Tú eras tierra de nadie amada mía,
eras nube en el fuego de la tarde,
en ti las blancas hojas de un poema
que vivía en mi pluma y en mi sangre,
sembraron la ilusión sobre la arena,
donde anclabas tu amor para esperarme.
 
Tu amor no era de otro, ni siquiera era tuyo,
era todo tu ser inconquistable;
en ti lo que no fue de la montaña,
que quiso ser babel pero más alta,
cambió su majestad por la llanura,
tendiéndote a mis pies, para alcanzarme.
 
Tú naciste al sonar las mandolinas,
matizando tu voz en sus compases,
susurrando las frases que el silencio
con su cruel bisturí, quiso arrancarme,
y al nacer de tu bálsamo me diste
y en tu honor lo bebí para curarme.
 
Tú naciste del arpa y de la estrella,
cuando yo, sin ser tuyo, no era nadie,
cuando ser o no ser era el dilema
que no tuve el valor de confesarme,
tú naciste a mi amor, fragante y bella,
redimiendo la luz para salvarme.
 
KARIM
 
 
 
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