Con sus deditos de humo
y sus ojos de tizón,
le canto a mi niño negro
en su cuna de latón.

Ya tiene su atole tibio
en la olla, sobre el fogón,
y le tengo su agua hervía
como me dice el dotor.

Su ropita, de tan limpia,
me encandila la visión,
blanquita como su alma
que pa eso su amá soy yo.

Cuando despierte mi niño
con su estómago gruñón,
aquí está su atole tibio
y aquí tengo su calzón
¡porque no hay ángel más lindo
que mi pequeño carbón!



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