TE DEJO ESTE RECUERDO
Pronto saldré de aquí mas no volveré a caminar. Llegué a Papantla a la media noche, apenas terminaba de bajar del autobús cuando el chofer cerró la puerta a mi espalda y reanudó su recorrido como si me negará la oportunidad de arrepentirme. Caminé por las estrechas y empinadas calles del pueblo, casi tan solitarias y abandonadas al silencio como yo. Sólo los perros se encargaban de recordarme que en ese lugar había vida. Pero sus ladridos me inquietaban porque si de algo tengo miedo es de toparme con un perro salvaje en una noche desolada. Tal vez por eso me dio gusto encontrar un gato negro, peludo y fofo descansando a la mitad de la calle, como señal de que los perros estaban lejos o encerrados en sus casas.
Al llegar a la plaza principal me percaté por primera vez de la presencia protectora del Monumento al Volador, escultura de siete metros de altura encumbrada en un mirador donde se aprecia todo el poblado. Ni la iglesia con su mural de relieves con motivos totonacas enmarcados en la figura de una serpiente emplumada llamaron tanto mi atención como el danzante inmóvil que miraba al cielo en medio de su ritual en actitud estoicamente perenne.
Seguí subiendo guiado por el instinto hacia mi nueva meta; recorrí calles aún más oscuras e inclinadas, con menos casas y más vegetación, en un trayecto corto pero sofocante. Mi deseo de subir no estaba cimentado en ver la persistente lucha del alumbrado eléctrico del municipio contra la oscuridad de la bóveda celeste, sino en sentirme lo suficientemente solo y en confianza para confesarle al volador que me encontraba lleno de temores.
En la cumbre de mis deseos junto a los pies del danzante hice mi confesión en forma de oración. Al terminar, con un suspiro, casi un sollozo, levanté mi rostro para encontrar una anciana diminuta de cabello cano y cuerpo frágil, con la vista perdida en el pequeño cielo de luces terrenales. Por un momento pensé en la posibilidad de una alucinación pero la vieja volteó a verme para regalarme una sonrisa e invitarme a su lado.
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¿Cómo había llegado hasta allí esa endeble mujer? Ella fue la primera en preguntar: "¿Por qué sube aquí un jovencito como usted a esta hora y tan solo?" Le hablé de mi gusto por conocer de noche los lugares que visito y de mi propósito de ir al centro arqueológico El Tajín a la mañana siguiente. Me invitó a pasar el resto de la noche en un catre de su "humilde" casa. Más que por el cansancio, acepté movido por la curiosidad de ver cómo bajaba la esquelética anciana las escaleras casi verticales que anteceden a la cumbre. Pero la intriga se transformó en desconcierto. Dos mujeres altas y fornidas aparecieron atrás de nosotros, una de ellas la tomó de la cintura con un brazo como si fuera una muñeca de felpa; la otra, sin mirarme, ordenó: "sígala".
Esa madrugada soñé los mismos acontecimientos que te acabo de relatar, tal vez he mezclado algunos hechos verídicos con mis ensoñaciones pero estoy casi seguro que mis recuerdos de lo acontecido en casa de la vieja son producto de una pesadilla. Repentinamente era arrastrado por dos sombras tan oscuras que el cielo parecía resplandecer a su lado. Su fuerza me hizo temblar de pavor al sentir mis brazos envueltos por manos descomunales, inhumanas.
Fui arrojado a una habitación llena de incienso, tapizada de veladoras, terrosa, sin ventanas y con altares a deidades ignotas para mí. Quise levantarme para salir corriendo pero mis piernas no respondían y mis brazos apenas tenían fuerza después de ser estrujados por los ominosos seres. La anciana estaba allí, pero no era la misma, ahora se veía más alta y fuerte. El manto blanco y el collar oscuro de su atuendo atizaban el semblante burlón de su rostro. En sus manos traía una vasija llena de un líquido humeante; todavía tengo la impresión de haber visto burbujear esa especie de brebaje. Me tomó del cuello y lo vertió sobre mi cabeza al tiempo que se reía en mis oídos y repetía cada uno de mis miedos confesados al gigante.  
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Horrorizado sentí cómo me quitaba la ropa, pasaba sus callosas manos por mi cuerpo y me violaba profiriendo maldiciones, bendiciones y augurios para el resto de mis días. Debo confesar que después del terror, o tal vez por él, comenzaba a sentir placer y la tosquedad del trato de la mujer me excitó hasta convertirme en cómplice. Satisfecha, con una sonrisa, me mostró su dedo índice para después rasguñarme en la frente y cubrir de sangre mi rostro. "Te dejo este recuerdo para que no me olvides", dijo.
Al sentir el tibio escurrir sobre mis parpados volvió el espanto, quise gritar pero no podía siquiera abrir mis labios o agitar los brazos. Tan sólo conseguía lanzar algunos gemidos antes de levantarme del catre, lleno de fuerza, vigoroso como diez hombres y gritar al alba como nunca lo había hecho. Esa mañana, apenado, sudoroso, sumergido en el mutismo más profundo acepté el desayuno de la vieja, dejé mi mochila en su casa y salí intentando convencerme de los prodigios de la imaginación y los sueños.
Paradójicamente en El Tajín, conocida como "la ciudad de los muertos y de los truenos en tempestad" encontré reposo para mi alma. Fui el primero que entró a la remota ciudad en ese día soleado, únicamente precedido por un matrimonio y un guía de turistas. Tenía deseo de estar acompañado por lo que caminé junto a ellos, sin embargo me alejé atemorizado cuando la mujer le comentaba al guía sobre una amiga vidente con la capacidad de localizar los lugares donde se encontraban las tumbas y templos sin descubrir.  "Es una maravilla, ella puede ver los espíritus de los dioses antiguos resguardando sus templos. Si alguien entra con desdén o irreverencia es condenado", decía.
Caminé por los vestigios de la cultura totonaca, me maravillé con el templo de los 365 nichos, disfruté la ceremonia de los voladores donde cinco hombres suben a un palo de treinta metros de altura y cuatro se dejan caer colgados, cada uno, de una cuerda que gira 13 veces alrededor de la columna hasta llegar al suelo; mientras el quinto danza en la punta al tiempo que toca un instrumento de viento hacia los cuatro puntos cardinales. Es como el sol extendiendo sus brazos a la tierra. Feliz regresé a Papantla para salir después rumbo a mi ciudad.
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La vieja me esperaba en su casa con un plato de frijoles, agua, tortillas calientes y salsa verde. Su mirada afable y bondadosa contrastaba con la imagen de mi pesadilla. Acepté sus atenciones y salí rumbo a la estación de autobuses. Pero mi confianza no duró mucho. Cuando estaba en la puerta me llamó para regalarme un collar negro hecho con varitas de vainilla. No lo acepté ni lo rechacé, estaba entumecido y ella aprovechó para ponerlo en mi cuello. "Te dará buena suerte si lo mantienes contigo", dijo en tono de despedida.
Antes de abordar mi transporte decidí tirar el collar a la basura acompañado de toda superstición. Hoy sé que no moriré pero no volveré a caminar, mis piernas no responden aunque a veces sienten el frío de la noche en este hospital. Todos los pasajeros del autobús murieron, menos yo. Los médicos dicen que fue un milagro pero esta cicatriz en la frente me hace pensar en una maldición.
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