En la alborada del día, finalizada la tenas jornada;
sólo tú, con tu delicada sonrisa, alienta los pasos a la morada.
Esperando ansías la llegada en el umbral de la puerta,
la luz permanece encendida, anunciando el camino,
el ruido de la aldaba delata a bocanadas la afluencia.
Con el regocijo de niño travieso, desenado que el padre aparezca dispuesto,
haciendo del día una eternidad que sin fin pareciera,
y así como el can que con tan poco celebra, es como recibes a quien amoroso esperas.
El portón se abre silencioso, los pasos de pies fatigados y de un cuerpo cansado, penetran.
La sonrisa esbozada es suficiente para dejar atrás las penas cotidianas.
Rencuentro que el deleite de verse confortado, olvida pesares que la labor acumula;
para que, en un momento, con un dulce beso en la mejilla colocado,
el corazón latirá cantándole a la vida.
Septiembre 6, 2010.
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