dos días tuvo la segunda alucinación: creyó que un hombre con un delantal ensangrentado la estaba persiguiendo por la estación. Le entró tal psicosis que se lanzó llorando a los brazos del primer policía que encontró. Llamaron a una ambulancia y la trasladaron al hospital con un ataque de ansiedad de órdago. Seis horas después, con un buen colocón de lozarepam, la dejaron salir no sin antes recomendarle encarecidamente que visitara a su psicólogo antes de tres días. Y aunque Mapi estaba convencida de que iba a ser una solemne pérdida de tiempo, se sujetó prudentemente la lengua. Lo último que necesitaba era a un psicólogo del hospital mosqueado porque una paciente con supuestos brotes psicóticos se negaba a visitar a su psicoterapeuta.
Haciendo caso del consejo del médico de urgencias, visitó al psicólogo. Éste sopesó que podría ser estrés y le recomendó unas técnicas de relajación. Tres días después, practicando una de esas técnicas volvió a tener otra de esas alucinaciones.
La chica de sus pesadillas le hacía señas desde la puerta de su dormitorio. Aunque no quería, Mapi la siguió. La llevó por le pasillo hasta la cocina, que de repente se transformó en el oscuro sótano de sus pesadillas. De tres enormes ganchos de carnicero colgaban tres cuerpos inertes. Se giraron lentamente. El primero era la chica que la había llevado hasta allí. El tercero era una chica de unos veinte años, rubia, cuya cara mostraba un helado rictus de terror. El del centro era ella.
-Ten cuidado con ese hombre, Mapi. Ten mucho cuidado -La chica desapareció y un delantal ensangrentado ocupó su lugar. Diez segundos después el delantal también desapareció. Y Mapi, que ya comenzaba a no extrañarse por nada, fue directa a por la caja de los somníferos y se tragó tres de un golpe. Ni siquiera llegó a la cama: cayó inconsciente en la puerta del dormitorio, dónde despertó seis horas después con un fuerte dolor de cabeza y un gran chichón en la frente.
El tiempo seguía pasando. Las pesadillas cada vez mostraban más y las alucinaciones ya no eran tan espaciadas como antes. Estaba empezando a tener varias por día. Mapi se sentía destrozada física y mentalmente. Ya no tomaba somníferos porque no le hacían nada. No visitaba al psicólogo porque no le aportaba soluciones. No salía, no se divertía. Su vida consistía en ir del trabajo a casa y de casa al mercado a por comida. Últimamente estaba comiendo un montón de carne que el carnicero vendía ya rebozada: un día pechugas empanadas, otro albóndigas, otro hamburguesas... Era lo que le resultaba más rápido y fácil de cocinar.
Tres meses después, un miércoles por la tarde, volvió a ver a la chica. Se le apareció en la televisión. Ahora está un periodista poniendo verde a fulanito y ahora una chica ensangrentada que te enseña los muñones de sus brazos y cae súbitamente fulminada por un hacha que le ha cortado las piernas al ras.
Mapi ni siquiera se impresionó. Apagó la televisión y decidió salir a la calle. Había descubierto por pura casualidad que en la calle le sucedían menos episodios de este tipo y, como ya sabía que no eran reales, los controlaba mejor. Cuando notaba que le iba a dar, se sentaba en un banco, o se quedaba mirando con fingido interés un escaparate hasta que se le pasaba. Y así iba sobreviviendo, día tras día, mes tras mes.
Ya en la escalera recordó que necesitaba reponer comida y decidió darse una vuelta por el mercado. Pasó por la verdulería y saludó a la verdulera, una chica majísima de unos treinta años que ya llevaba diez trabajando en ese puesto y se conocía a medio barrio. También se quedó mirando un rato la pollería, donde el nuevo aprendiz estaba recibiendo una bronca de la dueña por cortar mal un pollo y dejarlo destrozado. Y por la charcutería, donde las charcuteras, ociosas, charlaban de lo mal que iba el negocio.
Llegó a la carnicería esperando ver al chico que normalmente le servía, un chaval que no llevaba mucho tiempo pero se había hecho con una buena clientela a base de buen género a precio de saldo. Se encontró el puesto vacío y estaba a punto de volver a la pollería a por unas salchichas cuando la chica de sus pesadillas apareció súbitamente frente a ella.
Logró contener el grito sin saber cómo. Le agarraba fuertemente el brazo y tiraba de ella hacia una puerta abierta, situada a la izquierda del puesto y medio disimulada por una fuente. Mapi intentó resistirse. Finalmente, pensando que era una batalla perdida, cedió y se dirigió con paso lento hacia la puerta.
Allí dentro hacía frío y estaba oscuro. Una solitaria bombilla repleta de polvo iluminaba el largo pasillo. La chica caminó hasta el final de éste y se perdió en una de las puertas de la izquierda. Mapi la siguió, posó la mano en el pomo de la puerta y repentinamente un fuerte brazo le aprisionó el cuello. Notó como le colocaban un pañuelo tapándole la nariz y la boca. Trató de liberarse en vano y finalmente cayó inconsciente, cuan muñeca de trapo, frente a esa chica fallecida que le gritaba desesperada que huyera mientras pudiera.
Despertó y notó un ligero dolor en la espalda. Soltó un sordo quejido y abrió poco a poco los ojos. El mundo estaba del revés. Se agitó y el ligero dolor se transformó en una sinfonía de sufrimiento. Intentó quedarse quieta y vio, atónita, como el hombre que protagonizaba todas sus pesadillas estaba ahí, parado frente a ella. El mismo delantal ensangrentado, el pecho firme y plano, la barbilla con el hoyuelo y unos fríos ojos que la escrutaban desde la oscuridad reinante. Dio una luz y Mapi lo reconoció al instante: era el carnicero. Ese simpático chico que regentaba el puesto desde hacía un año y le vendía esas deliciosas carnes empanadas. Y las albóndigas. Y las hamburguesas. Sintió que se iba a desmayar y luchó contra ello. Si tenía alguna oportunidad de salir viva de allí, iba a necesitar estar cien por cien consciente de todo lo que ocurriera a partir de ahora, por duro que fuera.
Sabía perfectamente qué estaba pasando: estaba colgada de uno de esos ganchos de carnicero. Esos que veía en sus continuas pesadillas. El de la alucinación de su cocina. No quiso girar la cabeza pero estaba segura que los cuerpos que tenía a los lados eran exactamente los mismos. Ahora la comprensión iluminaba su mente. No eran alucinaciones: eran premoniciones. Y las pesadillas no eran manifestaciones inconscientes ni peticiones de ayuda, sino advertencias. Lamentó no haber hecho caso a la tarotista. Si hubiera huído, habría evitado esto. Lo que no entendía era por qué ella era la elegida. Ella y solo ella.
-Bienvenida a mi refugio -Le saludó. Su voz era grave y viril -. Te preguntarás que estás haciendo aquí. Vas a ser la protagonista de mi siguiente obra -Sonrió y la ausencia de sentimientos que se traslució la dejó helada. Ya no albergaba dudas. Si no lograba escapar, no saldría viva de allí-. Pero primero será mejor que te explique todo. Verás -Se acercó a ella y le tapó la boca con cinta aislante-, desde que trabajo en este negocio, mi obsesión siempre ha sido conseguir el producto perfecto. La ambrosía. Una carne tan barata y sabrosa que nadie se resista a comérsela. Experimenté durante años con todo tipo de animales. Incluso los crié y maté yo mismo. Sin embargo, no conseguí un sabor significativo -Se paró y sacudió meditabundo la cabeza, como tratando de olvidar un litro de tragos amargos tomados a pequeños y torturantes sorbos-. Y entonces llegó ella. Tan menuda. Tan bella. Tan brutal. Olía tan bien... -El rostro se le iluminó con el recuerdo. Parecía un niño abriendo los regalos de navidad y Mapi no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la columna vertebral - Fue en diciembre. La asesiné. La despiecé y la hice asada. Su sabor era exquisito -chasqueó con deleite la lengua-. Probé a dárselo a algunos clientes a modo de test y regresaron en seguida pidiendo más. La calidad vende -Volvió a mostrar esa sonrisa carente de vida-. Pero yo sabía que faltaba algo. Un no sé qué. Conseguí una chica y un chico. Pronto descubrí que los chicos no sirven -Negó con la cabeza, tal que si lo lamentara de verdad -; y es una pena. Son un mercado potencial. Podría haber contratado un montón de aprendices que dejaran súbitamente el negocio al terminar los estudios -se encogió de hombros-. Mala suerte. Pero las chicas... las chicas sois una explosión de sabor. Vuestra carne es tierna, dulce, cálida. Entre los veinte y los treinta años tenéis la edad propicia para el consumo humano. Solo tuve que afinar el proceso -Soltó una carcajada-. Me volví loco tratando de encontrar el mejor método, ¿sábes? -dijo, riéndose-. Hasta que lo descubrí. Solo tengo que degollaros, dejar que vuestra última gota de sangre se derrame. Es una lástima que vuestra sangre no sirva para morcillas -se quejó-, pero no se puede tener todo en esta vida, ¿verdad? -Volvió a sonreírle mostrando esa mirada vacua y Mapi volvió a estremecerse -¿A que te gustaron las albóndigas y las hamburguesas que te vendí? -Esta vez comenzó a reírse a mandíbula batiente -Y ahora, te saborearán a ti.
Apenas sintió el cuchillo cuando le sajó al yugular. La agonía no duró mucho. Tres días después, el carnicero tenía una oferta especial: si comprabas tres kilos de carne te regalaban uno.
Tuvo que cerrar antes de tiempo. Se quedó sin existencias. Sin embargo, ya había echado el ojo a una nueva clienta. Se llamaba Sophie y estaba en la edad justa. Ah, iba a estar tan sabrosa...
240



Cargando comentarios...