Luz, una energía que podemos percibir,
será por eso que los ojos la saben distinguir.
¿Por qué guardarla en una pantalla fría,
cuando su esencia en la mirada brilla?
Hubo alguien, sí, alguien que creyó,
que con la luz, su arte transformó.
Un ser que con trazos, fiel a su visión,
captó su esencia, más allá de la razón.
¿Cómo capturar lo que nunca alcanzamos?
Si la luz es lo más veloz que vemos,
¿quién logra sostener lo inalcanzable
y retener su fulgor inquebrantable?
Solo aquel que rechaza lo convencional,
quien no busca lo real, sino lo especial.
Aquel que con la luz no la intenta atrapar,
sino que le pide prestada su manera de iluminar.
La luz cambia todo, la perspectiva altera,
y con ella, el paisaje se embellece y altera.
A mis ojos, no hay mayor maravilla
que ver cómo el tiempo aprovecha su chispa, su orilla.
El tiempo, con su poder, la luz va moldeando,
embellece el paisaje, lo va transformando.
Y entre todos esos paisajes tan cambiantes,
uno quiso jugar con luces fascinantes.
Sabía que la luz varía con el entorno,
el tiempo la ubica, se desplaza en su retorno.
Así, con cada trazo, fiel a su emoción,
un pintor capturó su esencia con devoción.
Monet, aquel que jugó con la luz brillante,
un pintor osado, un alma vibrante.
Con sus pinceles desafiaba el común,
buscaba el reflejo, más allá del ideal.
Experimentó con la luz, con su cambio y brillo,
cambiaba el paisaje con solo un sencillo.
Una pincelada, viva de color,
capturaba el momento, su efímero fulgor.
El impresionismo, con su magia tan pura,
logró lo imposible, lo más cercano a la natura.
La luz y el tiempo, con su danza tan fiel,
se reflejan en sus cuadros, creando su laurel.
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