TESTIGO
A pesar de la hermosa noche estrellada, Nelly no tenía inconveniente con llenar su terraza elevada con bocanadas de humo de su cigarro, que poca posibilidad dejaban a aquel que estuviera dispuesto a ser testigo de las constelaciones que en el cielo nocturno se dejaban ver.
Pero ella estaba sola, sola en el balcón, que se elevaba unos ocho pisos en su bloque de apartamentos, pero además sola en su casa, sola en su vida. Nadie podía recriminarle nada.
No se había despertado en mitad de la noche, no era de esas personas. Ella más bien era de las que prescindía del sueño en aras de extender su jornada diaria unas horas más. No importa para lo que fuera, porque puede sonar contradictorio, pero dormir y descansar da años de vida al mismo tiempo que te los quita.
En este caso era el cigarrillo, esa necesidad de llenarse de humo por fuera y por dentro. Tabaco que te priva de muchas cosas. De horas de sueño, de años de vida saludable, y del disfrute de una hermosa noche como la que justamente sucedía.
A la altura de su apartamento ella podía observar todo, y siendo justo era buena observando. Desde su lugar podía ver al custodio que noche tras noche vigilaba los grandes almacenes deportivos que se ubicaban a unos escasos 130 metros de su edificio. No es que hiciera mucho, se la pasaba reclinado en su silla durmiendo o despierto mirando al cielo mientras, en muchas ocasiones, hablaba por teléfono. También veía y escuchaba a los jóvenes adolescentes que se reunían con sus autos en la gasolinera de la avenida. Aunque ya esta no expendía diésel, si quedaba un pequeño mercado nocturno, donde 24 horas vendía bebidas alcohólicas y cigarrillos. Y ahí estaban ellos, haciendo bulla y algarabía, bebiendo y fumando, todos aglomerados entre sí excepto por una pareja que, aunque era evidente que los acompañaban, preferían mantenerse al margen sentados juntos sobre el capo de uno de los vehículos.
Esta vez también había un hombre el cual no había visto en ocasiones anteriores, vestido con suéter de gorro que le cubría la faz. Aunque no era invierno era comprensible dada la temprana hora de la madrugada. Se recostaba a un poste del tendido eléctrico que se erguía justamente en el medio de ambos establecimientos, pero a una distancia prudente de la ubicación de las naves deportivas y la gasolinera. Fumaba elevando la barbilla, y entre calada y calada miraba tanto a un lado como al otro, tratando de que no fuera evidente de que acosaba tanto al grupo de muchachos como al custodio que, aunque se le veía despierto recostado boca arriba en su taburete, ignoraba el posible peligro que se le venía encima.
A la distancia, se le notaba cierto desespero al hombre de figura misteriosa. Se llevaba el cigarrillo cada vez más seguido a la boca, movía más los brazos y de vez en cuando despegaba la espalda del poste, como si estuviera deseoso por arrancar una carrera en una de las dos direcciones.
Nelly, que se había acabado el cigarro y ya iba por el segundo en apenas 22 minutos, entro en desesperación. Se sentía impotente. Pero algo sucede que la saca de sí. El cielo era un firmamento repleto de estrellas que de repente habían comenzado a parpadear al unísono, como si se tratase de miles de bombillos de diferentes tamaños encendiendo y apagando sin ningún patrón de ritmo. Comienza ella a salir de su impotencia y a ceder espacio al miedo y la incomprensión.
Mira el tabaquillo, ella sabe perfectamente lo que está fumando, además el sabor y el olor es inconfundible, pero aun así verifica. La nicotina no produce alucinaciones y ella lo sabe. Entonces se exprime los ojos, tal vez no estaba viendo bien. Pero nada más alejado de la realidad, no solo veía con claridad, sino que se percata como el parpadeo aumenta su frecuencia. De repente todas se apagan, el cielo queda en completa oscuridad y por fracciones de segundos sale en el cielo unos enormes símbolos blancos, muy parecidos a letras, muy parecidos a jeroglíficos. Habían llenado buena parte del cielo oscuro, tan grandes que los bordes de la señal habían presentado una ligera curvatura, como si hubieran sido proyectadas en el techo curvo de un domo colosal.
Nelly no pudo reconocer lo que decían o lo que significaban, aparecieron y desaparecieron en segundos volviendo a dejar a las estrellas en su lugar. Su comprensión de la realidad solo le permitió entender de que podría tratarse de alguna especie de señal de advertencia o de error, como un programa informático mal ejecutado.
Seguía en shock, y de repente escucha gritos de alboroto. Provenía de más abajo, el grupo de jóvenes se encontraba auxiliando a la pareja que los acompañaba. Yacían en el suelo, desmallados, la joven con medio cuerpo aún encima del carro, en un último intento de aferrarse a algo para intentar no resbalar por la pendiente del motor. A lo lejos se escuchaban bocinas de carros en la avenida, acompañados de un chirriar de gomas y posteriormente el crujir del acero contra la madera, muy similar a cuando un vehículo encuentra a toda velocidad un árbol. En el warehouse el guardia de seguridad se encontraba también en el suelo, junto al asiento en el que acostumbraba dormir, y del cual esta vez de seguro no despertaría.
El corazón se le quería lanzar desde su precipicio de ocho pisos. No sabía qué hacer, estaba alterada y fue cuando vio al misterioso hombre en la lejanía, que ya no estaba arrecostado, ya no fumaba desesperado mirando al cielo, ahora se le notaba confundido, parado en sus dos pies inmóvil, asustado, todo esto instantes antes de que, como una hoja de papel se desmoronara en suelo.
Los oídos de Nelly empiezan a zumbar intensamente para luego sentir una estática que opaca por completo los ruidos del ambiente. Deja de escuchar, solo siente la estática como pequeños insectos zumbando en su cabeza. Entendió que debía relajarse o sucumbir ante un posible ataque cardiaco, pero de repente sus pelos se comienzan a erizar, y su larga cabellera comienza a flotar en el aire hasta ponerse los pelos de punta. El nervio de su ojo ya no paraba y le latía con profundidad, la sangre le bombeaba con fuerza y se le acumulaba la saliva en el paladar, escapándose por la comisura de los labios porque hace unos minutos ya que había olvidado tragar saliva. El miedo le acalambró todo el cuerpo, ahora se sentía más sola que nunca, por primera vez en las últimas 48 horas volvía a extrañar a sus padres, aquellos que la dejaron sola en vida cuando apenas tenía 12 años a causa de un accidente, y una lágrima corre por su mejilla.
Ya entendía lo que pasaba y mucho peor, el por qué.
Nelly correría el mismo destino que miles de personas en el mundo que esa noche, al igual que ella, habían sido un testigo más.
Todo se vuelve oscuro de repente. Y son los rayos de sol del amanecer los primeros que descubren su cuerpo sin vida en el suelo.


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