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Todos habían estado pasado noches pensando en que iban a responder cuando hicieran el test que te guiaba una poco en lo que querías estudiar, yo en lo personal me había quedado toda lo noche viendo televisión, prefería eso a estar pensando tonterías. En la televisión estaban pasando un programa de muy pésima calidad, ni si quiera recuerdo bien el nombre, pero algo como “humos nocturno” o “humos a media noche” o algo así; había un tipo muy gordo parado en un pequeño escenario que tenía un micrófono antiguo, parecido a los que ocupaban los presentadores de boxeo. Atrás del gordo había un fondo de ladrillos, que se distinguían solo por la opaca luz que alumbraba al humorista (si se le puede llamar así). La gente que estaba en el programa era muy rara, parecía que se hubieran cortado el pelo en la peluquería: “Contigo aprendo” o “Peluquería  de gente con Parkinson”, solo se distinguían algunas personas con cortes normales, o por lo menos que llevaran un gorro (que en ocasiones era más bizarro que su peinado). El gordo este estuvo por más de una hora tirando chistes cortos sobre sexo o sobre machismo, para luego pasar por los animales, no pude decidirme cual de todos los chistes fue el más aburrido.
Apague el televisión un poco antes de las 4 de la madrugada, y puse la alarma a las 7:00 (era un reloj que me había regalado el día anterior). Apague la luz, he inmediatamente se prendió una luz en el reloj, una luz roja como las que están en las puertas de los prostíbulos que hay en el centro, pero en tamaño reloj. Tenía la sensación de que en cualquier momento iba a salir una puta desde el reloj a darme placer, pero lamentablemente no paso, en vez de eso estuve con insomnio toda la noche por culpa de la estúpida luz roja que salía del estúpido reloj, que me había regalado mi estúpido amigo.
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No me afecto tanto no haber dormido, la verdad no dormía casi nunca.  En cambio todos mis compañeros estaban cagados de sueño por haberse desvelado por la ansiedad de una prueba que no decidía nada, solo te “guiaba”. ¿Una estúpida hoja me iba a convencer de que estudiara medicina o alguna de esas carreras donde la gente se llena los bolsillos de dinero por el hecho de tener un cartón con su nombre y algunos datos que no me interesaba conocer? La respuesta era simple, incluso la pregunta en sí fue inmisaria (por su puesto amigo, la respuesta es no), mi madre había estado tratado de convencerme de que estudiara algo relacionado algo con medicina o odontología, pero la verdad no sabía que mierda iba a hacer con mi vida, mi lema es ese momento era: “Destino, tú me odios y yo te odio, así que sorpréndeme”. Me había tomado muy a pecho este lema, no me había inclinado por nada en los últimos años, incluso había dudado si seguir con mi ateísmo, pero no me iba a dar la molestia de asistir todos los putos Domingos a misa. Siempre encontraba una escusa para no hacer las cosas (acepta que te gustaría ser como en este momento), y la verdad no creía que fuera a mejorar un poco esta situación.
La “prueba” era a la 4° hora del día, curiosamente era el 4° día de la semana (no tenía nada que hacer en todo el día, era el único que le ponía atención a esas cosas). Curiosamente el profesor que nos hacía clases las horas anteriores a la prueba lo único que hizo fue hablarnos de la estúpida prueba, de que esto tenía un 90% de afectividad en lo que íbamos a ser de grandes y cosas así; 90% aproximadamente tiene de efectividad un condón, nunca les creía a los números, puede que siempre estés en ese 10%. También nos trato de orientar para que estudiáramos algo relacionado con pedagogía. La verdad esa idea me gusto un poco, por el hecho de que podría introducir mis opiniones en las mentes de frescas de los niños de pre-escolar, pero lo descarte casi de inmediato por el hecho de que me podían mandar a la cárcel, por incitación a revelarse y esas cosas. El profesor también nos oriento para otras carreras: licenciatura en esto, con un post-grado en aquello, con 5 años de estudios en el extranjero; ese es el resumen de todas las carreras (aunque no menciono nada de no estudiar, ni si quiera nombro esa posibilidad)
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La prueba no tenía mucha ciencia, te pedían tu nombre, edad, sexo (encontré muy raro que te pidieran el sexo, se supone que hombres y mujeres deberían tener las mismas posibilidades de estudiar algo, pero que se podía esperar, aun somos animales con prostíbulos). Las preguntas eran muy raras, y carecían de sentido: “¿Haces deportes por las mañanas?” “¿Arte, música o deporte?” “Si te quedaran 24 horas de vida, ¿Qué sería lo primero que haces? Las preguntas asustaban, solo faltaban que te preguntaran “¿Cuánto mide tu pene?” o “¿Cuántas veces vas al baño?”.
Lo que paso después de la prueba no merecía explicación, creo que dormí la mayor parte de la clase. No desperté hasta que sonó el estúpido timbre para ir a nuestras casas, en mi caso, a dar vueltas por la vida  hasta que anocheciera para volver a mi casa.
Miraba como mi sombra me seguía por todo el camino, era de verdad mi única compañera leal. Nunca había salido con muchas niñas, la mayoría rallaban en prostitutas, pero hubo algunas que merecían ser recordadas; como esa tal Carla (o Karla como le gustaba que la nombrara  cuando le escribía poemas), que cada vez que le decía te quiero o algo así se enojaba porque pensaba que yo la engañaba con una tipa que se llamaba Luisa (me hubiera gustado engañarla con ella, era muy linda), pero nunca hice cosas así, pensaba que la gente que hacía esas cosas eran unos hijos de putas que solo vienen al mundo a hacer sufrir a otros; esa gente podría tomar su ego y metérselo por el culo haber como se siente que te pasen a llevar, que te pase a llevar con una persona con la que no puedes discutir, porque su respuesta siempre va a ser: “yo soy mejor” “eres gay” y cosas así. Era como tratar e discutir con alguien para ver qué equipo de futbol era mejor, o que religión había hecho menos daño (pero no nos desviemos del tema). Esa tal Clara si me había engañado, pero yo me vine a enterara un par de años después de que ella me hubiera roto la mierda de corazón que tenía, esa fue una de las últimas veces que me enamore.
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Llegue a mi casa a bañarme, no le encontraba sentido a levantarme una hora antes en la mañana para bañarme, siempre lo hacía en la noche.
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Me estaba bañando cuando sentí el raro presentimiento de que me faltaba algo, algo indispensable en la ducha; el jabón. No me quería salir de la ducha, porque hacía frio, así que estire mi brazo para alcanzarlo, pero no fue suficiente. Me limite a ponerme una toalla y a salirme de la ducha para ir el jabón, pero nunca logre mi objetivo. Cuando salí de la ducha, di un miserable paso y me caí como en las películas gringas, donde alguien estúpido viene corriendo y se cae por el piso resbaloso, bueno eso me pasó a mí.
< -…Entonces el tipo dijo: “Ese no es mi ombligo”.
Esas era el tipo de bromas que estaba haciendo en ese momento, o algunas muy parecidas, nunca le encontré ninguna gracia a ninguna de esos chistes, ni si quiera las improvisaciones que hacía en ese momento. La gente no se limitaba a reírse con un par de risitas de estúpidos, se reían a carcajadas, como si estuvieran viendo como se cae un amigo de ellos, sus risas eran incontenibles. Se podía ver muy claramente a los empleados a un costado del escenario como miraban al público, riéndose de la forma en que se reían y se movían sus melenas de colores.
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Creo que estuve casi una hora contando ese tipo de chistes hasta que comencé a despedirme, increíblemente la gente no lo tomo a mal (siempre veía que cuando alguien en un escenario estaba haciendo algo espectacular nadie quería que se fuera, pero al parecer, la gente se cansaba después de estar una hora escuchando a un bobo con un sentido del humor muy barato). Tampoco era como en el teatro donde la luz te seguía, aquí la luz estaba siempre en el medio, siempre quieta apuntando al artista, pero cuando él se iba solo se veía la muralla de ladrillos; pareciera que las luces estuvieran puestas con cemento en el techo, ni si quiera cuando la gente se paró a aplaudirme y todo el piso se movía, las luces no se movían de su lugar, como un político esperando recibir su suculento sueldo a fin de mes.
Cuando ya estaba un par de pasos fuera del escenario, se me acercó un tipo con un gran fajo de billetes. Saco un poco más de la mitad y se los guardo en el bolsillo, el resto me lo dio completamente a mí.
-Nos pagaron bastante esta noche – me dijo mirando mis zapatos- creo que ya vas a poder comprarte unos zapatos más decentes, o no tanto, siempre vas a ser humorista.
-La verdad no sé, me encanta el cariño del público, me encanta hacerlos reír y hacerlos olvidar sus problemas. Creo que nunca me voy a cansar  de estar parado frente a una luz contando anécdotas de mi vida de manera chistosa.
-No puedes tener ese tipo de pensamientos – su voz no sonó tan alegre como la primera vez, incluso me asusto un poco – si tu elegiste esta profesión (oficio de segunda mejor dicho) tienes que seguirla hasta morir, no puedes echarte atrás, si lo haces perderás todo lo que has ganado en estos últimos años, ¿recuerdas que me dijiste cuando te saliste de periodismo? Me dijiste: “Nunca voy a dejar de ser humorista, cambie mi vida para serlo”, ¿acaso me estabas engañando? O más bien te estabas engañando tú, a ti mismo.
-Si me salí de periodismo fue porque quería hacer otra cosa, pero ahora que estoy en esto,  no sé qué pensar, ni si quiera sé si esta conversación tiene sentido, yo voy a  ser humorista hasta que yo quiera, ni un minuto más ni un minuto menos.
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-Vale chapullo – dijo extrañamente con acento español. Me causo un poco de gracia, creo que lo ocupare para mi próxima presentación el viernes- mientras yo reciba mi dinero por un par de años más estamos bien.
Salimos de ese bar para dirigirnos a la calle donde nos debería haber estado esperando una camioneta para llevarnos a un pub donde tenía que actuar en unas horas más. Repetía en todas partes la misma rutina de la noche, no había necesidad de cambiarla. A veces estaba 5 noches con la misma rutina.
Cuando la camioneta llego la camioneta  yo estaba medio dormido, pero tenía que seguir trabajando. En un costado de la camioneta se podía leer: “PUB NOCTURNO, PARA DAMAS Y CABALLEROS” con un tipo de letra muy rara, parecía caligrafía rusa. En el techo de la camioneta había un gran vaso para tomar cerveza que decía: “Si le gusta la cerveza, haga sonar el claxon”>>
Después de eso me empecé a levantar con mucho cuidado, siempre había escuchado que cuando te golpeabas la cabeza tenía que pararte muy lentamente (¿o eso era para los golpes en la espalda? La verdad no importaba, ya me había parado).
Termine de bañarme tranquilamente, mirando fijamente al jabón a cada segundo, como para decirle: “Todo esto es culpa tuya”.
 
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Pase nuevamente la noche en vela, no tenía sueño, pero tampoco quería dormir, ¿o sí? Es ese tipo de preguntas que no tienen respuesta, o si la tienen pero sería muy imbécil, por decirlo de alguna forma, buscarla. Son de ese tipo de preguntas que es mejor no saber la respuesta. No por no mantenerse desinformado, si no para mantener un poco la “magia” de la pregunta. Sería muy raro si pudieras decir con claridad lo que sentimos cuando estamos felices, o si de verdad existe un dios, es mejor mantener esos “misterios” en nuestras mentes, pero sin pensar en ellas como una pregunta, si no como algo que no necesita respuesta.
 
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En el colegio entre a un taller de letras, entre netamente para poder tener un 70 en matemática, la asignatura que más odiaba. A demás, nunca está de más saber escribir bien.
El profesor era muy pequeño, pero era viejo. Su edad se demostraba en su cabello, era completamente blanco. Por lo que se veía, no era muy egocéntrico ni nada por el estilo, era muy humilde.
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Todos los años, el gremio de profesores premiaba al mejor profesor del colegio con 5 millones de pesos. Todos los profesores votaban a mano alzada (no podían votar por ellos mismos). La verdad el concurso era una idea que dio la municipalidad para dar un incentivo a los profesores, traducido y quitándole las trampas sería: “Les damos esto por la mierda de sueldo que les damos. Disfruten su premio”. Los profesores estaban los últimos 3 meses de clases con esta decisión, y ese año, le toco el turno al profesor de la academia de letras.
Le invitaron cordialmente a una ceremonia (semi elegante) a recibir su premio. La invitación para él fue:
 
18 de Diciembre de 2005
Querido profesor  de Literatura:
Está cordialmente invitado a la premiación que se realizara para entregarle su premio por su excelente trabajo este año.
El gremio de profesores tomo la decisión, de forma casi unánime, eso debe ser un orgullo para usted.
Se le solicita llevar tenida formal, pero no exagerar (Traje en lo posible negro, zapatos del mismo color; un reloj que no sea chino; peinado para la ocasión)
En lo posible venga acompañado por máximo 2 personas, ya que el espacio es reducido.
Se despide cordialmente
EL GREMIO DE PROFESORES
(Vivir para educar)
 
Después de eso venía el logo del gremio que era unas hojas puestas de forma aleatoria, con una pizarra y una profesora, que lo más probable lo allá dibujado un hombre, pues la profesora era muy voluminosa.
El profesor llego acompañado de su esposa a la ceremonia. La esposa traía un lujoso vestido azul, que combinaba con sus ojos y sus zapatos. Desde lo lejos parecía una jovencita, pero cuando se acercaba se le sumaban unos 20 años. La esposa murió en el año 2010, en un accidente de automóvil, aunque no sé si se pueda llamar así, porque la vieja murió de un infarto al ver que el auto se acercaba a gran velocidad hacía ella, el auto nunca, la toco.
El profesor que estaba en el escenario dando la introducción para darle el premio vestía ridículamente arreglado. Tenía un traje con puntos naranjos, cada vez que se movía parecía que un colador se moviera muy rápido. El discurso tuvo que ser escrito por algún profesor de literatura (obviamente distinto al que estaban premiando).
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“Señor rector, profesores, cuerpo docente del establecimiento. Estoy en representación del Gremio de Profesores para premiar, con mucho agrado, al profesor Carlos Schmidth (Nadie supo si el apellido estaba mal escrito o era así) que con casi 25 años de servicio (Los profesores trabajan hasta los 65, aunque parezca inhumano) ha sido elegido como “El mejor profesor del año.
Carlos nació en Hualañé, una ciudad al sur de Curicó. Estudio en la Universidad de Concepción pedagogía en Literatura. Años más tarde fue a hacer un doctorado a Argentina, convirtiéndose en uno de los mejores profesores de literatura del país.
Ha estado en este colegio 10 años de su historia, en los cuales se ha ganado en cariño de todos los profesores, y de la gran mayoría de sus alumnos”
El resto del discurso es tan inútil de decir, solo eran un par de tallas que no hicieron sonreír a nadie.
Estaban todos entusiasmados por el discurso que iba a decir el profesor premiado, pues al ser un letrado su discurso sería mucho mejor. La verdad después de un par de minutos nadie le prestó atención al discurso del gremio, pues para ser muy largo, era muy aburrido y repetitivo. Como un juego de ajedrez mal jugado.
Cuando Carlos subió al escenario (lo hizo muy lentamente) saco una hoja de su bolsillo trasero y dijo con una voz muy ronca y gastada por los años:
“Amigos, colegas, familia. Es un honor estar aquí, por mi esfuerzo, por mi dedicación, pero más importante, porque ustedes lo tomaron en cuenta.
Aunque estudie literatura, soy un hombre de muy pocas palabras, así que seré muy breve en mi discurso.
Siempre quise trabajar en este colegio, no por el sueldo, porque el sueldo no es muy reconfortante. Pero sé que esta remuneración me va a servir mucho para poder sacar mi libro, que he escrito por varios años, pero no he tenido el dinero para sacarlo.
No sé que más decirles, los quiero y espero vivir para trabajar en este colegio”.
El rector quedo mirando al gremio de profesores con un rostro demacrado, como si en ese discurso le hubieran dicho algo muy feo, pero no era así. Si tenía que ver con el discurso, pero no le afectaba directamente, pero tal vez le afectaría en su imagen pública o algo así.
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Los profesores del gremio empezaron a sudar mucho, mientras veían que Carlos los miraba sonriente mientras volvía a su asiento, donde su esposa lo recibió con un cálido beso en la mejilla. Se veía que el gremio tenía una caja negra más o menos del porte de las que traen los anillos de compromiso, pero no era de felpa.
Subió el mismo tipo del discurso para entregarle el premio a Carlos, se le veía muy nervioso. Llamo a Carlos sin ninguna introducción, fue muy tétrico al decirlo, no tenía el ánimo con el que dio el discurso. Solo lo llamo por su nombre y le dijo que fuera sin acompañante.
Ya estando los dos profesores en el escenario, el presentador le dijo unas palabras y le entrego muy nerviosamente la caja negra. Carlos la recibió un poco extrañado, no podían caber 5 millones en una caja del tamaño de su puño, pero pensó que era algo electrónico. Loe viejos siempre creen que la tecnología lo hace todo (aunque en cierta parte es verdad, pero no tan exagerado).
Carlos tomo el micrófono y dijo: “Esto es para mi libro”. Lo abrió en el escenario y su cara le cambio drásticamente. Al abrir la caja no vio ninguna tarjeta electrónica ni nada por el estilo. Lo único que vio fue un reloj de marca Alemana. Se podía notar en su rostro como la decepción invadía su cuerpo.
Se sentó sin dar ninguna palabra más, y mirando mucho rato al suelo. Se podía notar lo triste que estaba.
Y ahora, está sentado en una silla de escritorio café, que no cuesta mucho dinero; en un salón muy pequeño, enseñándome a cómo escribir historias para que me fuera mejor en el colegio, siempre acompañado del reloj Alemán que le dieron.
Siempre que cuenta su anécdota se rié, y lo recuerda solo como un error de él al ilusionarse por dinero.
 
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Mientras en Santiago llovía, sabía que en alguna parte existía algo que yo pudiera hacer. Estaba muy aburrido, no había electricidad, y ya no sabía qué. En mi pieza solo funcionaba con electricidad. Tenía una tele y tenía artículos escolares que nunca ocupe. Ya que era mi último recurso, tome un par de hojas blancas que parecía de tamaño carta (o también podían ser de oficio, no era un maestro en ese tema). El problema es que no tenía lápiz. Busque en la casa y no encontré ninguno, solo restos de lo que alguna fue un lápiz. Tenía dos opciones, ir a comprar un par de lápices (no iba a ir de nuevo a comprar si se me rompía) o suicidarme. Deseche la segunda opción de inmediato, porque para suicidarme tendría que buscar algún cuchillo o alguna silla, o algo como lo que sale en las películas. Eso no era tan difícil, pero de todos modos tendría que comprar un lápiz. Tendría que dejar una carta de suicidio y solo tenía las hojas. De todas formas tenía que ir a comprar un par de lápices.
Salí de mi casa, el bazar estaba a unas 3 cuadras de ciudad. Incluso podía ver el letrero de “abierto” que tenían en el techo. Eran como los letreros de los café con piernas. Pero este no te decía el precio del café (¿alguna persona iba a un café con piernas solo a beber el café?).
Me dispuse a salir a la calle, no había nadie, no me daban ganas de tomar el paraguas porque me gustaba mojarme con la lluvia. Sentía que ese era mi lugar. Así seguí mi camino sabiendo que si cerraban el bazar antes de que yo llegara, lo único que conseguiría era una pulmonía que me mataría, y habría sido inútil si ir a comprar o suicidarme, de todas formas iba a morir. Mi vida dependía en ese momento de que el letrero estuviera diciendo la verdad.
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Lleve a duras penas al bazar, y pensé que estaba cerrado, porque la reja estaba cerrada, aunque la barrera de metal que ponen cuando cierran estaba arriba. Creo que eso me indicaba que estaba abierto, solo fue un pensamiento estúpido. Un señor con un voluminoso bigote me abrió la reja, era como los bigotes que tenían las personas más viejas, que solo les crecía bigote y se lo dejaban hasta que ya los vellos faciales le tocaban el labio inferior. Daba la impresión que era un mejicano de la época de Pancho Villa, incluso se parecía mucho a Pancho, solo le faltaba tener su gran sombrero y la tira de cartuchos de ametralladora que llevaba cruzada en su pecho.
El suelo del bazar estaba cubierto con viruta de madera, más conocido como aserrín.  Se notaba como las mis zapatos dejaban las marcas en el aserrín, me produjo un poco de risa esto, no sé por qué.
-Buenos días joven – me dijo, mientras miraba su bigote- ¿Qué va a llevar?
-Tiene lápices, es que necesito hacer algo productivo con mi vida y solo tenía papel. El papel es tan inútil si no se tiene un lápiz, solo sirve para hacer aviones y…
-Solo te pregunte que ibas a llevar – Me interrumpió con una cara de perro malhumorado. Imagine como sacaba su revólver y disparaba contra mí, pero tuvo que haber sido difícil sacar la sangre del suelo- No quiero que me cuentes la historia de mi vida, ¿te gustaría qué te contara por qué puse el aserrín? O ¿por qué me deje el bigote? Tienes que ser más breve.
-La verdad no me importaría que me contara esas cosas, no tengo nada que hacer.
-Entonces serían solo lápices, ¿verdad? – Se notaba como había intentado “ganarme” y no lo había logrado- Te recomiendo que lleves un sacapuntas, para que no tengas que volver nuevamente.
-Sé, creo que sería lo más práctico ahora que está lloviendo.
-¿Entonces que estas esperando para irte?
-Sinceramente, que me cuente por qué puso el aserrín o por qué se dejo el bigote. Estaría muy contento si me puede responder las preguntas que usted mismo se hizo.
-¿Si te lo digo te vas a ir y vas a dejar de molestar?
-No creo que este molestando, pero si me voy a ir – Podía ver como el vendedor empezaba a ponerse nervioso, se notaba en su voz.
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-Está bien… Puse el aserrín para que gente como tú no me mojara el piso, porque así tendría que ponerme a limpiar como una ama de llaves. Y el bigote me lo deje porque a la edad de 10 años había ido a la casa de campo de mi abuelo, donde me enseño a montar, yo lamentablemente me caí del caballo mientras bajábamos una colina y me quedo una cicatriz en el lugar del bigote. Por eso me lo dejo, para tapar la cicatriz.
Estaba esperando que el tipo se sacara el bigote como cuando en las películas se sacan un bigote falso, pero lamentablemente no paso. Volví por el mismo camino a mi casa, ya casi no llovía (había pasado cerca de una hora desde que fui a comprar). Desde lo lejos, se podía ver como de a poco se formaba un hermoso arcoíris.
-En otra ocasión voy a ir a donde me lleve el arcoíris, y tratare de pedirle dinero al duende, tal vez se apiade de mí – Decía esto en voz no tan baja. Me reí con ese pensamiento.
 
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Entre con mucho cuidado, no quería caer al entrar a mi casa. Pude ver como él paraguas me miraba y se burlaba de mí, y la verdad tenía razón, había llegado todo mojado. Si en ese momento alguien me tomara y me abrazara, yo botaría mucha agua; como cuando aprietas una toalla mojada.
Me saque toda la ropa al entrar a mi pieza. Quede desnudo, y comencé a colgar la ropa en la ventana. Al otro lado de la ventana, en la casa de mi vecino, había una bella muchacha peinándose como las princesas. Estaba justo en la ventana, bastaba un leve movimiento de ese hermoso cuello para que me viera completamente desnudo. Me imagine los posibles casos de reacción que pude haber tenido la muchacha. El primero y más probable era que ella simplemente cerrara la ventana sin emitir comentario alguno, no la conocía muy bien y esa era la posibilidad más pareja. Los otros dos extremos se pueden deducir; uno era que ella comenzara a gritar y a llamar a su papá o algo así; la otra era que se parara y me empezara a mirar con más detenimiento, luego saldría de su ventana y saltaría la reja hasta llegar al borde de mi ventana. Todo esto fue interrumpido con la posibilidad que nunca me imagine, ella se alejo sutilmente de la ventana antes de que yo pudiera asomarme. Creo que fue una total pérdida de tiempo.
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La ropa goteaba como una condenada, no pensaba que llevara tanta agua de contrabando. Pero eso ya no importaba, si no podía otra me iba a agarrar la pulmonía que no me agarre afuera.
Ya con mi ropa nueva y seca, me senté en el escritorio para ponerme a hacer algo con el lápiz y el papel, no quería desperdiciar esos elementos tan preciados ahora para mí. Coloque el lápiz sobre el papel, y puso solo una hoja, las demás las puse a un rincón del escritorio.
Después de unos 20 minutos no había hecho nada, solo había cambiado el lápiz cada vez de lugar, pero no se me había ocurrido que hacer. Fue un momento desesperante, fue como ahogarse en un vaso de agua. Tenía el camino pero no la meta.
Empecé a tirar líneas con el lápiz. Dibujar era lo más fácil en ese momento. Iba a poner en práctica lo que decía los profesores cuando uno era pequeño para solucionar una falta de ideas; hacer lo primero que se nos venga a la cabeza. Ya sea dibujando líneas o escribiendo algunas palabras al azar. La gracia de la técnica era tirar ideas al azar para llegar a algo. Subconscientemente empiezas a asociar esos elementos a cosas que ya conoces y las cosas fluyen solas.
Las líneas me llevaron a un gran rectángulo, y que dé a poco se empezó a transformar en una pared. Lamentablemente ese rectángulo me llevo a una pared, que pronto se transformo en la pared del bar donde había ocurrido mi “sueño” de ser humorista, pero por alguna razón no me podía imaginar otra cosa. Tuve que seguir con esa idea. Quería cambiarle la ropa de payaso vagabundo al personaje que estuviera en el escenario. Y tratar de rapar al público.
El personaje ahora vestía con un terno elegante. No tenía sombrero, pero tenía el típico pañuelo en el bolsillo, que tenía que combinar con la corbata. Pero esta vez no lo hacía, era más que nada para salirse un poco de los esquemas. Era un humorista. Tenía que verme de alguna forma rara o chistosa. Los pantalones eran de distinto color a la chaqueta (no sabía si darles un color fuerte como un naranjo o algo más suave. Algo que no se notara tanto, que no llamara tanto la atención, pero que si la gente lo notara). No tenía zapatos, llevaba chapulinas negras. Muchos animadores ocupaban esa combinación y les había resultado muy bien.
Me di cuenta de que el Pancho Villa me había dado mal el vuelto. Y eso es lo último que recuerdo de ese día.
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