Sin tregua acariciaba su recuerdo mientras fumaba un cigarrillo en la pequeña terraza de su apartamento. Una  vista envidiable de la bulliciosa ciudad le obligaba a quitar de su mente el suave murmullo de las palabras resbalando en sus oídos una y otra vez.
 
Quería no haber dejado entrar sus dulces insinuaciones a su corazón, se preguntaba a diario si la pasión que existía en esas continuas y sucesivas frases  no la envolverían en una locura temporal.
En ocasiones piensa en la distancia que los separa y siente que está  encerrada en los caprichos antojadizos de su interlocutor, que  la vida misma  se consume frente a la pantalla de un computador o esperando una llamada telefónica.
Teclea con nerviosismo y ansiedad una a  una  las pequeñas y negras letras para decirle cuanto lo extraña, cuanto lo ama, cuanto lo odia, pero en cambio no puede vencer el miedo de admitir que se enamoró de esa figura, transparente y profunda.
Observa la última fotografía que quedó registrada en la cámara...quiere sacarla y enmarcarla, instalarla en la sala sobre el piano de cola que le regalara meses antes, durante la interminable temporada en que la visitó.
Era un cálido día de invierno y él, como  habían combinado,  la esperaba  en el aeropuerto después de un vuelo interminable  por cierto.  Lleno de ansiedad  y expectativas. 
Ya no hay tiempo de arrepentimientos. Está allí. Se acercan, se observan, no saben  si  besarse como los buenos amigos de antaño o como los iniciantes amantes que son hoy.  Con la misma fantasía que los envuelve en ese momento,  surge una historia de poesía. Tratan de que su nerviosismo no los traicione.  
Largas conversaciones en el trayecto, la mano masculina  que se arrastra por su pierna envuelta en un azul jeans que eligió especialmente para vestir ese día.  Ella golpea suave pero enérgicamente  su mano para  controlarlo, para controlarse. Un calor sublime le recorre el cuerpo. Desea entregarse allí mismo, saber si en realidad la hace vibrar con su cuerpo tanto como con sus palabras. Sin embargo, recuerda las sabias palabras de su eterno amigo José, “descúbrelo primero, ve si en sus ojos hay verdad y sinceridad antes de dejar que entre en tu intimidad…”
Lo deja en su hotel y con excusas que a leguas se saben  mentiras, se aleja prometiendo que en pocas horas lo pasará a buscar para cenar juntos.  La noche se inicia con nerviosismo. La cena transcurre entre risas, recuerdos, cortos silencios, miradas cómplices.
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Un beso amoroso y apasionado cierra el encuentro. Pero él  le pregunta si desea  subir a su habitación. Ella sabe lo que continúa y, tras un corto titubeo, asiente sin decir palabra.
Las luces de la habitación son tenues  e insinuantes. El ambiente  cargado de una suave estela de pasión los envuelve y los somete a una nueva aventura. Se acercan con miedo y ansiedad cada uno en su sutil pero intensa compañía. Miradas profundas que quieren descubrir lo que el otro piensa, intuye, siente.  Sus  cuerpos temblorosos como cuando tenían  quince años se funden en un mar de emociones, dejando escapar  lo que durante tantos años  estuvo sumido, escondido, latente.  Un  beso bastó para dejarlos expuestos, vulnerables.
Sus manos recorren y quitan su ropa suave y tranquilamente. Ella siente que su  respiración se  corta por momentos, cree que la falta de aire la hará perder el conocimiento, pero al verlo tan seguro y entero, se convence de que debe estar allí.
Fue una noche llena de detalles, sutil y como lo había imaginado.  Muchas otras se sucedieron durante  sus vacaciones, sin embargo, inexorablemente, terminaron  un día de invierno.
Tendría que acostumbrarse a no verlo, a no mirarlo enfrente de ella. A solo escuchar su aterciopelada voz a través de la línea telefónica.
Hoy ya no sabe  si fue una buena elección pero  intuye que si no hubiera  experimentado aquel amor insipiente no tendría esa  sonrisa  en el alma.
El sonido del  teléfono la saca de sus profundos pensamientos… “Hola, ¿si? Aquí estoy amor…"
 
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