Ella giró sobre su hombro para observar una vez más aquel cuerpo que se alejaba.... Que la dejaba momentáneamente vacía luego del rápido acto (¿de amor?) que acababan de ensayar.
No era la primera vez que uno de sus amantes huía de ella, luego de concretar la urgencia de sus necesidades; y tampoco la primera vez que fácilmente seducía a un extraño en la parada del colectivo…
Sólo debió mirarlo fijamente por unos segundos… preguntarle la hora… quejarse del calor; y el hombre anónimo se acercó a ella para ofrecerle un cigarrillo. Le preguntó que tenía que hacer, y luego del violento traqueteo del 104, llegaron a destino.
No sabía como llamarlo; no porque no le hubiese dicho su nombre, sino porque era un detalle insignificante a esa hora; justo esa noche.
Le dijo acá vivo… y él la siguió.
Seguramente desde atrás (pensó ella) pudo imaginar sus formas debajo del uniforme… (no estoy tan mal, después de todo, pensó, más allá del reciente y obligado descarte de varios pantalones por exceso de cintura).
Los minutos siguientes transcurrieron veloces, a pesar de la incomodidad propia de la falta de familiaridad de ambos. Al observarlo bajo la luz de su velador (que calor hace, sonrió y encendió el ventilador), sus facciones le resultaron menos agradables que en la calle del centro. Todo el viaje en ómnibus evitó mirarlo, claro. Tenía una amplia frente, una boca rígida, y a pesar de la grosería de su nariz, unos ojos pequeños y juguetones.
A falta de temas de conversación (“yerba no hay”, se le cruzó por la mente, y rió en solitario) se sacó el uniforme rápidamente, y lo colgó en la sillita junto a su cama. El hombre no respondía. Solo la miró curioso, tratando de reaccionar.
-Vení para acá- le sugirió, sacándolo de su estado catatónico.
Al acercarse el hombre, ella percibió sus primeros olores (ese día, seguro, almorzó algo con ajo y su antitranspirante lo había abandonado, definitivamente).
Suspiró y lo empujó sobre la cama para subirse sobre él. Las manos del hombre comenzaron a recorrerla torpemente. Las húmedas caricias se convertían en bromas de mal gusto.
-Así…- le indicó con algo de vergüenza ajena, guiando su mano por debajo de la bombacha.
Anónimo se dejó guiar para encontrar ese tibio líquido entre las piernas voluminosas. Al fin, ella sonrió, tratando de imaginar a uno de sus actores de novela… (si realmente fueras vos, Facundo, puteó).
Página 2
Para el momento de la eyaculación, Anónimo lucía un poco ausente (vaya a saber la última vez que la puso, se compadeció ella), y todo concluyó, si más, mucho antes de lo que hubiese querido.
Recordó por un momento a su último amor. Su entusiasmo comenzó a esfumarse poco después de que le confesó lo de las violaciones, de su incapacidad para tener hijos.
El también atravesó la puerta y ella lo miró por sobre el hombro; aunque esa sensación de vacío había sido una marca permanente, que por momentos volvía.
Anónimo parece confundido luego del momento cúlmine.
Ella ni siquiera lo ve cuando, tímidamente, le deja los cuatro pesos y el Menthoplus sobre la mesa de la cocina.
Los encuentra cuando, una vez más, vestida con su uniforme, atraviesa la puerta para regresar a la parada del 104.
370

Cargando comentarios...