Inscrustado en un zapato descalzado, me enfrento al mundo desde que Papá y Mamá nos avistaron en el espacio exterior. Allí giraba una bailarina en el trayecto para ir a casa, y en lo que le corcenía, le dolían los huesos por una gripe mal curada. Entonces se apagan las luces de las velas; por su causa; como geiséres que ilusionan a los carpatos de circos, y en eso me visto con bolsas de churros con humor de azúcar; siempre que lo merezco desde que nos vimos en el más acá. Siempre en los puestos de batallas, por el pan de dulce de leche, accionan todos y cada uno de los involucrados en las facturas de libros y otros procesos, en los que las sonrisas son la principal fuente de placer y de vidas marítimas. Así lo pienso desde mi pecera; conforme leo los mandamientos de Dios escritos en una zanahoria y una margarina.

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