Cantar o tararear alguna melodía tristona en calles apretujadas mientras se intenta pensar en otra cosa; inútil es evitar doblarse el empeine al pisar el borde sobresaliente de un adoquín con historia.
Una dulce vocecita inspira al diafragma acorralado y manguea un pasaje certero, y explica sus finas curvas en alguna cifra mágica. Mira para no negarte, y tu mano en tu bolsillo se roza embadurnada, y tu plata se va contenta por las arterias cuadriculadas con un agradecimiento de ojos marrones. Simpática y compradora, siempre con alguien al lado que anula la ternura de un encuentro y lo hace más desencuentro, que explica lo que tendría que ser inexplicable y te arruina la mansa melodía. 
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