Apelmazado en mi garita luctuosa

miro el estupor del vaho que recae en mi pueblo.

Todas las costas se borran en un azogue húmedo.

El peso del Mercurio y la desazón del plomo desploman las molicies

del destruído cerro.

Yo sujeto una horquilla que arrebatara a Venus

quien me mirara con vistas imperiales y afligida en su Copa.

Allí están las cadencias del canto constelado disueltas en mi suelo.

Y la la luna plomiza baja sobre las podas de arbustos arteriales y perece finita,

acongojada y sola.

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