Entre sombras y mausoleos pecaminosos,
perezosos mendigos agonizantes
que acarrean sus tratos funestos
y zapatos bien lustrados,
ando desanimado,
vertiendo mi mirar entre aquellos rostros sin facciones,
oyendo un idioma ágrafo de balbuceantes, bruñidas
ideas y desmotivaciones. 
Me arrastro por la tierra
que aun contiene cien lágrimas saladas
y el pastizal reseco de hierbas mal puestas
en el jardín del Edén de claveles resecos,orquídeas marchitadas.
Mi andar es apresurado
mas mi espetar es lánguido y pecaminoso,
aun así, los andantes no dejan de admirarme,
murmurando injurias e intenciones mal labradas
hacia la silueta triste de mi avance retoño.
 
Las hojas ondeantes en mis manos
parecieran agitar rabiosas sus impresiones
que, secando la tinta purpúrea,
agudizan la atención
de aquellos veedores titilantes.
En la bruma cual incienso
me rodean con sus silencios torpes
y sus juzgares recíprocos entre sí.
Ya el cielo no existe para sus barbillas
las nubes dejaron de ser estrellas
para ser tristes reminiscencias
de la compasión por el que ríe a la muerte
y que ya es escasa en este lugar
donde no soy más que un extranjero,
un forastero sin luz sin suerte…
 
Apresuro mi intrascendencia.
Me aparto de lo flagelado,
adopto las nubes como hijas de lo divino
y vanaglorio la danza crepuscular
de los vientos pamperos.
Y mientras aquellas miradas tajantes
aun me fisgonean labrantes,
junto a aquel idioma ágrafo
que me gesticula ruborizado,
la mímica del mal entendimiento y el propio humillo
se advierte ante mi osadía del exilio.
 
 
Descanso plácido bajo
un árbol lastimero de un parquecillo
y dedico unos fértiles versos a aquellos
carceleros y jueces truncados
de la buena y mala acción contra el prójimo
y de éste con la naturaleza y lo divino...
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