Una tarde cualquiera.
Al verla por primera vez esa tarde; al perderme fugazmente en sus ojos; en, lo que parecía, una cabellera dibujada en el aire por el dedo juguetón de algún divertido ángel alado con sus manos enchastradas en rojo carmesí; sí, así tenía el cabello ese infernal delirio de ficción: el cabello de un rojo carmesí.
Nunca antes había estado en un momento tan inoportuno.
Me encontraba en la parada de ómnibus de esta ciudad tan monótona. Tan asquerosa. Pero un juego del destino, o una burla del mismo hizo que quedase, como si nada, como si así lo quisiera Dios, enamorado brutalmente por alguien que jamás antes me había cruzado.
Miraba hacía mi izquierda y allí cruzaba: sus piernas tambaleantes con un énfasis borracho de sus piernas maniatadas a las ninfas de la belleza, con un suculento brote de rapidez.
Cruzaba la calle.
No entendí nada más.
Desde el momento en que volteo; como si supiese que la observaba atónito.
Y me vio. Y miré a sus ojos y ella a los míos.
Fue hermoso. Pero también fue fatal.
No quería nada más luego de ese instante.
Sólo ese instante.
Nada más.
Nunca antes había estado en un momento tan inoportuno.
Me encontraba en la parada de ómnibus de esta ciudad tan monótona. Tan asquerosa. Pero un juego del destino, o una burla del mismo hizo que quedase, como si nada, como si así lo quisiera Dios, enamorado brutalmente por alguien que jamás antes me había cruzado.
Miraba hacía mi izquierda y allí cruzaba: sus piernas tambaleantes con un énfasis borracho de sus piernas maniatadas a las ninfas de la belleza, con un suculento brote de rapidez.
Cruzaba la calle.
No entendí nada más.
Desde el momento en que volteo; como si supiese que la observaba atónito.
Y me vio. Y miré a sus ojos y ella a los míos.
Fue hermoso. Pero también fue fatal.
No quería nada más luego de ese instante.
Sólo ese instante.
Nada más.
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