Circo, juego y espectáculo.
Breves consideraciones sobre la cultura del simulacro.
Por: Óscar Mendoza Mora.
1. La vida o el circo.
Nuestro lenguaje usa dos conectivos lógicos, tan comunes que ya no reparamos en su significado oculto, decir “la bolsa y el brazo” “lo tomas o lo dejas” son expresiones que usan ambos conectivos lógicos: conjunción y disyunción. Decir “la vida o el circo” es usar el segundo modo conectivo; o esto o lo otro. Pero esta forma también admite dos variantes, la exclusión y la inclusión, a diferencia del “y” que obligadamente debe incluir tanto la ‘vida’ y el ‘circo’ como parte de un mismo conjunto. No así el “o” que une a la vida y el circo, acá nuestra disyunción puede pedir que elijamos o vivir o ir al circo, pero también invita a vivir el circo, y aceptar la vida cirquera.
La vida o el circo no son ni lo primero, ni lo segundo, ni ambos a la misma vez. Es ambos inversamente. ¿Qué quiero decir con todo este juego de lenguaje? Lo que de hecho sucede, vivimos en un circo al cual llamamos vida, y luego creemos ir a cierto lugar, conocido como ‘circo’ a olvidarnos un rato de la vida. Lo que este inquirir quiere mostrar es que tanto el acto de vivir es analógico a una representación circense, como el espectáculo del circo es basado en la incredulidad, irrealidad y absurdo de la vida.
La vida es un circo, el circo es una vida, una vida de circo, un circo de la vida, cada una de estas frases nos revela un común enlace entre el acto de vivir y el acto circense. ¿Y quién es el actor, quién es el público, y quién dice cuándo terminará la función? En este sentido, yo, tú, él o aquel son el público, pero también son el trapecista, el domador, la contorsionista, el hombre de los cuchillos, la mujer peluda, el equilibrista, y admitámoslo de una vez: todos somos buenos payasos. Y qué decir del circo, allá también podemos encontrar al amante frustrado, a la mujer ninfómana, al niño huérfano, al fumador compulsivo y al carente de afecto. Extrapolar los roles es una de las vitalidades del circo, nadie es dos veces el mismo, nadie ve la misma función dos veces.
¿Qué hay de lo simulado? Es cierto, actualmente el circo se divide en dos, pero también la vida podría terminar así. Uno: el circo perfeccionista, simulado, montado en estructuras previas, siempre el mismo acto con variantes apenas perceptibles, el mismo show, los mismos gestos y casi siempre las mismas reacciones. También, de eso depende la fatalidad de su decadencia, la vida se ha convertido en este simulacro prefabricado, perfeccionista, queriendo librarse de errores, de imprevistos y siempre buscando los mismos resultados. Este acto está condenado al bostezo, al olvido por monotonía y por triste que parezca a matar al segundo tipo de circo.
Dos: el circo improvisado, el de arrabales y barrios, de pueblos y marginados. Acá la cosa es contraria. Los actores son mediocres, apenas preparados, la carpa está agujerada, la comida es mala, huele a caca de caballo si tenemos suerte, sino de elefante. Los payasos son malabaristas, domadores, muchas veces de intentos de leones, son los de la cuerda floja, y cuando eres atento son también el público que se deja hipnotizar. El mago de este circo es el más mediocre, la mujer contorsionista es rígida y las botargas tienen hoyos que delatan su humanidad. Y sin embargo ríes. De tan mal espectáculo sólo queda: o reír o llorar. La vida misma. Y acá nunca esperas nada, porque todo pasa sin siquiera estar al tanto, lamentablemente este circo es barato pero muere por la industria y el perfeccionismo. Lamentablemente también las vidas llenas de improvisaciones, de hoyos y risas involuntarias mueren más pronto que las guiadas y bien aventuradas vidas artificiales.
Finalmente el circo y la vida son uno mismo y cada cual por su lado nos muestran que la vida como en la carpa se representa a sí misma, a diario, a veces sin espectadores, otras con grada y luneta llena. Unas fracasa el payaso, porque hace llorar al niño de enfrente, otras la cuerda se corta, luego el domador es comido por sus leones. Están también las veces en que el mago hace magia sin querer hacerla, en que la pierna se dobla sin ser contorsionista, cuando escupimos fuego sin haber tragado gasolina, o aquellas veces en que cobramos la entrada sin ofrecer nada a cambio. Vivir es hacer un circo, hacerlo a diario, hacerlo gratis o cobrando. Y también ir al circo muchas veces mata, otras, la mayoría, te hace desear ser niño, reír, comer porquerías, sentir miedo, oler la muerte y saborear el asombro. Y al final, ya sea después de acabada la función, o de cerrar un ciclo de la vida, el inevitable epílogo: el show debe continuar.
El juego. Tomemos el curioso caso de fútbol y por otro lado, a la par de nuestra construcción de los tres conceptos (juego, espectáculo y circo) el otro simbólico acto llamado Lucha Libre. Parecería que el fútbol está más cercano del juego puro, libre de compromisos y competencias, que la lucha libre. También debemos tener en cuenta que la lucha libre se asimila más a un espectáculo circense que al juego, solo actores preparados pueden entrar en el “acto” de luchar, si no se corre el riesgo de conseguir lesiones, tendones estirados o brazos torcidos incluso quebrados.
El Ring, cuadrilátero o hexadrilátero, de cuatro o tres cuerdas, solo es un escenario pensado para la lucha. En cambio el campo de fútbol puede ser desde un complejo construido con millones para ser la sede en un mundial, hasta la cancha de la escuela y las siempre útiles piedras y arboles que sirven de poste o travesaño. Jugar fútbol es más fácil para la población común, un llano o un pedazo amplío de asfalto bastan para simular la cancha llena de público, aunque también se puede reprochar que la cama matrimonial de los padres de muchos niños sirvió alguna vez para simular la espectacular pelea entre el Místico –Juanito con una playera de máscara improvisada- contra Rey bucanero –Rafa con una media en la frente simulando ese paliacate de pirata-.
Improvisación o detallismo, luchas de gimnasio y teatro rodante o finales de torneo y sesión de penales. Tal parece que el binomio, estructura-ingenio también aparece acá, como en el caso del circo. Tenemos por un lado en la memoria aquellas grandes jugadas que nos salieron como decimos de chiripada, y del otro lado esa expectativa por repetirlas en un juego “más en serio”. Igualmente con la lucha, los practicantes ensayan toda la semana sus saltos y llaves pero solo en la pelea estelar ante público pueden medir si el salto de tres cuerdas y giro sobre la derecha tendrá efectividad, sacará aplausos, miedo y asombro o se llevará abucheos, mentadas de madre y definitivamente no volver a intentarlo.
Ensayo y ejecución son dos factores importantes en la cultura del simulacro y el espectáculo. Un actor, luchador, jugador, trapecista, etc. ensaya con la mente en el futuro: se elabora un complejo salto, una jugada o un acto para representarse en público, por ello el tiempo juega un papel significativo. Además de que el tiempo se difumina, el pasado es en tanto que representa la estructura previa de ejecución, el presente lo es todo porque sostiene bajo su durabilidad el todo del espectáculo, en él se fraguan las memorias del ensayo y las expectativas del futuro, pero también sirve de evaluador sobre lo que se trabajó “entre semana” –como dirían en el fútbol- y lo que habrá de cambiar para el próximo partido, show, lucha etc. Y finalmente el futuro, que aparte de ocupar el sitio de la esperanza de mejorar el show, significada para el jugador la posibilidad de retornar otra vez al pasado por medio de la repetición de éste. Por eso en el juego, el espectáculo y la representación el tiempo se vive, para bien o para mal la dimensión temporal se esfuma fundiéndose con la vida misma, en un acto, un partido o una partida se juega la vida misma sabiendo que aunque se pierda la vida no se acaba y sin embargo para muchos, de hecho, termina al perder un juego.
Finalmente, no debido a la falta de algo qué decir, sino a la falta de tiempo para decir, quiero resaltar tres posibilidades para pensar la cultura de masas actualmente. Uno: que los medios masivos exploten al máximo las posibilidades de olvidar el tiempo, la realidad y del pensamiento crítico es un asunto que nos ocupa, a nosotros filósofos, periodistas, literatos, psicólogos, sociólogos, etc. y sociedad en general. Hemos dejado de lado el pensar sobre el juego, ya sea fútbol, lucha, circos, teatro y la fiesta, y esta falta de aproximación desde el pensamiento no ha sido por descuido, también nos hemos dejado llevar por la pasión, el amor a la camiseta, a la máscara o al santo patrono. La cultura del simulacro está ahí, acelerándose, creciendo y devorando las pequeñas formas de esparcimiento convirtiéndolas en moda, en marca y reality show.
Dos: pensar sobre el juego es también ser parte de. El juego no es en serio, pero es en serio. El jugador sabe que está en un lapso de tiempo aparte, que está en una realidad que se asoma entre la realidad del espectáculo y la del expectante, el actor, luchador, jugador de fútbol vive mientras por un lado tiene el escenario y del otro al público. Después podrá morir como personaje, como ídolo de los niños o rey del balompié y sabrá vivir su rol de padre soltero, amante empedernido o conductor de televisión. Hay casos, por supuesto, de estrellas del deporte o del juego que nunca logran arrancarse la máscara y su vida se va en cuanto se termina su posibilidad de seguir jugando; el juego pide compromiso aunque no sea enserio, y el mismo juego también pide ligereza para no tomarlo en serio. Sin duda dos características contradictorias pero que le dan al fenómeno lúdico esa riqueza de existencia doble: afirmación de la capacidad de inventar humana pero al mismo tiempo posibilidad de perdernos en su hipnotismo liberador, inventar o enajenarse.
Y tres: el juego como diagnóstico de la cultura en general. El juego y la cultura del simulacro aparecen también como vías para diagnosticar a la sociedad. Que a una sociedad le diviertan las corridas de toros, la lucha en jaula o ver las lesiones más impactantes de la temporada es una forma de detectar sus fuentes de salud y de enfermedad. No se trata de moralizar si tal deporte y espectáculo es malo o bueno, sino de ver a través de tal deporte, de tal tipo de juego el porqué a la sociedad le gustan tanto, quiénes son sus jugadores y bajo qué reglas podrían seguir jugando incrementando las fuentes de salud y disminuyendo la enfermedad social. Si el coliseo romano nos parece abominable pero sublime, enigmático y violento, bárbaro y trágico es porque la sociedad romana era todo esto y más. Habría que esperar pues a que el tiempo pase y logremos voltear al pasado para pensar las formas en que nos entretenemos, nuestros simulacros sin duda resultan ser igual de reales que la realidad misma, o eso que llamamos “realidad”.
Por: Óscar Mendoza Mora.
1. La vida o el circo.
Nuestro lenguaje usa dos conectivos lógicos, tan comunes que ya no reparamos en su significado oculto, decir “la bolsa y el brazo” “lo tomas o lo dejas” son expresiones que usan ambos conectivos lógicos: conjunción y disyunción. Decir “la vida o el circo” es usar el segundo modo conectivo; o esto o lo otro. Pero esta forma también admite dos variantes, la exclusión y la inclusión, a diferencia del “y” que obligadamente debe incluir tanto la ‘vida’ y el ‘circo’ como parte de un mismo conjunto. No así el “o” que une a la vida y el circo, acá nuestra disyunción puede pedir que elijamos o vivir o ir al circo, pero también invita a vivir el circo, y aceptar la vida cirquera.
La vida o el circo no son ni lo primero, ni lo segundo, ni ambos a la misma vez. Es ambos inversamente. ¿Qué quiero decir con todo este juego de lenguaje? Lo que de hecho sucede, vivimos en un circo al cual llamamos vida, y luego creemos ir a cierto lugar, conocido como ‘circo’ a olvidarnos un rato de la vida. Lo que este inquirir quiere mostrar es que tanto el acto de vivir es analógico a una representación circense, como el espectáculo del circo es basado en la incredulidad, irrealidad y absurdo de la vida.
La vida es un circo, el circo es una vida, una vida de circo, un circo de la vida, cada una de estas frases nos revela un común enlace entre el acto de vivir y el acto circense. ¿Y quién es el actor, quién es el público, y quién dice cuándo terminará la función? En este sentido, yo, tú, él o aquel son el público, pero también son el trapecista, el domador, la contorsionista, el hombre de los cuchillos, la mujer peluda, el equilibrista, y admitámoslo de una vez: todos somos buenos payasos. Y qué decir del circo, allá también podemos encontrar al amante frustrado, a la mujer ninfómana, al niño huérfano, al fumador compulsivo y al carente de afecto. Extrapolar los roles es una de las vitalidades del circo, nadie es dos veces el mismo, nadie ve la misma función dos veces.
¿Qué hay de lo simulado? Es cierto, actualmente el circo se divide en dos, pero también la vida podría terminar así. Uno: el circo perfeccionista, simulado, montado en estructuras previas, siempre el mismo acto con variantes apenas perceptibles, el mismo show, los mismos gestos y casi siempre las mismas reacciones. También, de eso depende la fatalidad de su decadencia, la vida se ha convertido en este simulacro prefabricado, perfeccionista, queriendo librarse de errores, de imprevistos y siempre buscando los mismos resultados. Este acto está condenado al bostezo, al olvido por monotonía y por triste que parezca a matar al segundo tipo de circo.
Dos: el circo improvisado, el de arrabales y barrios, de pueblos y marginados. Acá la cosa es contraria. Los actores son mediocres, apenas preparados, la carpa está agujerada, la comida es mala, huele a caca de caballo si tenemos suerte, sino de elefante. Los payasos son malabaristas, domadores, muchas veces de intentos de leones, son los de la cuerda floja, y cuando eres atento son también el público que se deja hipnotizar. El mago de este circo es el más mediocre, la mujer contorsionista es rígida y las botargas tienen hoyos que delatan su humanidad. Y sin embargo ríes. De tan mal espectáculo sólo queda: o reír o llorar. La vida misma. Y acá nunca esperas nada, porque todo pasa sin siquiera estar al tanto, lamentablemente este circo es barato pero muere por la industria y el perfeccionismo. Lamentablemente también las vidas llenas de improvisaciones, de hoyos y risas involuntarias mueren más pronto que las guiadas y bien aventuradas vidas artificiales.
Finalmente el circo y la vida son uno mismo y cada cual por su lado nos muestran que la vida como en la carpa se representa a sí misma, a diario, a veces sin espectadores, otras con grada y luneta llena. Unas fracasa el payaso, porque hace llorar al niño de enfrente, otras la cuerda se corta, luego el domador es comido por sus leones. Están también las veces en que el mago hace magia sin querer hacerla, en que la pierna se dobla sin ser contorsionista, cuando escupimos fuego sin haber tragado gasolina, o aquellas veces en que cobramos la entrada sin ofrecer nada a cambio. Vivir es hacer un circo, hacerlo a diario, hacerlo gratis o cobrando. Y también ir al circo muchas veces mata, otras, la mayoría, te hace desear ser niño, reír, comer porquerías, sentir miedo, oler la muerte y saborear el asombro. Y al final, ya sea después de acabada la función, o de cerrar un ciclo de la vida, el inevitable epílogo: el show debe continuar.
El juego. Tomemos el curioso caso de fútbol y por otro lado, a la par de nuestra construcción de los tres conceptos (juego, espectáculo y circo) el otro simbólico acto llamado Lucha Libre. Parecería que el fútbol está más cercano del juego puro, libre de compromisos y competencias, que la lucha libre. También debemos tener en cuenta que la lucha libre se asimila más a un espectáculo circense que al juego, solo actores preparados pueden entrar en el “acto” de luchar, si no se corre el riesgo de conseguir lesiones, tendones estirados o brazos torcidos incluso quebrados.
El Ring, cuadrilátero o hexadrilátero, de cuatro o tres cuerdas, solo es un escenario pensado para la lucha. En cambio el campo de fútbol puede ser desde un complejo construido con millones para ser la sede en un mundial, hasta la cancha de la escuela y las siempre útiles piedras y arboles que sirven de poste o travesaño. Jugar fútbol es más fácil para la población común, un llano o un pedazo amplío de asfalto bastan para simular la cancha llena de público, aunque también se puede reprochar que la cama matrimonial de los padres de muchos niños sirvió alguna vez para simular la espectacular pelea entre el Místico –Juanito con una playera de máscara improvisada- contra Rey bucanero –Rafa con una media en la frente simulando ese paliacate de pirata-.
Improvisación o detallismo, luchas de gimnasio y teatro rodante o finales de torneo y sesión de penales. Tal parece que el binomio, estructura-ingenio también aparece acá, como en el caso del circo. Tenemos por un lado en la memoria aquellas grandes jugadas que nos salieron como decimos de chiripada, y del otro lado esa expectativa por repetirlas en un juego “más en serio”. Igualmente con la lucha, los practicantes ensayan toda la semana sus saltos y llaves pero solo en la pelea estelar ante público pueden medir si el salto de tres cuerdas y giro sobre la derecha tendrá efectividad, sacará aplausos, miedo y asombro o se llevará abucheos, mentadas de madre y definitivamente no volver a intentarlo.
Ensayo y ejecución son dos factores importantes en la cultura del simulacro y el espectáculo. Un actor, luchador, jugador, trapecista, etc. ensaya con la mente en el futuro: se elabora un complejo salto, una jugada o un acto para representarse en público, por ello el tiempo juega un papel significativo. Además de que el tiempo se difumina, el pasado es en tanto que representa la estructura previa de ejecución, el presente lo es todo porque sostiene bajo su durabilidad el todo del espectáculo, en él se fraguan las memorias del ensayo y las expectativas del futuro, pero también sirve de evaluador sobre lo que se trabajó “entre semana” –como dirían en el fútbol- y lo que habrá de cambiar para el próximo partido, show, lucha etc. Y finalmente el futuro, que aparte de ocupar el sitio de la esperanza de mejorar el show, significada para el jugador la posibilidad de retornar otra vez al pasado por medio de la repetición de éste. Por eso en el juego, el espectáculo y la representación el tiempo se vive, para bien o para mal la dimensión temporal se esfuma fundiéndose con la vida misma, en un acto, un partido o una partida se juega la vida misma sabiendo que aunque se pierda la vida no se acaba y sin embargo para muchos, de hecho, termina al perder un juego.
Finalmente, no debido a la falta de algo qué decir, sino a la falta de tiempo para decir, quiero resaltar tres posibilidades para pensar la cultura de masas actualmente. Uno: que los medios masivos exploten al máximo las posibilidades de olvidar el tiempo, la realidad y del pensamiento crítico es un asunto que nos ocupa, a nosotros filósofos, periodistas, literatos, psicólogos, sociólogos, etc. y sociedad en general. Hemos dejado de lado el pensar sobre el juego, ya sea fútbol, lucha, circos, teatro y la fiesta, y esta falta de aproximación desde el pensamiento no ha sido por descuido, también nos hemos dejado llevar por la pasión, el amor a la camiseta, a la máscara o al santo patrono. La cultura del simulacro está ahí, acelerándose, creciendo y devorando las pequeñas formas de esparcimiento convirtiéndolas en moda, en marca y reality show.
Dos: pensar sobre el juego es también ser parte de. El juego no es en serio, pero es en serio. El jugador sabe que está en un lapso de tiempo aparte, que está en una realidad que se asoma entre la realidad del espectáculo y la del expectante, el actor, luchador, jugador de fútbol vive mientras por un lado tiene el escenario y del otro al público. Después podrá morir como personaje, como ídolo de los niños o rey del balompié y sabrá vivir su rol de padre soltero, amante empedernido o conductor de televisión. Hay casos, por supuesto, de estrellas del deporte o del juego que nunca logran arrancarse la máscara y su vida se va en cuanto se termina su posibilidad de seguir jugando; el juego pide compromiso aunque no sea enserio, y el mismo juego también pide ligereza para no tomarlo en serio. Sin duda dos características contradictorias pero que le dan al fenómeno lúdico esa riqueza de existencia doble: afirmación de la capacidad de inventar humana pero al mismo tiempo posibilidad de perdernos en su hipnotismo liberador, inventar o enajenarse.
Y tres: el juego como diagnóstico de la cultura en general. El juego y la cultura del simulacro aparecen también como vías para diagnosticar a la sociedad. Que a una sociedad le diviertan las corridas de toros, la lucha en jaula o ver las lesiones más impactantes de la temporada es una forma de detectar sus fuentes de salud y de enfermedad. No se trata de moralizar si tal deporte y espectáculo es malo o bueno, sino de ver a través de tal deporte, de tal tipo de juego el porqué a la sociedad le gustan tanto, quiénes son sus jugadores y bajo qué reglas podrían seguir jugando incrementando las fuentes de salud y disminuyendo la enfermedad social. Si el coliseo romano nos parece abominable pero sublime, enigmático y violento, bárbaro y trágico es porque la sociedad romana era todo esto y más. Habría que esperar pues a que el tiempo pase y logremos voltear al pasado para pensar las formas en que nos entretenemos, nuestros simulacros sin duda resultan ser igual de reales que la realidad misma, o eso que llamamos “realidad”.
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