Están las ocasiones a la altura
de mi cintura;
en esta tarde consagrada de relajos.
 
Mi cuerpo sesgado en los atajos.
Sostenido, clavado, una estaca.
 
Desde una tierra fina y pura;
surgen las cadenas del olvido;
y mi deseo de marfil,
en un espejo tieso y desteñido.
 
Es este fin con los violines;
que adormecen a mis bataclanas enfermeras del amor.
Es toda la violencia de la tarde perpetuada,
en un segundo que  se atreve a florecer;
desde el tinte tenue en mi poesía.
 
Como entregarse tan sumido a la verdad;
aceptando los gemidos que se escapan de la cama.
 
Este; tu fin, tan locuaz.
Paupérrimo infinito que se enciende,
por encima del hedor a tu ventana.
Más no habrá sol; ni una escalera,
una nota distendida, una colmena, una vía.
Más que el ayer, hoy el desquite;
más que una vida que se vuelve en tus jardines.
 
Siempre más. Siempre algo nuevo para vos.
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