Se rompe, se agrieta, se envuelve.
Juguemos a pintarnos de esperanza,  de realidades fingidas. Vistámonos de ese agujero negro que aún no se llena, de esas miradas perdidas y escribamos purezas innecesarias.
Aparentemos la vida en este cuerpo mortuorio, que nadie descubra lo que se asoma y que el silencio sea el que nos dé escalofríos, que guarde lo que se sufre.  Que el cuerpo golpeado se vuelva común para adiestrar a los ojos. Que se desate el calvario mientras lo endulzamos con ignorancia.
Cuando la libertad conozca al sol, y el buen delirio sea correspondido, la emoción creada dejará de jalar los nudillos de la tierra. El cuerpo mortuorio brotará señales de vida, no de la que se compra, si no de la que rompe la barrera, la del puro placer de vivir. Que el deseo de la indignación, muestre la realidad guardada en cajones del  monótono día a día. 
Ese cuerpo que sufre, que guarda silencio; se abre pasó y muestra su realidad y nos confiesa que en tiempos de cólera, el atardecer le hablaba al oído, y que el ignorante necesitaba ser buscado, para ser encontrado; que quienes se imponen en el mundo lo habían disfrazado  de colores neón para llamar la atención a su conveniencia, y que, de su piel, comenzaban a aparecer los manchones, difuminados de colores oscuro mate, uno sobre otro, dignos del silencio que por fuerza llevaba.  El cuerpo por fin se abre y se muestra. Se refleja. Ya no se rompe, aprende a curarse, ya no se agrieta, aprende; no se envuelve más, ahora se desenvuelve. 
Por fin grita entre palabras cortadas, la salida del juego  y cómo escapar de él, antes, mucho antes, de que el miedo lo haga  volverse  un cuerpo sucio que lo transpire, queriendo que se quede la prueba de aquello infortunio. Pidiendo un milagro de actitud, pidiendo un deseo.
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