Ambición
 
Era miércoles.
Hace tiempo que esperaba que una idea iluminara mi mente. Normalmente, al hacer una historia, me entusiasmaba y empezaba a plasmar mis ideas en el papel, fluían por mi cabeza como cántaros de agua. Ahora todo es diferente. Faltaban pocos días para la fecha de entrega del cuento y empezaba a impacientarme.
Ésa noche, ése miércoles tan desesperante en el que mi consciencia ansiaba por escribir como antes, ocurrió. El resultado fue inesperado, pues no me levanto del sillón disparada por un resorte con frecuencia; aunque no lo parezca, una pequeña sinapsis entre dos neuronas de mi cerebro transmitió una reacción más potente que las peticiones de mi madre.
Subí las escaleras, me senté en mi silla de rueditas, (las cuales no rodaron mucho por el polvo acumulado en el suelo), tomé el lápiz, cerré los ojos, y me dejé llevar por la imaginación…
 
Portugal, 3 de marzo de 1394. Felipa de Lancaster, soportaba un peso más dentro de sí, hace nueve meses. Su marido, el Rey Juan I El Grande, preocupábase por el nacimiento de su tercer hijo. Como monarca, conferíasele una responsabilidad mucho mayor a la de cualquier otro cargo, pero la imperiosa necesidad de ver sano y salvo a su progénito era tamaña frente a cualquier circunstancia. Duarte I, primer hijo y el predilecto de Juan El Grande, legítimo heredero al trono, tenía tres años en aquel momento. Sentíase honrado por tener el privilegio de elegir el nombre de su hermano o hermana, era una tradición de su familia que existió desde siempre. Si nacía niña la llamaría Josefina, si la criatura era niño, llamaríase Enrique.
Pedro, el hermano menor de Duarte, era desde pequeño un niño envidioso, pues siempre supo que algún día su hermano mayor sería el Rey y él no. A pesar de su mínima edad siempre fue el más astuto de los dos y a menudo encontraba cómo fastidiar a su pariente fraternal.
Felipa se encontraba dolorida, pues las contracciones la atormentaban. Su habitación había dado un giro para convertirse en algo que podía llamársele sala de parto.
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Duró casi tres horas. Juan caminaba por el pasillo dando vueltas apresuradamente. A medianoche y un minuto, se oyó un llanto. Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero al abrir los ojos, el nuevo mundo de ruidos y colores lo enmudeció. El médico lo tomó entre sus brazos, lo miró y, tendiéndoselo a su madre anunció –Es un niño.- Ella entre sollozos de alegría le dijo –Ve, observa el mundo, aprende, la sabiduría te ayudará a sobrepasar los retos de esta corta y maravillosa vida.-
En Oporto, el día 4 de marzo de 1394, nace Enrique.
Al día siguiente, organizóse una gran fiesta en el castillo en honor a la llegada del nuevo integrante de la Familia Real. Pedro, era el hijo pequeño de la casa hasta ahora, pero con éste nuevo hermano, dejó de ser el centro de atención y un sentimiento de celos invadióle el corazón.
A medida que Enrique crecía, volvíase cada vez más ambicioso y con hambre  de Poder, desde una partida de ajedrez con Duarte, hasta una carrera de caballos con su padre.
De su hermano Pedro, fue aprendiendo indirectamente todas las trampas y trucos sucios que a uno puede ocurrírsele.
De Duarte, aprendió los valores que debe tener un varón de la realeza, los hábitos, las conductas e incluso la forma de pararse de un caballero honrado. Eso a él le aburría una pizca, pues nunca le interesó pertenecer a la corte, pero después de todo era el hermano del futuro Rey y no podía tener el comportamiento de un vagabundo.
Pedro miróle con recelo. Enrique estaba montado en el caballo mientras el Coronel dábale una clase en cómo manipular la espada para alcanzar los maniquíes que subían y bajaban en el tenderete de madera que manejaba un raso por detrás. Para peor parecía aburrido. ¡Daría él cualquier cosa por estar en su lugar! seguro que lo haría mucho mejor y acuchillaría a todos los muñecos de una vez, por el contrario de estar ahí sentado, resolviendo la tarea que ordenóle su institutriz para el día entrante; incluso no entendía porqué con él eran tan exigentes y a su hermano le consentían todos las mañas, excepto la de no ser caballero, justo la que él añoraba. Al mediodía estaban todos sentados a la mesa, menos el más chico. Desde la cabecera el padre llamó a la criada y le ordenó que vaya a buscarlo. Ésta era la más afortunada de todas las esclavas del castillo, pues Enrique no soportaba verlas así, tristes, flacas y cubiertas de harapos, entonces le pidió a su padre que por lo menos a la que estaba encargada de él, que más o menos también era de su propiedad, fuera tratada como se debe tratar a una persona.
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Estaba en su cuarto, leyendo muy ensimismado unas cartas de navegación que había sacado de la biblioteca, cuando Felicia lo sorprendió. Escondió los papeles en cualquier lado donde no se vieran, pero fue inútil; ya lo había descubierto.
-Mi Príncipe, si no come no va a tener fuerza para hacer lo que le gusta, ¿por qué no se sienta a la mesa?
-No tengo hambre, la comida no me gusta, sentarse a comer es muy aburrido, y además no tengo ganas.
-¿Está seguro que sólo es por eso? Yo le conozco bien y sé que es lo bastante inteligente como para alimentar su cuerpo aunque no tenga hambre, porque sabe que lo necesita.
-Ufff... está bien. Es que nunca me dejan hacer lo que me gusta, siempre me obligan y me obligan y me obligan, y no quiero sentarme a comer con alguien que no me quiere.
-Sus padres le obligan porque le quieren, si quiere llegar a ser un gran hombre como su padre debe estudiar leyes, lenguas, como el español, el francés, y de todos los lugares que rodean a Portugal, incluso debe estudiar nuestra propia lengua; matemáticas, la historia de sus antepasados,…
-Sí, sí, pero yo no quiero ser como mi papá, yo quiero ser marino, navegar el atlántico e ir más allá de él, descubrir cosas nuevas, probar que no existen los monstruos marinos ni las serpientes gigantes, quiero ser el primero en pasear por el sur de África, ganar las tierras de allí y conquistar nuevas… ¿nunca se preguntó si el mundo no fuera plano como todos dicen?
-No lo sé, ¿de dónde ha sacado esa absurda idea? Seguro que los castellanos se lo inventaron para confundir a nuestros estudiosos, o bien, están verdaderamente locos. Si el mundo no fuera plano, ¿cómo explicaría el horizonte? ¡Todos los barcos que han llegado allí se han caído! por lo tanto, no existe otra forma para darle al mundo.
-No lo creo, tal vez no estén locos, tal vez sea todo lo contrario, no se atan a los antiguos descubrimientos como nosotros sino que quieren hacer los suyos propios, es solo una manera de pensar diferente, tal vez mejor.
-Está bien, pero para pensar todo eso debe comer, ¿sí?
-D’ accord, je vais. –Le hizo una guiñada y  levantóse rumbo a la sala comedor. Llegó cuando todos ya casi estaban terminando, detrás de él, Felicia. Pedro miróla con asco, una vulgar esclava con uno de los más hermosos vestidos azules, qué desperdicio.
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El Rey miró a la criada con un gesto de complicidad, parece que pudo convencer a Enrique. Incluso éste comía con esmero, saboreando cada cucharada, Estaba delicioso. Duarte lo miraba riéndose por dentro, parece que no era el gusto de la comida lo que lo hacía preferir quedarse en su habitación.
Luego de almorzar, salió a pasear por el enorme jardín del palacio. Caminaba con las manos en los bolsillos, como observando el suelo. Sus ojos miraban sin ver, su cabeza estaba llena de pensamientos confusos. Recordó su quinto cumpleaños.
 --Mi padre, halagábame frente a unos hombres importantes, mi madre saludaba a las personas a cada instante, mi hermano mayor, sonriente al lado de mi padre, con la postura de un principito, y Pedro, solo en un rincón, mirándolo con rabia.
Nunca supe porqué se comportaba así, porqué no nos quería a sus dos hermanos, desde que nací es así, celoso, rencoroso, evitando mirarnos a los ojos. ¿A quién podré preguntarle? ¿A papá? No, está muy ocupado con su trabajo, apenas nos conoce. ¿Tal vez a mamá? Tal vez, pero la que nos conoce más a los tres es Felicia. No sé si preguntarle, conoce bien a Pedro, pero él nunca habla con ella y quizás no se dé cuenta de que siempre nos trató así. Aunque ella no sepa leer ni escribir, para ser una esclava, es muy inteligente y siempre nos ayuda en todo. Le preguntaré.--
Cuando levantó la mirada, le costó reconocer en dónde se encontraba. Estaba en los viñedos, apenas pasando el límite del enorme jardín del castillo. Ya era de tarde y las nubes tornábanse violetas y anaranjadas. Cuando volvióse hacia los viñedos, le pareció ver una sombra que desapareció en un segundo. Dirigióse a su procedencia, pero no vio nada ni a nadie más, estaba solo, al menos eso creía. Luego volteóse hacia un árbol que sus hojas llegaban hasta el piso, como lágrimas colgando de sus ramas; confirmó sus sospechas. Detrás de éste había una niña, un año o dos más pequeña que él. Vestía un largo sobretodo amarillo y un sombrero de pana, de ala ancha, del mismo color. Al sentirse descubierta asustóse y abrió más aún sus míticos ojos azules. Enrique la llamó pero ella huyó corriendo hacia los viñedos. Él la siguió con la mirada, y se quedó así por unos largos segundos. Luego decidió volver a su casa, era casi de noche y se preocuparían por él. Mañana volvería a buscarla.
Como lo supuso, su madre estaba esperándolo.
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-Hijo, ¿Dónde te has metido? Tu institutriz te estuvo esperando toda la tarde. Ya se ha marchado, y te dejó todas las tareas que debías haber hecho mientras no estuviste.
-Lo siento, estuve paseando por el jardín. –No quiso revelarle lo de la niña, talvez no le dejarían salir a verla de nuevo-
-Está bien. Mañana, hasta que no hagas la tarea no saldrás, ¿Sí?
-Mmm.
-Lo tomo como un sí.
Al otro día se levantó, le robó un pastelillo a la cocinera y de puntillas salió del castillo, cosa que no era fácil, en una casa tan grande y con tantos sirvientes chismosos.
Llegó al jardín, vio una marcha militar que repetía un-dos-un-dos-un-dos. Salió corriendo a camuflarse en unos arbustos. Cuando se alejaron empezó a caminar, pero no conseguía ubicar el viñedo. A lo lejos reconoció el lugar y fue hacia allí. Estaban las plantas de vid, estaba el enorme árbol de cara triste, pero no estaba la niña. Miró a su alrededor pero nada diferente encontró. Caminó entre las plantas, un poco más allá del límite de su jardín, hasta que dándose por vencido, Tendióse en el césped, y miró el azul del cielo.
--¿Y si fue un sueño? ¿Y si la niña no existía y había sido todo una imaginación suya? No podría ser, fue todo muy real.--
Al mirar hacia el costado, le pareció ver un emplumado. Había un pato, sí, un pato, mirándolo con un ojo. Al levantarse, el ave salió corriendo hacia una construcción de madera pintada de rojo que antes no vislumbró, parecía un establo. Caminó hasta allí y detrás de éste encontró un rancho. Al acercarse un poco más, vio una figura conocida.
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-¡Espera! No corras, no te haré daño. –Ella lo miró por un momento y no dudó en acercársele. Como todo niño, empezaron a jugar. Su rojo cabello flotaba sobre los cultivos, y él la seguía. Llegaron a una loma y sin pensarlo tiraronse a rodar. Fueron a parar a la orilla de un arroyuelo, más bien una cañada, pues era apenas una corrientilla de agua. Enrique nunca la había visto, por lo menos, la corriente no llegaba hasta el jardín del palacio. La niña inclinóse hasta que diversos mechones de pelo cayeron sobre el líquido. Él la imitó y llegó a ver unos extraños pececillos negros, con apenas una delgadísima aleta caudal. ¡Claro!, no eran peces, sino renacuajos, que salían inocentes a curiosear el nuevo ambiente fuera de los huevecillos. Ella tomó una de las larvas y se lo puso en la mano a Enrique, y disimuladamente éste lo dejó caer bruscamente  en el agua con un gesto disimulado de horror. Ella rióse de él, aunque no le pareció gracioso, más bien hizo algo prudente, pues tal vez tenían dientes o algo así.
Día tras día se las arreglaban para jugar nuevamente, Enrique, escapando de tareas y clases de caballería, y la niña, de quién sabe qué problemas. Pronto se hicieron muy amigos.
--Amigos. No existían las palabras para demostrar ese sentimiento, no eran necesarias para poder querer y ser querido, amar. Lo que parecía medio irónico, pues ella no había pronunciado una desde que la conocí. No conozco su voz. Tampoco su nombre. A lo mejor era muda; muda de palabras, porque la risa se la he escuchado muchas veces.
Por eso, ésa mañana fue diferente. Cuando llegué a nuestro habitual lugar de encuentro, descubrí a mi amiga cantando un villancico.--
Realmente se asombró. Su voz era dulce como la miel, incluso incomparable a la de un ruiseñor. Ella volteóse y enrojeció.
-Tienes una muy hermosa voz, ¿Por qué la escondes? No debes tener miedo de hacer las cosas que te gustan, ¡y mucho menos si las haces tan bien! –Ella sonrió con un gesto aliviado, y tomándolo de la mano llevóselo al pequeño campo de flores silvestres; hoy iban a coger mariposas.
Enrique iba creciendo, al igual que su ambición de ser el mejor, lo que enceguecía a su corazón.
Ya tenía dieciséis años.
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La niña de los ojos azules también tenía casi la misma edad, y paulatinamente su belleza también creció. Ella lo amaba. Él también a ella, pero su sentimiento de ansia escondía y olvidaba al amor, aunque nunca lo borraba.
Duarte ya tenía diecinueve años, y estaba ya en uno de los grados más altos en caballería. Pedro estaba cerca. Pero él, Enrique, a esa edad, sentía que ya no tenía mucha responsabilidad en su familia, mucho menos al ser el menor de los hermanos, así que pensándolo no mucho más de dos veces decidió partir hacia el sueño que tanto añoró cumplir algún día. De madrugada, fue silenciosamente al camastro de Felicia. Ésta, que tenía un oído muy agudo y un ligero sueño, propio de un esclavo, despertóse al oírlo entrar, beneficiosamente, porque no podría dejarle una carta ya que no sabría como leerla.
-Felicia, partiré, partiré hacia mi sueño, pero no te asustes, me las apañaré solo, ya tengo edad suficiente. Por favor no se lo digas a nadie. Cuento contigo.-Díjole en un susurro-
-Válete por ti, mi niño, nunca he dudado de vos. –Y ambos con lágrimas en los ojos separáronse, quizás durante mucho tiempo, quizás para siempre.
Con su ligero equipaje y con el dinero suficiente como para subsistir (en el contexto de un príncipe), miró por última vez su casa y marchóse por la puerta más grande, como solía hacerlo de pequeño. Vio el cielo estrellado y rió, acababa de comenzar su verdadera aventura. Corrió hacia los viñedos, entró por primera y última vez a la casa de su inconcientemente amada, y la encontró dormida en un montón de paja. Se acercó y le dio un beso de despedida. Una lágrima recorrió su mejilla y fue a parar a la de ella. Apenas movióse pero no despertó. Se levantó, pero no animose a mirar atrás, tal vez no tendría el coraje de dejarla.
Corrió y corrió dejando atrás todo lo conocido.
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Vio un carruaje pasando a toda velocidad a mitad de la noche y cuando estuvo frente a él, colgóse de la parte posterior procurando no ser visto. Pasó por varios prados, casas y casuchas en ruinas, además por cinco iglesias y dos monasterios. Luego de un rato, cansose de ir aferrado a los fríos fierros y bajose silenciosamente. Llegó a un castillo y al leer las enormes letras de oro grabadas en la piedra, diose cuenta de lo mucho que había viajado ya, estaba en el Cabo de San Vicente, precisamente en un pueblito sin nombre.
Sentose en el césped a admirar el amanecer y sacó un pastelillo de su morral, especialidad de la cocinera de su casa, que de costumbre habíase lo robado cuando ella no le prestaba atención. Observó la mar. La vista en esa ciudad era impresionante. Apenas había playas, toda la costa estaba rodeada por magníficos acantilados perfectamente tallados por el tiempo. El agua en la orilla era verde cristalina, tornándose cada vez más oscura a medida que se adentraba, para finalizar en un hermoso azul zafiro.
Poco a poco, Enrique fue cobrando amigos y, contándoles de su ambición por ganarse el mar, fue cobrando tropas. Su primera meta era África.
Su país, al igual que Castilla y Aragón, no rendíase en sacar a los musulmanes del territorio que realmente era de su propiedad, pero la tarea no era fácil. Tampoco imposible.
1415. Los marineros se preparaban silenciosamente en la noche oscura. La batalla se acerca.
-¡No hay moros en la costa! –Gritó el vigía desde la punta del mástil principal. El barco avanzó sigilosamente. En un santiamén llegaron a África. Todo parecía estar escondido bajo la oscuridad, demasiado silencio. Enrique, se había convertido en el almirante de esa tripulación.
La guerra fue corta, los tomaron desprevenidos. Otra ciudad más para la colección ibérica, y una menos para los musulmanes.
-¡¡¡CEUTA ES NUESTRA, CEUTA ES PORTUGUESA!!! –Habían gritado al culminar el triunfo. Enrique sentíase bien a beneficio propio, pues en su país, un hombre además de heredar su honor, lo tiene que ganar, este “bautismo de sangre” era una forma tradicional para que los nobles demuestren su valor.
A pesar de que hubiera cierta rivalidad entre su etnia y la de sus oponentes, en el fondo, odiaba hacer sufrir a la gente inocente, pero por conseguir lo que deseara, pasaría por cualquier tortura.
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Gracias a ese hecho, abriéronse las puertas para dar comienzo a Las Exploraciones Portuguesas, además de Enrique recibir el título de duque de Viseu, al mismo a quien todos empezaron a llamar Enrique El Navegante, su sueño infantil, juvenil, de toda la vida.
Al volver del continente negro, en 1416, comenzó la construcción del anteriormente “pueblito sin nombre” y ahora “Ciudad del Infante”. Convirtiose  en el sitio más elevado en navegación y cartografía de la época.
Enrique, en el colmo de la alegría, fundó una escuela náutica, la primera en Europa, un observatorio astronómico y varios astilleros. Sus sueños cumplíanse y su ambición engordaba y engordaba hasta llegar a la obesidad. Recordóse de pequeño cuando obligábanle a estudiar lo que él llamaba “cosas inservibles”. Lo más interesante es que la mayoría de esas “cosas inservibles” le estaban sirviendo ahora.
Tiempo después, dos amigos suyos, que habían sido enviados por él, descubrieron Madeira, que poco después sería colonizada, Joâo Gonçalves Zarco y Tristâo Vaz Teixeira.
Armando una gran campaña, cerca de 1426 envió a sus navegantes hacia el occidente. En no mucho tiempo descubrieron nueve bonitas islas a las que tres  llamaron con nombres interesantes: Graciosa, Corvo (cuervo) y Pico, cuyo extraño nombre daba una puntiaguda elevación en el medio del espacio de tierra.
Mientras la pasaba bien, el tiempo íbase rápidamente.
Lejos de allí…
Duarte estaba ansioso. Mañana iba a ser su coronación a Rey de Portugal. Con gran pesar debía suceder a su recientemente difunto padre.
 El castillo estaba inundado de sirvientes y familiares iniciando los preparativos de la gran ceremonia. Parecían sólo veintitrés años, pero eran veintitrés trajinados años de aprender y entrenar las técnicas de un verdadero Rey como su padre y antepasados.
Pedro, estaba ciego de ira. Si alguien hubiera podido ver el lugar donde debería ubicarse su corazón ahora, habría visto una apéndice achicharrada en el fondo de una cajita de metal trancada con un candado cerrado por dentro y de llave extraviada. En pocas palabras, no lo habría encontrado. Iba a pasar lo que él  nunca quiso que pasara, pero siempre supo que pasaría.
Enrique supo lo de su padre, y más que nunca juró ser el mejor de los navegantes.
Por mucho tiempo Enrique y sus hombres fueron descubriendo toda la costa oeste de África, desde el Cabo Bojador, hasta lo que ahora es Angola y Namibia.
1469.
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--Ya soy un viejo. Pero un sabio viejo. Fui el hombre más importante de Portugal después del Rey, mi hermano, al que nunca volví a ver después de que me fui de casa. Descubrí islas y mares, fundé varios sitios importantes del país y di lo mejor de las primeras miradas al sur de África. Gracias a mi ambición soy el que soy, y por eso nunca la voy a apartar de mi lado. Sin embargo, fui un cobarde. Nunca me embarqué. Siempre contaba con mis subordinados: marineros, soldados, exploradores. Por eso voy a seguir con ésta amiga a mi lado. Por eso, partiré a mi nueva y última meta que me permitirá la vida—
El 13 de noviembre de 1460, guardose un puñado de ropa, algunas reservas de comida, la cantidad necesaria de líquido, tomó el velero más hermoso y nostálgico que encontró e hízose a la mar. Como un marinero experimentado, izó la vela y envolviose con la azul belleza. Estaba cumpliendo lo que creía que era su último sueño y el más ambicioso, por el cual haría cualquier cosa por cumplirlo.
La gente en tierra creyó que había muerto y, a decir verdad, no era muy difícil pues con sesenta y seis años era bastante obvio.
Realmente, estaba vivito y coleando. Como su nombre Enrique El Navegante lo decía, estaba navegando. Cerca de la costa, para no perder la orientación. Inclinose por la borda y observó los diminutos peces que nadaban en las aguas cristalinas. Todo parecía un sueño.
Al caer la noche, dejó hundirse el ancla y acostóse a dormir. Mañana le esperaba un día de aventuras y emociones.
Despertose. Pero no parecía que lo hubiera hecho. Todo seguía siendo un sueño. Así estuvo durante días, admirando la belleza del océano, el color profundo del agua, las gaviotas, el fush del barco surcando las olas, la inmensidad de lo que siempre había estado privado de conocer.
Cierto día, al lavarse la cara y despertarse del todo, puedo ver las cosas con más claridad. Algo había cambiado.
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-¿Dónde estoy?-Dijo en voz alta- ¿Qué le ha pasado a la costa? ¡Ya no está!-Con desesperación miró hacia todos los ángulos, pero nada se dejó ver. Corrió hacia la cadena del ancla.- Justo como lo pensé. Ya no está. ¡La debería haber amarrado mejor! ¡Esto es un caos! –El ancla se había perdido y la marea lo había llevado a altamar.  Por horas estuvo dándole vueltas al timón, pero nada cambiaba, estaba preso en el infinito. Todo era agua, cielo y sol. Alguna que otra nube curiosa.
Pasaban los segundos, los minutos, las horas, los días. Uno de éstos, abrió la gaveta donde almacenaba la comida. Ya no quedaba. Abrió la del ron. La del agua. La de condimentos. Ya no había nada. Estaba perdido en el medio del océano sin nada de comer ni de beber. Pasaban las horas y su estómago le hablaba.
-¡No tengo hambre! ¡Ni sed! –Se repetía, pero no le ayudaba de mucho. Hundió la cabeza en el agua y con los ojos entornados, divisó algunos peces. Intentó atrapar uno pero le fue imposible. Entró agachado al pequeño camarote y lo revolvió de arriba abajo. Encontró algunas ollas en la diminuta cocina. Tomó dos y llevóselas al sol. Hoy era un día de moderado calor a pesar del invierno.
Inventó un sistema entre las dos, y en una de ellas colocó agua del mar.
-Moriré de sed… ¿En el medio del mar? ¡Ja ja ja! –El agua comenzó a evaporarse. Al cabo de un rato, ésta y la sal terminaron en recipientes diferentes. Enrique, a las carcajadas, sació su sed y molió la sal con una roca. Ahora su ambición era por sobrevivir. Recordó que siempre llevaba una navaja en su bolsillo y pensó que le sería muy útil. Volvió al camarote y encontró un clavo suelto entre las maderas. Le serviría de mucho. Con la misma piedra que había machacado la sal hace un rato, doblaría el clavo ahora. Lo ató a una soga que había en el compartimento donde encontró varias herramientas más, le enroscó una miguilla de pan que era lo último de comida que le quedaba y lo tiró por la popa del barco. Unos instantes después sacó con alegría un diminuto pez en el clavito. Éste lo usó como una nueva carnada. Así sacó uno más grande junto con un cangrejito. Al crustáceo lo separó en una de las ollas con agua, lo usaría más tarde como carnada, además de las sobras del pez que se comería ahora. Chasqueando la misma piedra con una sartén, logró encender un fuego tomando en cuenta no quemar el barco. Cocinó su manjar y lo saboreó con deleite. Púsose a pensar en la suerte que tenía.
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--¡Estoy vivo! Tengo como sustentar mi vida por ahora, no tengo con qué afeitarme, pero la barba me protege del frío al igual que el cabello. Cada noche, tomando como referencia el horizonte, en un borde de unos de los tablones que forman el piso, marco con escamas de los peces que como, las estrellas más brillan que veo en el cielo, y siguiendo el orden que viajan estas luminosas sé más o menos dónde estoy. Un día casi nos damos contra una enorme roca, mi velero y yo, pero pude controlar a éste y con cuidado, arrancar las deliciosas almejas aferradas a ella. Realmente me dí una panzada. He pescado varios peces con aletas durísimas, las que ahora uso para cortar y pinchar, y hasta una tortuga a la que me dio pena cazarle por su terrible hermosura, pero que ahora su caparazón me sirve de mucho, al igual que su piel, su pico y sus aletas. —
Cierta vez, llegó a un islote. Su alegría fue tremenda. Parecía que su sonrisa le llegaba a las orejas. Hace meses que no pisaba tierra firme y le pareció muy extraño, que el suelo no se moviera bajo sus pies, incluso casi se cae. Aprendió nuevamente a correr y gritaba de contento. Miró su entorno; la arena le serviría de algo, también las rocas, las hojas de las palmeras y las ramas caídas. Una estrella de mar sobresalía en la orilla. Estaba seca, y con el mismo clavo de siempre le hizo un agujerito en una de las puntas y se la colgó al cuello, en la misma soguita de donde colgaba una escama, una pinza de cangrejo y un diente. Allí coleccionaba esas simples cosas como trofeos de supervivencia. Hubo varias tormentas, las cuales la mayoría eran agradecidas, pues al volcarse las olas dentro del velero, lo llenaban con miles de manjares que durarían para un gran banquete. Tiempo tras tiempo, año tras año, sorprendentemente Enrique sobrevivía e incluso disfrutaba las amenazas del salvaje océano. Su ambición desaparecía poco a poco. Él era feliz, no logrando lo que deseaba, sino valorando lo que tenía. Ya separado de la ambición, ésta diole lugar al corazón. Recordó a la niña de los ojos azules y cabello color fuego, aquella con la que alguna vez se había enamorado. Ya era hora de pensar en ella. ¿Seguiría viva? Algo le decía que sí.
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Una vez, divisó en una gran carabela en el horizonte. En la carabela, Vasco da Gama divisó un anciano saltando y bailando haciendo señales en el horizonte. Vasco se acercó y, al verle la cara, pareciole haberlo visto en algún lugar, y sin hacerle caso a sus pensamientos hizo subir al pobre viejo a su embarcación. Él y sus tripulantes diéronle abrigo e interrogáronle de donde venía.
-Yo he vivido del mar durante mucho tiempo, Señor Capitán, y digamos que mi pasado no es importante. – A éste no lo convenció mucho, pero igual ordenole al cocinero que prepare una sopa caliente para el invitado-
-No se moleste, Señor Capitán, yo seré el cocinero esta noche, en agradecimiento por dejarme subir a vuestro navío. –Los marineros sorprendieronse de la fortaleza del anciano, cargaba pesos incluso más que los jóvenes y movíase con la agilidad de un gato.
-Es lo que da comer tanto pescado.
-¡Ha hecho un pacto con el diablo!-
-Es un farsante y se disfrazó de viejo para pasar desapercibido. – Ninguno acertó. Tal vez un poco el primero, pero no era eso.
Vasco da Gama le contó al Enrique que se escondía bajo la barba, sus planes, sus logros y el porqué de ese viaje, lo que él había querido siempre, llegar a las indias y conquistarlas. A su vez, el viejo le contó los trucos para ser el amigo del mar, como sobrevivir con él y hasta cómo guiarse con las estrellas sin ninguna herramienta. Tiempo después, lo citó a su camarote.
-Llegó la hora de volver a casa, Enrique El Navegante, mi héroe favorito.-Lo miró perplejo. Lo había descubierto. Lo reconoció. En fin, supo quién era.-
-¿De qué me habla, Señor Capitán?
-No se haga el tonto conmigo, por favor, debe volver a ver a su familia por última vez al menos. ¿Me promete que lo hará? Yo lo enviaré con un aliado mío que se encuentra en la costa africana. No puede decirme que no. –Él lo miró estupefacto. Nunca había pensado en volver a su casa. Estaba muy diferente, ahora era un hombre sin ambición, de imagen como de personalidad. Feliz. Pero en fin, ¿qué le podría pasar por arriesgarse una vez más como tantas en su vida, sobretodo en los últimos años? No había muerto en el medio del océano, menos moriría en un viaje por tierra. Volvería a Portugal.
 Y volvió.
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Miraba hacia todos lados, y veía gente, gente, gente. Bajó por la rampa y de repente vio a alguien que hizo que quedárase estático de emoción. Su corazón había crecido hasta ocuparle la mitad de todo su cuerpo.
Al Voltearse, Su cabello rojo flotó en un instante hasta que sus ojos se posaron en los de él. Esos ojos, ésos ojos azules.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
“Un velero llamado libertad”
 
 
“Ayer se fue, tomó sus cosas y se puso a navegar, una camisa un pantalón vaquero y una canción, donde irá, donde irá.
 
Se despidió, y decidió batirse en vuelo con el mar, y recorrer el mundo en su velero, y navegar, lai la lai, navegar.
 
Y se marchó, y a su barco le llamó libertad, y en el cielo descubrió, gaviotas y pintó, estelas en el mar.
Y se marchó, y a su barco le llamó libertad, en el cielo descubrió, gaviotas y pintó, estelas en el mar.
 
Su corazón, buscó una forma diferente de vivir, pero las olas le gritaron vete, con los demás, lai la lai, los demás.
 
Y se durmió, y la noche le gritó, donde vas, y en sus sueños dibujó, gaviotas y pensó, hoy debo regresar.
 
Y regresó, y una voz le preguntó, como estas, y al mirarla descubrió, unos ojos lai la lai, azules como el mar.
 
 
Y regresó, y una voz le preguntó, como estas, y al mirarla descubrió, unos ojos lai la lai, azules como el mar.
 
 
 
Y se marchó, y a su barco le llamó libertad, y en el cielo descubrió, gaviotas y pintó, estelas en el mar.” 
 
                                                                                         
                                                                                                   José Luis Perales
 
 
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