Nunca, de mí, fuiste nada.
Te deseé como a un  amigo.
Tantas veces nos cruzamos
y  nunca hablaste conmigo.
Sacabas temprano, al perro
a pasear, en las mañanas.
Solíamos encontrarnos
y nunca me saludabas.
Para vos, yo era invisible.
De eso no tenía dudas.
Un día nos tropezamos.
No me ofreciste disculpas.
Volvía del cine, una noche,
huyendo de la tormenta.
Te encontré en el ascensor
después de cerrar la puerta.
De pronto, un trueno se oyó
Y nos quedamos a oscuras.
El ascensor se detuvo.
A mí me ganó la angustia.
Sentí tu ansiada presencia,
 en un  abrazo, algo rudo.
Fue esclarecedor saberlo,
No hablabas, porque eras mudo.
 
 
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