En cada paso hacia el frente, me has brindado tu cálida mirada, tus ojos rebosantes de ternura que me impulsan a esbozar una sonrisa. Tu presencia me permitió trazar metas, dirigirme hasta mis objetivos, manteniendo la esperanza de que seas partícipe de mi futuro. Mi sonrisa se encuentra arraigada a tus latidos, tu existencia es el engranaje de mi caminar y el sentirte tan suave, envolviendome en un ambiente apaciguador. Tu inmaculada piel al contacto conmigo creando una cálida expresión de simpatía. No imagino observarte gélida, sin movimientos, sin ese clásico y vibrante motor incorporado, sin esfumar cada angustia latente. Me enseñaste a ser feliz; antes de que tus manifestaciones jubilantes penetraran en mí, desconocía la sencillez de mostrar una sonrisa, me demostraste que jamás debía perpetrar en la atmósfera de decepciones, sino aceptar todos los aspectos del día, sabiendo que la solución se adoptaría al interceptar el sosiego de tu caricias, quizá jamás mascullaste palabra alguna, pero ese habitual sonido trisilabo, quizá demasiado ordinario en una miscelánea felina, pero primordial en mi corazón, me otorgó la clave para apelar a la calma. La prioridad de mis sentidos, la musa de mi alegría. La ternura de tu caminar, siempre por mi corazón considerada fue como la imagen dulce imposible de descartar, como la esfigie de paz en un acelerado proceso de inconvenientes. Verte retozar, ¡oh! Es esta cualidad el ingrediente idóneo para prosperar mi vida...Aún se acercan esos recuerdos, corren tan rápido en mis pensamientos que no evito deternelos, dependientes son mis ojos ante esas figuras veloces de ti en aquellos momentos de algida amistad, ellos, tan pueriles se degradan paralelos a una lágrima, no son culpables de la contienda entre el corazón y la mente asociada a la consciencia. Quizá es la consciencia ese verdugo, vil causante del caos, promotor de una virulenta burbuja que aprisiona a la mente, ambas con un rol de frivolidad, abofetean al corazón para arrancarle esa docilidad de sí, pero no es fácil que el mismo sea carente de aquella pulcra pasividad, ya que, con mera homogeneidad a su faz está encadenada. Es este corazón herido el que ese amor vehemente entre tu y yo sobre mi mente difunde, traduciendo dichas representaciones en algún instante junto a mi, y con ese rojizo sentimiento combina para quebrantar mi ya debilitado semblante. 
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