Ángel...
Sus lentos pasos eran ligeros suspiros que se perdían en el estruendo de la lluvia. A pesar de lo empapada que estaba, no le incomodaba para nada. En esos momentos, era mejor estar sola. No quería incomodar a nadie ni ser una molestia en plena noche de lluvia pero a decir verdad, necesitaba de alguien más que nunca. Se abrazó a si misma al grito de un trueno y el suéter mojado le recordó el gélido frío que hacía. Nadie estaba allí para ella. Nadie la llamaba. Nadie la necesitaba. El mundo le había dado la espalda pero lo importante de aquellos minutos, era que ella siguiera caminando. Ni siquiera sabía a dónde se dirigía pero si confiaba en su subconsciente, sabría que caminaba directo al parque. No quería regresar a casa. No había nadie importante allí. Al menos no esa noche. Llevaba consigo su teléfono Móvil pero ahora más que nunca se sentía desconectada del mundo. Un mundo que la había dejado de recordar.
Ningún autobús pasaba y ni asomaban sus luces los autos. Todo parecía estar perfectamente planeado para que ella se sintiera poca cosa. El largo pelo empapado se le pegaba a la cara y sus lágrimas se disfrazaban con la lluvia. No. Ella no dependería de nadie. Trataba de convérsense a si misma aunque en el fondo sabía, que era todo lo contrario. “No necesito de nadie, porque nadie esta conmigo” pensó.
-Eso es lo que crees…- Se escuchó una leve voz musical.
Soltó un grito ahogado y paró en seco ante la extraña silueta que se recargaba en la pared a un lado suyo. Aquella sombra la miraba con ojos pacíficos y desconsolados al verla en ese estado de alma cayéndose a pedazos. El chico era un poco más alto que ella y a pesar de llevar la capucha puesta el frente de su cabello rubio, era visible. Empapado en aquel estado parecía el retrato de un ángel en melancolía. La luz del farol iluminaba la piel blanca del rostro contraído en dolor.
-¿Disculpa…? -Titubeó la frágil chica que parecía echa de cristal. Miró a ambos lados en busca de alguna otra persona en la calle a quien se estuviera dirigiendo o en segunda opción, planeaba correr.
Aquel chico se despegó de la pared y ella retrocedió un paso cuando acercó el brazo. Pensó en correr en cuanto imaginó el arma pero en su lugar fue todo lo contrario. Le tendió una sombrilla. Esperaba todo menos eso. Miró por unos segundos la sombrilla y después al tipo frente a ella. Aun mantenía el semblante lastimoso y melancólico en el rostro y sus ojos sufriendo el dolor ajeno.
No bajó el brazo y esperó a que la tomara. Él estaba en peor estado. Las gotas le escurrían por los cabellos y prácticamente toda su ropa parecía pesada al estar completamente empapada.
-No te preocupes. Llevo unas cuantas horas más esperándote pero toma –Le tendió más de cerca la sombrilla –No quiero que te mojes más.
Ella no podía decir nada. No se sentía capaz. No despegaba los ojos de aquel sujeto y no era por miedo, sino por sorpresa.
-No. No la necesito- Sus palabras fueron un suspiro.
-Tú casa esta hacia el otro lado. Ve allí. No tienes nada que hacer en el parque. – El chico fijó sus ojos en la banqueta y sus mejillas se encendieron de un color rojo vivo perfectamente visible en su piel. Antes, por la lluvia, no se había dado cuenta de la intensidad con que ella lo veía.
-¿Cómo sabes eso?- La sorpresa de ella no dejaba de terminar. Retrocedió otro paso al imaginarse seguida por un completo desconocido y en el peor de los casos, sin darse cuenta.
Él chico ruborizado escondió más el rostro pero no desistió en dejar la sombrilla.
-No preguntes. Solo tómala y ve a casa. Ahí es donde debes de estar.
-¿Quién eres tu?- Esa pequeña pregunta era la que desde hace minutos la venía torturando.
-¿Yo?… no soy nadie.- Levantó el rostro y le sonrió con la más tierna confianza. –No te preocupes. No voy a lastimarte.
Se quedó unos segundos más pensando pero algo en ese chico la hizo sentirse segura y tranquila como para tomar la sombrilla. Quitó el botón y la abrió.
-¿por qué...?- Miró a través de las gotas por lo que tardó unos segundos más en darse cuenta que estaba completamente sola de nuevo. Nada salvo la lluvia y aquel farol la acompañaban.
Elaine…
“Tengo un ángel que me mira, tras de mi hombro cansado. Un ángel sin balanza que no pesa mi jornada. Un ángel que no me condena cuando hiero la rosa, cuando huyo de la esperanza, cuando golpeo la frente con la piedra del desengaño, cuando engaño ala muerte con golondrinas de papel. Tengo un ángel que me salva tras de mi hombro cansado.”
Raffaele Carrieri (Italia, 1905)
Ningún autobús pasaba y ni asomaban sus luces los autos. Todo parecía estar perfectamente planeado para que ella se sintiera poca cosa. El largo pelo empapado se le pegaba a la cara y sus lágrimas se disfrazaban con la lluvia. No. Ella no dependería de nadie. Trataba de convérsense a si misma aunque en el fondo sabía, que era todo lo contrario. “No necesito de nadie, porque nadie esta conmigo” pensó.
-Eso es lo que crees…- Se escuchó una leve voz musical.
Soltó un grito ahogado y paró en seco ante la extraña silueta que se recargaba en la pared a un lado suyo. Aquella sombra la miraba con ojos pacíficos y desconsolados al verla en ese estado de alma cayéndose a pedazos. El chico era un poco más alto que ella y a pesar de llevar la capucha puesta el frente de su cabello rubio, era visible. Empapado en aquel estado parecía el retrato de un ángel en melancolía. La luz del farol iluminaba la piel blanca del rostro contraído en dolor.
-¿Disculpa…? -Titubeó la frágil chica que parecía echa de cristal. Miró a ambos lados en busca de alguna otra persona en la calle a quien se estuviera dirigiendo o en segunda opción, planeaba correr.
Aquel chico se despegó de la pared y ella retrocedió un paso cuando acercó el brazo. Pensó en correr en cuanto imaginó el arma pero en su lugar fue todo lo contrario. Le tendió una sombrilla. Esperaba todo menos eso. Miró por unos segundos la sombrilla y después al tipo frente a ella. Aun mantenía el semblante lastimoso y melancólico en el rostro y sus ojos sufriendo el dolor ajeno.
No bajó el brazo y esperó a que la tomara. Él estaba en peor estado. Las gotas le escurrían por los cabellos y prácticamente toda su ropa parecía pesada al estar completamente empapada.
-No te preocupes. Llevo unas cuantas horas más esperándote pero toma –Le tendió más de cerca la sombrilla –No quiero que te mojes más.
Ella no podía decir nada. No se sentía capaz. No despegaba los ojos de aquel sujeto y no era por miedo, sino por sorpresa.
-No. No la necesito- Sus palabras fueron un suspiro.
-Tú casa esta hacia el otro lado. Ve allí. No tienes nada que hacer en el parque. – El chico fijó sus ojos en la banqueta y sus mejillas se encendieron de un color rojo vivo perfectamente visible en su piel. Antes, por la lluvia, no se había dado cuenta de la intensidad con que ella lo veía.
-¿Cómo sabes eso?- La sorpresa de ella no dejaba de terminar. Retrocedió otro paso al imaginarse seguida por un completo desconocido y en el peor de los casos, sin darse cuenta.
Él chico ruborizado escondió más el rostro pero no desistió en dejar la sombrilla.
-No preguntes. Solo tómala y ve a casa. Ahí es donde debes de estar.
-¿Quién eres tu?- Esa pequeña pregunta era la que desde hace minutos la venía torturando.
-¿Yo?… no soy nadie.- Levantó el rostro y le sonrió con la más tierna confianza. –No te preocupes. No voy a lastimarte.
Se quedó unos segundos más pensando pero algo en ese chico la hizo sentirse segura y tranquila como para tomar la sombrilla. Quitó el botón y la abrió.
-¿por qué...?- Miró a través de las gotas por lo que tardó unos segundos más en darse cuenta que estaba completamente sola de nuevo. Nada salvo la lluvia y aquel farol la acompañaban.
Elaine…
“Tengo un ángel que me mira, tras de mi hombro cansado. Un ángel sin balanza que no pesa mi jornada. Un ángel que no me condena cuando hiero la rosa, cuando huyo de la esperanza, cuando golpeo la frente con la piedra del desengaño, cuando engaño ala muerte con golondrinas de papel. Tengo un ángel que me salva tras de mi hombro cansado.”
Raffaele Carrieri (Italia, 1905)
420



Cargando comentarios...