El cielo de Majes era nuestro marco. Tú lo mirabas extasiada, y yo sonreía mientras observaba el rímel exagerado de tus ojos. Tus dulces ojos de princesa hippie.  Con suave voz me anunciaste la llegada de los cometas. De esos astros alucinados que incinerarían nuestro planeta. Así, apocalípticos, nos besamos mientras las velas expiraban. Me hablaste del mañana, negando su existencia. Yo te anuncié que yo ya no era yo, y tú te reíste del acto de magia. Luego desaparecimos. Tu volaste a una extraña galaxia inentendible (te veo a veces, dentro de mis sueños y dentro de los sueños de mis sueños). Yo me quedé al borde del río, que se convirtió en mar, que se convirtió en nube, que se convirtió en lluvia, que se convirtió en abismo, en caída libre. Y te extrañé desde lejos, acompañado de bifontes y escálagos deformes. 

Ahora -en este segundo extraño- sospecho que nunca exististe, que todo fue un juego de mi mente, y que nunca estuve ahí, en ese Majes luminoso.  (que nunca fui feliz al beso de tus labios desvanecidos). 

 Y que el mundo no tiene fin. A pesar de esos cometas que vedrian a rescatarnos del infinito. Del infinito sin ti.
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