​El cuchillo se atoró en su pecho

y por más que trato de sacarlo, no puedo.

Este tipo está gritando como poseso,

y yo, que quería apuñalarlo sin escándalo...

​Ahora me toca tirarlo al suelo,

ponerle el pie en el pecho y tratar de sacar la hoja.

Pero no tengo tanto tiempo:

se suponía que a esta hora ya debía estar oculto del sol.

​Me dan ganas de dejárselo pegado como un último regalo,

pero... ¡las huellas, parcero!

No se puede, no...

​En un último tirón, con toda la putería,

sale el malparido cuchillo.

Y es tan bonito ver un pedazo de algo clavado en la punta,

que lloro de la emoción:

«Muchas gracias por devolvérmelo, gran marica, bobalicón».

​Le doy una patada

y el pedazo de estiércol cae al suelo.

¿Muerto?

Me importa un culo.

Yo lo único que quería era recuperar mi cuchillo:

sin él, no puedo hacer el almuerzo.

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