Ahora, tocaba el turno de Julieta.
Al verme, preguntó:
-¿Qué le hiciste a Brady?
La solté y la arrastré del pelo hasta la habitación contigua, donde el cuerpo de su prometido ardía.
-Miralo por tí misma- dije.
Julieta soltó un alarido al ver lo que había hecho.
-Y eso es nada comparado a lo que tengo planeado para tí- susurré.
Sentí como el cuerpo de Julieta temblaba. La arrastré de vuelta a la habitación y la arrojé al suelo.
Le rompí una pierna antes de que se levantara y luego le di un puñetazo que le rompió la nariz. La golpee repetidamente mientras ella se arrastraba por el suelo intentando huir.
Entonces tomé un bate de aluminio y le rompí la espalda. Julieta aulló de dolor, pero aún no había terminado. Tomé un trozo de soga y lo enrollé en su cuello. Lo anudé fuertemente, y mientras ella se asfixiaba lentamente yo me entretuve quitandole la piel a tiras.
Antes de que muriera, le quité la soga y la observé. No podría moverse ni presentarse en público jamás; para una adicta a la vida de calle como ella eso era suficiente castigo.
Acababa de tomar la decisión de dejarla con vida cuando ella cometió un error: llamarme por mi antiguo nombre.
-Danielle...-musitó.
-No- dije. Volteé a verla y añadí-: No Danielle. Eivana.
Me agache junto a ella y le saqué los ojos, encendí su rostro en llamas y, cuando estas se consumieron, le abrí el pecho y le saqué el corazón.
Una vez, en vida, fui una aspirante a biológa llamada Danielle. Fui arrancada de la vida de una forma cruel e inhumana, traicionada por gente en la que había confiado.
Ahora soy Eivana, el Ángel de la Muerte.
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